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La tokenización del capital natural: la próxima revolución económica de Costa Rica

Durante buena parte de la historia industrial, la explotación de petróleo, carbón, minerales, madera y gas natural constituyó una de las grandes fuentes de riqueza de las naciones. Quien poseía más recursos parecía tener garantizado un lugar privilegiado en la economía mundial.

Sin embargo, el siglo XXI está comenzando a escribir una historia distinta. Hoy, las empresas más valiosas del planeta ya no son petroleras ni mineras; son compañías cuyo principal activo es el conocimiento, la tecnología o la información. Si la economía cambió la forma de crear riqueza, ¿por qué seguimos pensando que la naturaleza solo genera valor cuando la extraemos?

El pasado 6 de agosto se llevó a cabo en la Asamblea Legislativa el foro ¿Se pueden tokenizar los recursos naturales de Costa Rica? y tal vez esa sea una de las preguntas más importantes para el caso de Costa Rica. Cuando se habla de innovación, normalmente pensamos en inteligencia artificial, blockchain o computación cuántica. Pero existe una innovación aún más profunda: cambiar la forma en que entendemos el valor de la naturaleza.

Durante décadas vimos los bosques como tierras improductivas, los humedales como obstáculos para el desarrollo y las montañas únicamente como depósitos de minerales.

Hoy sabemos que un bosque captura carbono, contribuye a regular el ciclo del agua, protege la biodiversidad, regula el clima, sostiene la agricultura y genera una industria turística que aporta miles de millones de dólares a la economía nacional. Quizá la pregunta ya no sea cuánto vale un árbol convertido en madera. La verdadera pregunta es cuánto vale ese mismo árbol durante los próximos cien años.

Los economistas nos hemos referido cada vez con mayor frecuencia al concepto de capital natural. Es un concepto simple, pero revolucionario. Así como una empresa posee maquinaria o edificios, un país posee bosques, ríos, arrecifes, manglares, biodiversidad, paisajes, agua, océanos y reservas geológicas. Todos ellos generan riqueza. La diferencia es que durante décadas nunca los contabilizamos correctamente.

Mientras muchos países continúan discutiendo cómo explotar mejor sus recursos, otros están aprendiendo a obtener valor precisamente por conservarlos.

Costa Rica fue pionera cuando creó los Pagos por Servicios Ambientales, demostrando que proteger los bosques también podía generar ingresos. Posteriormente llegó una de las primeras transacciones internacionales de carbono con Noruega, abriendo el camino hacia los mercados climáticos modernos.

Hoy esa transformación continúa. Los bonos verdes movilizan miles de millones de dólares para proyectos de conservación y energía limpia. Los bonos azules financian la protección de océanos y arrecifes en países como Seychelles y Belice. Los mercados voluntarios de carbono pagan por mantener bosques en pie. Comienzan a surgir mercados para la biodiversidad. Y nuevas tecnologías como blockchain pueden facilitar el registro y la trazabilidad de determinados activos o créditos ambientales, siempre que existan metodologías de medición, verificación y reglas claras sobre los derechos que representan.

La economía mundial empieza a descubrir algo extraordinario: la conservación también puede ser un negocio. La afirmación puede parecer provocadora. Pero quizá sea una discusión necesaria para un país como Costa Rica, que decidió recorrer otro camino. No renunció al desarrollo; redefinió la fuente de ese desarrollo. La recuperación de la cobertura forestal, el crecimiento del turismo ecológico y una matriz eléctrica mayoritariamente renovable muestran que proteger el capital natural también puede convertirse en una estrategia económica.

El verdadero desafío ya no consiste únicamente en conservar. Consiste en crear nuevas formas de generar riqueza a partir de esa conservación. Aquí es donde aparece una oportunidad extraordinaria.

La digitalización de la economía permite imaginar activos naturales certificados, mercados ambientales mucho más transparentes e instrumentos financieros capaces de canalizar inversión hacia la protección de bosques, cuencas hidrográficas, biodiversidad e incluso reservas geológicas que nunca necesiten ser explotadas. No se trata de vender la naturaleza. Se trata de reconocer económicamente el valor de mantenerla viva.

Así como hoy pueden tokenizarse inmuebles, obras de arte o instrumentos financieros, también comienza a discutirse la representación digital de activos naturales certificados. Se trata de crear instrumentos financieros respaldados por su conservación, bajo reglas claras, supervisión pública y altos estándares de transparencia. La naturaleza deja de ser únicamente un espacio protegido para convertirse también en un activo capaz de generar financiamiento para su propia conservación y generar beneficios económicos.

Hay países con más petróleo. Otros poseen más cobre, litio u oro. Costa Rica posee algo diferente. Tiene credibilidad ambiental, instituciones relativamente sólidas, una marca país asociada con sostenibilidad, experiencia en políticas innovadoras y un patrimonio natural que el mundo reconoce como uno de los más valiosos del planeta.

La verdadera prosperidad consistirá en transformar la riqueza de la naturaleza en bienestar sin destruir aquello que la hace posible. La próxima revolución económica quizá no salga de una mina. Quizá nazca de un bosque. Y, si eso ocurre, Costa Rica no tendrá que descubrir una nueva riqueza.

Solo tendrá que aprender a valorar la que ha protegido durante décadas.