En la cultura laboral costarricense, la oficina de Recursos Humanos ha arrastrado históricamente una distorsión en su rol: se le percibe, con frecuencia, como un confesionario corporativo o una ventanilla de quejas. Este fenómeno, arraigado en nuestras dinámicas organizacionales, genera una confusión profunda tanto en los mandos medios como en los equipos de gestión humana. Movidos por una genuina empatía o por el peso de la culpa, muchos líderes asumen que su labor consiste en escuchar de forma incondicional los dolores personales de sus colaboradores, adoptando un rol cuasiterapéutico para el cual no fueron formados ni están legalmente facultados.
Este desborde de fronteras no es inocuo; es el síntoma de una profunda resonancia organizacional que pone en riesgo tanto a la empresa como al propio trabajador. Cuando un líder o un profesional de talento humano intenta resolver dinámicas estructurales desde la intimidad de un diván improvisado, incurre en una peligrosa mala praxis organizacional.
El peligro invisible de la individualización del conflicto
El error fundamental radica en tratar como un problema personal lo que casi siempre es una disfunción del entorno de trabajo. Si un colaborador experimenta agotamiento crónico, ansiedad o desmotivación, y la respuesta institucional se limita a un consejo motivacional o a una escucha pasiva, se cometen dos fallos graves:
- Se invisibiliza la raíz sistémica: el origen del malestar suele estar en cargas de trabajo desproporcionadas, estilos de liderazgo deficientes o procesos ineficientes que la organización tiene la obligación legal y moral de corregir.
- Se expone a la organización a un riesgo legal de alto costo: ofrecer contención psicológica sin el marco clínico adecuado o tomar decisiones operativas basadas en confidencialidades mal manejadas puede derivar en responsabilidad patronal, demandas por hostigamiento, filtración de datos sensibles o vulneración de los derechos laborales.
El entorno de trabajo requiere lectura analítica, no psicoanálisis. Recursos Humanos y los líderes de equipo deben ser capaces de leer lo que ocurre en el entorno laboral para traducir el malestar individual en indicadores de mejora organizacional.
Hacia una visión de gestores de entornos sanos
Para superar esta trampa operativa, es imperativo que los líderes de Recursos Humanos transformen parte de su rol hacia una visión integral como gestores de entornos sanos.
¿Qué significa promover un entorno sano en el ámbito del trabajo? No se trata de crear un clima artificial de falsa positividad ni de asumir la salud mental de la plantilla como una carga individual. Un entorno sano es aquel donde las condiciones estructurales, las cargas operativas, el diseño de los puestos y las relaciones interpersonales actúan como factores protectores y no de riesgo. Es un espacio que previene activamente el desgaste y fomenta la seguridad psicológica a través de procesos claros y justos.
Esta exigencia de transformación encuentra un eco normativo fundamental. La Ley Nacional de Salud Mental (Ley 10.412) incluye entre sus objetivos garantizar el derecho a la protección de la salud mental y fortalecer un modelo basado en la promoción, la prevención, la atención, la rehabilitación y la reinserción, con un enfoque comunitario. La legislación respalda institucionalmente que las organizaciones aborden el bienestar psicológico no solo como una medida operativa menor de salud ocupacional, sino como parte de políticas internas de bienestar mucho más sólidas.
En la misma línea, el proyecto de ley 25.138, que propone la creación de la Semana Nacional del Entorno Sano y Fomento de la Corresponsabilidad en el Bienestar Integral, nos recuerda que el bienestar no recae exclusivamente sobre los hombros del trabajador ni se resuelve con parches individuales. La corresponsabilidad integral implica que la organización, el liderazgo y la estructura de trabajo asuman su cuota de responsabilidad en la construcción de espacios donde la salud mental sea sostenible.
Repensar el rol: cuidar a quien cuida
Para consolidar este cambio de paradigma, es urgente atender tres dimensiones críticas en el ejercicio del liderazgo:
- Delimitación de roles: los líderes deben entender que escuchar activa y respetuosamente a sus equipos no los convierte en terapeutas. Su tarea es identificar señales de alerta, canalizar adecuadamente los casos y, sobre todo, ajustar las variables del entorno que generan sufrimiento.
- Soluciones sistémicas, no parches individuales: ante una queja recurrente sobre clima o bienestar, la respuesta nunca debe ser “hablar con la persona para que aguante más”, sino auditar los procesos, las métricas y la cultura que provocaron dicha situación, promoviendo verdaderos entornos sanos.
- Autocuidado y gestión de la culpa: los profesionales de Recursos Humanos y los líderes cargan a menudo con una pesada mochila emocional, sintiendo que son responsables de la felicidad o de los problemas personales de toda la plantilla. Es urgente promover el autoconocimiento en los liderazgos para que aprendan a poner límites sanos, protejan su propia salud mental y entiendan que su gestión es directiva y sistémica, nunca clínica.
Hacia un nuevo contrato laboral
La salud mental en el trabajo no se sostiene con buenas intenciones ni con espacios de desahogo sin consecuencias prácticas. Se sostiene con estructuras claras, prevención de riesgos psicosociales y líderes que sepan ejercer su autoridad desde la claridad de su rol y no desde la culpa.
Cuando una organización comprende que su deber es rediseñar el trabajo para que este no enferme —y no intentar curar en privado lo que el sistema daña en público—, el clima laboral madura, la seguridad jurídica se fortalece y el bienestar deja de ser un discurso de buena voluntad para convertirse en una realidad sostenible.
