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Imagen principal del artículo: Los suavecitos

Los suavecitos

Hay algo interesante que hacemos cuando no queremos mirar demasiado nuestra propia vida: miramos hacia los lados.

Cuando hay algo que resolver, una decisión que tomar, una frustración que enfrentar o simplemente una parte de nuestra vida que no queremos mirar de frente, resulta mucho más sencillo concentrarnos en quienes tenemos cerca y no en nosotros mismos. Y pocas personas están más cerca que los hijos.

Como socióloga, he observado una forma de crianza que, aunque muchas veces nace del amor, termina convirtiéndose en otra cosa: una especie de amortiguación permanente de la realidad. Si yo sufrí o sufro, haré todo lo necesario para que mis hijos no sufran.

Y así aparecen los padres que, ante cada dificultad de sus hijos, se presentan para resolverla.

  • El niño pierde; entonces, hay que compensarlo.
  • Se enoja: toca acompañarlo.
  • Se frustra: hay que solucionarlo.
  • Se equivoca: se interviene.
  • Recibe un “no” y hay que explicárselo, negociarlo y suavizarlo.
  • Personas suavecitas.

El problema es que, sin darnos cuenta, podemos pasar de acompañar a nuestros hijos a construirles una realidad en torno a ellos para que no tengan que enfrentarla.

Y así se construye una burbuja. Una burbuja hecha de amor, cuidados y buenas intenciones. Pero una burbuja al fin. Y dentro de ella aparecen los suavecitos.

Personas que crecieron con herramientas insuficientes para enfrentarse a una vida que, afuera de su casa, no los tratará con la misma delicadeza con la que fueron tratados dentro de ella. Los suavecitos se vuelven adictos a ser el centro de atención, ya sea por las buenas o por las malas.

Porque la vida que todos conocemos es cabrona. Dura. Difícil. También es bellísima y una bendición, pero al final, dura.

Afuera de esa burbuja, nadie tiene la obligación de acompañarte en tu berrinche. Nadie está obligado a rescatarte de tus decisiones. Un “no” puede percibirse como una injusticia. Una consecuencia puede percibirse como un ataque y, sobre todo, un límite puede sentirse como una agresión.

Entonces, los suavecitos no pueden enfrentarse a la realidad y buscan a alguien que les solucione el problema, les confirme que tienen razón y les devuelva rápidamente la comodidad que les fue arrebatada. Se vuelven adictos a la confirmación ajena.

No porque sean malas personas ni porque tengan malas intenciones. No porque hayan sido necesariamente malcriados. Son víctimas que terminan por victimizar a los demás y por relacionarse principalmente con solucionadores.

Y aquí es donde aparece una paradoja bastante incómoda: muchas veces, quienes te dieron la vida y quienes intentaron protegerte de todo terminaron por dejarte menos preparado para vivirla.

También existe el extremo contrario: generaciones que crecieron sabiendo, por las malas y a golpes, que un “no” era un “no” y, de forma muy dura, que las decisiones tienen consecuencias y que no siempre hay alguien dispuesto a resolverles la vida.

Los fajazos tampoco son la respuesta. No se trata de volver a la violencia, pero quizás entre aquella dureza y esta sobreprotección debería existir un punto medio que todavía estamos aprendiendo a encontrar: poner límites, permitir consecuencias y enseñar que sentirse mal no significa que algo esté mal.

Criar con amor no significa eliminarle el dolor a una persona. Significa enseñarle que puede atravesarlo. Porque la burbuja eventualmente revienta y a los suavecitos les duele el triple. Se trata de darles las herramientas para vivir.

  • La frustración es parte de la vida.
  • El rechazo es parte de la vida.
  • Perder es parte de la vida.
  • Equivocarse es parte de la vida.
  • Lo negativo también forma parte de la vida.

No más construirles a las personas un mundo artificial alrededor de ellas. Enfrentemos el mundo tal y como es.

Hagamos personas valientes, no cómodas.