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Imagen principal del artículo: Lo que necesitamos es una guerra civil

Lo que necesitamos es una guerra civil

La paz no es un regalo: es una tarea”.

Llevamos años diagnosticando el problema. Que si la polarización, que si el discurso de odio, que si la crispación política, que si el país está partido en dos, en tres, en tantos pedazos como cuentas anónimas hay en redes sociales. Sobran los diagnósticos y faltan las soluciones. Por eso, con la seriedad de quien ya agotó todas las alternativas, me permito proponer la única salida honesta que nadie se atreve a poner sobre la mesa: lo que necesitamos es una guerra civil.

Pensémoslo con cabeza fría: las ventajas son evidentes.

Primero, la eficiencia. El diálogo es agotador, exige escuchar, ceder, reconocer que el otro podría tener un punto. Una guerra, en cambio, simplifica: elimina la necesidad de convencer a nadie. Ya no habría que soportar al primo en el chat familiar, ni al compañero de trabajo que votó distinto, ni al vecino que pone banderas que no son las nuestras. Se acabarían las sobremesas incómodas de diciembre. Piense en el tiempo que ahorraríamos.

Segundo, la coherencia. Seamos francos: la materia prima ya la producimos todos los días. Cada mañana este país genera toneladas de odio fresco, artesanal, con denominación de origen, en secciones de comentarios, en audios reenviados, en transmisiones en vivo donde se le desea la muerte al que piensa distinto. Sería un desperdicio industrial no darle a toda esa producción un destino final. Nos falta únicamente la logística; la voluntad sobra.

Tercero, la corrección histórica. En 1948 don Pepe cometió la imprudencia de abolir el ejército, dejándonos desarmados justo cuando más íbamos a necesitar matarnos. Setenta y tantos años invirtiendo en escuelas, hospitales y parques nacionales lo que otros países, con más visión, invirtieron en tanques. Habría que corregir ese error fundacional e importar el armamento, lo cual, dicho sea de paso, dinamizaría el comercio exterior. Los economistas deberían estar tomando nota.

Admito, eso sí, que la propuesta enfrenta obstáculos operativos serios, muy nuestros.

El primero es definir los bandos. Las guerras civiles clásicas tenían la decencia de dividir el país en dos. Nosotros nos odiamos por trending topic: hoy el enemigo es uno, mañana es otro y el miércoles resulta que el enemigo éramos nosotros en un tuit de hace seis años. Habría que llevar un registro actualizado de enemistades, quizás una aplicación, con notificaciones. El TSE podría administrarla, si para entonces todavía creemos en el TSE.

El segundo obstáculo es lingüístico. ¿Cómo se declara una guerra en un país donde “mae” es al mismo tiempo insulto, saludo y declaración de cariño? ¿Cómo se identifica al enemigo si aquí hasta el odio se dice con diminutivo? “Vea, es que lo vamos a tener que matar, ¿verdad? Qué chicha, pero bueno, dele pues, con permiso”. Sospecho que la guerra tica se pelearía a punta de indirectas y esas, técnicamente, ya las estamos disparando todas.

El tercer obstáculo es futbolístico. Habría que pactar un cese al fuego cada vez que juegue la Sele, porque ese es el último territorio donde todavía somos un solo país durante noventa minutos. Aunque, pensándolo bien, ni eso: basta leer lo que se escribe después de una derrota para confirmar que también ahí ya aprendimos a despedazarnos.

Como se ve, el proyecto es viable, ambicioso, pero viable. Al fin y al cabo, ya hicimos la parte difícil: aprendimos a deshumanizar al que piensa distinto, a celebrar la desgracia ajena si el desgraciado es del otro bando, a llamar traidor al que matiza y vendido al que duda; solo falta el trámite final.

Y aquí es donde debo terminar el personaje, porque hay bromas que queman la lengua. Todo lo anterior es sátira, pero el material con que está construida no lo es. Cada exageración de este texto tiene su versión pequeña y real circulando hoy en nuestras pantallas, en nuestras plazas, en nuestros almuerzos. La guerra civil no empieza el día que suena el primer disparo; empieza mucho antes, el día que normalizamos desearle el mal al compatriota, el día que la palabra “diálogo” empieza a sonar ingenua y la palabra “enemigo” empieza a sonar normal. Ese día, en Costa Rica, ya está ocurriendo en cuotas.

Lo que necesitamos no es una guerra civil, es recordar que la paz que heredamos no es un paisaje: es una obra en mantenimiento, y el mantenimiento nos toca a nosotros. Necesitamos volver a discutir fuerte sin destruir al otro, exigir cuentas sin desear sangre, perder elecciones sin declarar guerras. Necesitamos entender que el 48 no nos quitó el ejército: nos quitó la excusa y nos dejó la obligación de resolver como personas civilizadas lo que otros resuelven a balazos.

Si este texto le incomodó, cumplió su propósito. La pregunta que queda no es si estamos listos para matarnos entre costarricenses, sino si estamos dispuestos a hacer el trabajo, menos épico y más terco, de no llegar nunca a eso.