Con ocasión del Día de la Madre y lejos de la mercantilización en que se ha convertido, referencia a las flores, chocolates y refrigeradoras en descuento, quisiera compartir algunas reflexiones.
Celebremos, sí, este día y considerémoslo una oportunidad para resignificar y valorizar el papel de las madres; liberar la maternidad de la romantización en que ha caído y que imposibilita evidenciar realidades que subyacen en su ejercicio y resaltar que esta debe considerarse una opción, una decisión libre e informada.
Esta fecha es oportuna para enunciar no solo la realización y la felicidad que trae consigo la maternidad, para quienes optamos por esta, sino también todas aquellas dificultades que atraviesan las mujeres en el cumplimiento de las tareas que implica maternar y los desafíos que enfrentan. Constituye una oportunidad para llamar la atención y reivindicar el valor de estas tareas en la familia, pero también comunitario y social y cuyo valor es inconmensurable.
La maternidad, más allá de la dedicación de un día –que de por sí, el Día de la Madre debería ser reconocido todos los días– y de la entrega de regalos y de celebraciones, debería comprender el compartir las tareas y responsabilidades como la crianza y el cuidado diario de las hijas e hijos y personas a cargo. Estas tareas, bien sabemos, se bifurcan en cientos de actividades. Pero además, a las madres –y en general, a las mujeres– se les recarga el trabajo doméstico y lo que este conlleva.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INEC) de 2022, la carga global de trabajo para las mujeres fue de 71h 27min y para los hombres 67 horas a la semana para ese año. Estos datos evidencian una brecha de 4 horas y 26 minutos semanales en la carga global de trabajo, en detrimento de las mujeres. Se entiende aquí comprendido el trabajo remunerado y el trabajo doméstico no remunerado que incluye, a su vez, la preparación y servicio de alimentos, limpieza y mantenimiento de la vivienda, cuidado de niñas y niños menores de 12 años y cuidado de personas totalmente dependiente. Para el 2017, la brecha era de casi 7 horas.
Es también importante que como sociedad pensemos en este día en las maternidades no hegemónicas, es decir, aquellas que se apartan del modelo de maternidad concebido social y culturalmente como dominante o del modelo predominante o tradicional, como sería el modelo de madre heterosexual. Pensemos en las madres que cuidan no solo a sus hijas e hijos sino a otras personas, adultas o menores de edad; en maternidades que debido a circunstancias particulares no pueden ejercerlas de manera plena, como el de las madres migrantes que han debido dejar a sus hijos e hijos en su país de origen y que han dado origen al fenómeno de las cadenas globales de cuidado; el delas madres que son habitantes de calle o se encuentran privadas de su libertad; madres que por condiciones de discapacidad no tienen la posibilidad de ejercer la maternidad o la ejercen de manera distinta a la de la mayoría. La maternidad, además, se ve atravesada por múltiples desigualdades económicas y culturales. La maternidad, es entonces, muy diversa.
Algunos fenómenos criminales impiden ejercerla, como cuando las hijas o hijos han sido víctimas colaterales de la violencia, por ejemplo, del sicariato o de la violencia vicaria. O cuando hijas e hijos son privados de la maternidad por criminales que cometen femicidio.
Dentro de la esfera pública, la maternidad debería estar lo suficientemente protegida para aquellas mujeres que opten por ella. Esto implica crear las condiciones para que maternar no se convierta en una limitante para acceder a un empleo, para acceder a puestos altos o simplemente para mantenerse en un empleo. No debería constituir una opción excluyente del ejercicio laboral remunerado ni debería ser un pretexto para que te pregunten en una entrevista de trabajo si tienes hijas o hijos y quién les cuida si se enferman (algo que no preguntan a los padres), ni ser motivo de interrupciones en el desarrollo profesional o en las cotizaciones para el sistema de pensiones. No debería ser tampoco un camino “natural” hacia la informalidad laboral o el subempleo. Algunas conquistas se han conseguido: recientes reformas al Código de Trabajo han reconocido la licencia de paternidad con 8 días de permiso con goce de salario para los padres biológicos en el sector privado y un mes para el sector público.
Independientemente de si consideramos estas licencias como suficientes o no, debe llamarnos la atención sobre el hecho de que también es necesario crear las condiciones educativas, culturales y normativas para posibilitar el ejercicio de la crianza y los cuidados compartidos. Una educación que promueva nuevas masculinidades, que coadyuve en la eliminación de los estereotipos acerca de estas tareas, políticas públicas para el fortalecimiento de las redes de cuido subsidiadas para que las familias tengan la posibilidad de dejar a sus hijas e hijos en lugares seguros mientras trabajan.
La creación de espacios para el cuidado de personas adultas que requieran cuidados especiales es fundamental para dignificar a quienes los requieren, por un lado, pero también para alivianar la carga de trabajo de las mujeres, por otro, pues es en ellas en quienes recae porque en esta sociedad que ha dividido el trabajo según el sexo, no se requiere ser madre para ejercer labores de cuidado.
Este día es propicio también para visibilizar que muchas mujeres, por sus responsabilidades de cuidado, se descuidan o no tienen tiempo para el autocuidado debido a sus dobles o triples jornadas.
El 15 de agosto, por lo tanto, es un día de reflexión para generar cambios, para pensar en las distintas maternidades, para darles valor social, económico y político a esta experiencia. Es un espacio para resignificarla, dignificarla y repensarla como una opción; para pensar la experiencia de la maternidad de manera sorora y solidaria.
