Durante generaciones, nuestros campesinos entendieron que el canto del yigüirro anunciaba la entrada del invierno. Ese conocimiento estaba construido por la observación de su entorno: el pájaro cantaba cuando se acercaba la época de lluvias y ese canto indicaba que era el momento de preparar la tierra para la siembra. Entre el canto del yigüirro y la cosecha existía una conversación. Antes de sembrar, había que saber escuchar. El oído precedía a la mano.
El canto era solo una de las señales legibles. También lo era el vuelo. Desde mucho antes de que los animales se convirtieran en objeto de estudio científico, las personas aprendieron a observar la manera en que las aves atravesaban el cielo, cambiaban de dirección o desaparecían con las estaciones.
Para algunos, aquellas trayectorias anunciaban sequías o lluvias; para otros, sugerían viajes, encuentros o despedidas. El mismo movimiento podía leerse de distintas maneras porque lo importante no era el pájaro, sino la atención de quien lo observaba. De esa forma, el vuelo de las aves terminó asociado con la aspiración de encontrar sentido donde parecía existir solamente el azar.
Siglos atrás, los augures de la antigua Roma hacían algo similar. Observaban el vuelo, el canto o el comportamiento de las aves antes de que se tomaran decisiones importantes para la ciudad. Con frecuencia se dice que predecían el futuro, pero esa descripción es engañosa. Su tarea consistía, más bien, en interpretar el presente. Creían que el mundo estaba lleno de señales y que la verdadera sabiduría residía en aprender a leerlas. De esa antigua práctica proviene la palabra “augurio”, que todavía hoy conserva la memoria de un tiempo en que detenerse para observar era una forma de conocimiento.
En sintonía con los antiguos augures, los cuentos reunidos en Augurios (Editorial Abyad, 2025) nos enseñan a leer las señales más allá de la superficie. Donde la mayoría ve una ola, un insecto, un rasgo heredado o una anécdota doméstica, la escritora Claire de Mezerville descubre un sistema de relaciones que transforma esos elementos en preguntas sobre el tiempo, la memoria, el afecto, la imaginación o la muerte.
En ese sentido, el título de este libro de cuentos y relatos es, sobre todo, una declaración de principios. Cada uno propone un ejercicio de interpretación y nos invita a averiguar qué significan las cosas y cómo llegan a significar algo particular, y algunas veces íntimo, para nosotros.
El augurio surge del acto de contemplar con suficiente paciencia. Esa idea de nuestros antepasados es también la que parece dar forma a la literatura de Claire de Mezerville. En sus cuentos, una ola deja de ser solo una ola cuando nos obliga a pensar en la fragilidad de la vida; una libélula termina poniendo en duda la facilidad con que los seres humanos proyectamos nuestros propios relatos sobre la naturaleza, y unos tobillos dejan de ser un rasgo físico para convertirse en la confirmación de una genealogía.
Tal vez esa es, al fin y al cabo, una de las funciones de la literatura: enseñarnos a leer señales dispersas y permitirnos descubrir, detrás de ellas, un orden invisible.
No es casual que uno de los relatos imagine la lectura y la escritura como actividades capaces de despertar sospechas. Escribir siempre ha consistido en alterar el modo en que leemos el mundo. Quien aprende a interpretar las señales deja de aceptar la realidad como una superficie transparente. Quizá por eso la literatura ha sido vista tantas veces como una actividad peligrosa: porque convierte a los lectores en intérpretes y no en simples espectadores.
Hay, además, otro rasgo que vuelve singular este libro. La imaginación no aparece como el reverso de la razón, sino como una forma complementaria de conocimiento. En estas páginas conviven con naturalidad la física, la biología, la virtualidad, la filosofía y la experiencia cotidiana. Ninguno de esos saberes reclama superioridad sobre los otros. Todos participan de una conversación cuyo verdadero propósito consiste en ampliar nuestra comprensión del mundo.
En tiempos en que el conocimiento se fragmenta en disciplinas cada vez más especializadas, Augurios nos recuerda que la literatura conserva una libertad extraordinaria: la de reunir en el mismo espacio preguntas que acostumbramos separar. Los cuentos funcionan como pequeños laboratorios imaginativos donde una hipótesis científica puede desembocar en una reflexión ética, un recuerdo familiar o una imagen poética. De paso, parecen afirmar que existen experiencias que solo pueden pensarse cuando distintos lenguajes se encuentran.
Ese diálogo constante entre curiosidad intelectual e imaginación podría haber producido un libro frío, dominado por las ideas. En este caso ocurre exactamente lo contrario. Lo que sostiene el conjunto es una profunda confianza en los vínculos humanos. Incluso cuando los relatos exploran futuros inquietantes o recurren a la ironía, nunca renuncian a la posibilidad del afecto. La memoria familiar, la infancia, la amistad, la fragilidad compartida o el simple acto de escribir aparecen, una y otra vez, como formas discretas de resistencia frente a un mundo que exige velocidad, productividad y respuestas inmediatas.
Como aquellos campesinos que levantaban la vista hacia el cielo buscando en el vuelo de las aves el momento justo para sembrar, los lectores de Claire de Mezerville terminan aprendiendo que toda interpretación comienza con un gesto humilde: detenerse a observar. Después de cerrar el libro, no es posible ver de la misma forma una ola, una libélula o un recuerdo cotidiano. Y tal vez esa es la enseñanza secreta de la buena literatura: no anunciarnos hacia dónde volarán los pájaros, sino enseñarnos a seguirlos con la mirada.
