Costa Rica vive un momento de tensión inédito para las generaciones que nunca tuvieron que defender la democracia con algo más que un voto cada cuatro años. El país se prepara para manifestarse este jueves 7 de agosto, y detrás de ese gesto colectivo se esconde una pregunta más profunda: ¿qué modelo de negocio del poder queremos sostener?
Hay dos maneras de ejercer el poder. En democracia, quien lo detenta busca crear las mejores condiciones de vida para la mayoría, incluso cuando eso pueda costarle el acceso al poder en el futuro. Bajo esa lógica, Costa Rica ha construido durante 75 años un desarrollo humano y ecológico sin comparación en el mundo: crecimiento económico sostenido, distribución de riqueza, cobertura boscosa y biodiversidad que ningún otro país de la región puede igualar.
En autocracia, en cambio, el poder se acumula destruyendo. Destruir instituciones, relaciones y confianza no es un efecto colateral: es la estrategia. Cuanto más se derrumbe lo existente, más fácil será, para quien aspira al poder absoluto, imponer su voluntad sobre un terreno ya arrasado. Ese es el combustible que hoy vemos operar en la región, y sus síntomas – los exabruptos, el desprecio institucional, la polarización deliberada – no son accidentes retóricos. Son parte del negocio.
Frente a esto, la tentación es responder con la misma lógica de bandos: nosotros contra ellos, blanco contra negro. Pero ahí está precisamente la oportunidad que esta crisis nos ofrece: la de recuperar, como sociedad civil organizada, los tres atributos fundamentales de la gestión de paz: empatía, creatividad y armonía; y usarlos tanto como gestos simbólicos y como herramientas de construcción nacional.
Empatía no es imaginarme a mí mismo en el lugar del otro, sino ser capaz de contar de manera honesta la historia de quien piensa distinto, incluso de quien hoy ocupa el poder formal. Creatividad significa salir de la dicotomía y diseñar opciones que abran diálogo donde solo parece haber trinchera. Y armonía es recordar que el verdadero adversario no es el vecino con otra camiseta política, sino la policrisis que enfrentamos como humanidad: la que exige que aprendamos, con urgencia, a organizarnos mejor.
Costa Rica tiene algo que ofrecer al mundo. Es un pequeño país que supo, durante ocho décadas, sostener la vida en todas sus formas sin necesidad de las armas. Esa receta de paz como método es más necesaria hoy que nunca, dentro y fuera de nuestras fronteras.
La manifestación convocada para el jueves 6 de agosto puede leerse como un plantón, pero también, como bien se ha dicho, como la siembra de una semilla. La calidad de esa siembra determinará la calidad de lo que germine. Gandhi lo señaló con una claridad que sigue vigente: la fuerza que nace de la verdad y el amor puede transformar al opresor sin necesidad de destruirlo.
Esa es, quizás, la tarea de esta generación: no repetir el modelo de negocio de la destrucción, sino demostrar que el país que hemos construido durante 75 años puede defenderse con las mismas herramientas que lo hicieron próspero. La paz, entendida como empatía, creatividad y armonía, no es debilidad frente a la crisis. Es la estrategia más firme que tenemos.
Artículo basado en el episodio 328 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Manifestaciones en paz”.
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