En los años noventa, mi juventud se vio marcada por los fines de semana en las esquinas del parque, esperando el momento para ingresar a un club social a bailar en medio de cientos de jóvenes… Una década atrás, un éxito musical sonaba: Video killed the radio star. Esa melodía en bucle se convirtió en una metáfora profética.
Quienes acumulamos más años, podemos revisar un abanico más amplio de costumbres sociales que han cambiado con el tiempo; la tecnología vuelve obsoletas algunas formas de crear, producir, socializar; también genera oportunidades distintas. Como expone la canción del grupo británico The Buggles (1981): el artista de radio experimentó que su sinfonía fuera reescrita por la máquina y la nueva tecnología. Fenómeno para nada ajeno a nuestra realidad 45 años después de estrenarse la canción.
Mis abuelos escucharon en la radio e imaginaron a los artistas, cómo lucían, cómo vestían. Hoy la visualización es tan global que cualquiera podría popularizarse en un video, incluso cuando su fama no responda a un mérito real o, en el peor caso, fuera accidentada.
Hoy la juventud se reúne en espacios virtuales y forja relaciones a través de pantallas: ¿es eso mejor o peor? ¡Distinto! Estas realidades no deberían significar un abandono de la cultura.
La Encuesta Nacional de la Cultura, iniciativa del Ministerio de Cultura y Juventud, y publicada en agosto del presente, arroja datos significativos, como por ejemplo: las prácticas culturales en la población aumentaron de un 70,7% en 2016 a un 88% en 2026. Sin embargo, otros datos denotan la necesidad de reforzar la identidad costarricense y esto implica un trabajo país: gestores, educadores, instituciones, hasta las familias como masa sumergida de este iceberg —no se ve, pero sostiene—.
¿Cambia la cultura, se transforma? Como fuese, la esencia del arte no perece.
En momentos en que el mundo se enfrenta a desafíos sociales, sin que Costa Rica sea la excepción, la cultura bien planteada representa un oasis, un espacio para el diálogo, el crecimiento y la convivencia democrática. El arte y sus amplias posibilidades gestan una forma de encuentro sin estandartes, aun cuando la intención del autor en su derecho de expresión implique un matiz político; el espacio receptor sigue siendo un lugar de encuentro, de participación activa en la vida pública desde el respeto.
Los medios y canales de manifestación cultural cambian; hoy los teléfonos celulares conforman el panorama; el consumo de información por esta vía es alto en todas las edades y estratos; sin embargo, abre una enorme ventana a un abismo sin fondo. Es cierto que, con buenas intenciones, cualquier superficie es un tambor; internet es una vitrina de información, de conocimiento, una herramienta de divulgación, de expandir horizontes, pero, ¿cuánto de lo que consumimos o consumen los menores de edad es material de valor? La inmediatez y la sobreexposición a contenidos fugaces están modificando nuestra capacidad de concentración y reflexión. Urge un contrapeso y entonces retomo la idea de que el arte no perece frente a las circunstancias; es un aliciente al espíritu.
Como afirmaba León Tolstói, "el arte es una de las condiciones de la vida humana" . Los medios cambian y las formas de relacionarnos se transforman; sin embargo, la necesidad de crear y reconocernos en la experiencia artística persiste.
El cambio, además de tecnológico, es social. Antes, quizá más que ahora, las personas recurrían a otros espacios de convivencia además de la familia y el trabajo, lugares para la interacción cara a cara. Hoy esa socialización compite con un universo digital prácticamente infinito, pero la necesidad humana del arte, la cultura y el encuentro no cambia.
Los espacios culturales no se reducen al entretenimiento; significan sobre todo identidad, memoria, pertenencia, creatividad, salud.
Urge volver a los parques como antaño, aprovechar los espacios artísticos disponibles: teatros, museos, galerías de arte, casas comunales de la cultura. Promover el encuentro en clubes de lectura y tertulia; reconocer que nuestra identidad se fortalece en las manifestaciones culturales y que, entre nosotros, existen creadores de alta calidad: músicos, escritores, pintores, artesanos, etcétera.
Los hábitos evolucionan y las generaciones se transforman; pero el arte y la identidad de un país siguen siendo su alma.
