15 de agosto, esa fecha en la que rendimos homenaje a la figura materna en Costa Rica. Restaurantes con agendas de reservas que no dan para más y vitrinas en la GAM llenas de ofertas y flores. Mientras tanto, en las zonas rurales del país, la maternidad se vive desde una dimensión radicalmente distinta. Una realidad marcada por la invisibilidad estadística, la doble carga de trabajo y una lucha histórica por el acceso a la tierra. Ser madre en la ruralidad costarricense no es solo un vínculo afectivo, es un acto de resistencia económica y social que sostiene la seguridad alimentaria del país.
Para una madre jefa de hogar en la ruralidad, la jornada no termina con el cuido de las infancias o la preparación de alimentos; muchas de ellas deben incorporarse al mercado laboral en condiciones de precariedad, enfrentando niveles limitados de escolaridad y empleos poco calificados para dar sostén económico a su familia.
A pesar de las barreras estructurales, la maternidad rural en Costa Rica es también sinónimo de resiliencia transformadora. Desde una perspectiva de crianza, las madres rurales enfrentan desafíos que van desde el acceso limitado a servicios de salud hasta la necesidad de equilibrar las responsabilidades económicas con las labores de maternidad.
La lejanía de los centros médicos, las limitaciones de infraestructura sanitaria y el transporte público representan obstáculos constantes. Además, la crisis de los cuidados se agrava en la ruralidad. Los centros de la Red de Cuido se concentran en la Gran Área Metropolitana, lo que actúa como un "impuesto indirecto" para las madres rurales, quienes deben sacrificar su tiempo productivo o de capacitación ante la falta de servicios estatales cercanos y accesibles.
La madre rural es la guardiana de la biodiversidad, la jefa de la economía doméstica y la líder de la resiliencia climática. Su labor sostiene el tejido social del campo costarricense. Celebrar su día significa comprometerse con políticas públicas que garanticen su autonomía económica y su acceso real a los recursos productivos, porque mientras una madre en la ruralidad no tenga seguridad sobre su tierra y lo que produce, la seguridad alimentaria y la justicia social seguirán estando en deuda.
Una Costa Rica que reconoce a sus madres rurales es una Costa Rica que invierte en servicios de cuido, educación, salud, conectividad e infraestructura para las comunidades rurales. Es un país que facilita el acceso de las mujeres a crédito, asistencia técnica, tecnología y propiedad de la tierra. Es también una sociedad que comprende que cuidar no es una responsabilidad exclusivamente femenina y que las labores domésticas y de cuido deben ser compartidas.
Reconocer a las madres rurales significa, además, reconocer su papel en la seguridad alimentaria y en la economía nacional. Cada vez que una mujer produce alimentos, administra una finca, participa en una cooperativa, agrega valor a una cosecha o emprende desde su comunidad, está contribuyendo al desarrollo nacional y construyendo oportunidades para las siguientes generaciones.
Este Día de la Madre, entonces, vale la pena reflexionar más allá de las flores, los regalos y las felicitaciones. Vale la pena recordar a esas mujeres que muchas veces trabajan desde antes de que salga el sol, a las que han aprendido a convertir las dificultades en oportunidades y a las que han enseñado a su descendencia que la tierra también puede ser un proyecto de vida.
A todas las madres rurales de Costa Rica, nuestro reconocimiento y gratitud. Porque detrás de muchas familias, comunidades y cosechas hay una mujer que cuida, trabaja, produce, emprende y lucha.
