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La prevención y vacunación en cada etapa de la vida: el camino hacia un futuro saludable

América Latina envejece aceleradamente. La esperanza de vida al nacer en la región pasó de cerca de 55 años en 1960 a 76 años en 2024, un avance significativo que plantea una pregunta urgente: ¿cómo asegurar que esos años adicionales se vivan con salud, autonomía y bienestar?

La magnitud de esta transformación involucra a toda la población. En 2024, la región alcanzó los 663 millones de habitantes: el 22,5% eran menores de 15 años, el 67,6% tenía entre 15 y 64 años, y el 9,9% correspondía a personas de 65 años o más. Para 2050, este último grupo representará cerca del 18,9% de la población regional, casi el doble de la proporción registrada en 2024. Esta realidad confirma que la prevención no puede limitarse a una sola etapa: debe acompañar a las personas desde la infancia hasta la vejez.

Pese a este cambio estructural, la conversación sobre salud sigue enfocándose, con frecuencia, en atender la enfermedad cuando ya está presente. La prioridad debe ser anticiparse. Avanzar hacia un enfoque preventivo a lo largo del curso de vida permite actuar tempranamente sobre los factores de riesgo, mejorar el acceso a la atención y contribuir a sociedades más saludables, productivas y resilientes.

Vivimos más años, pero no siempre en mejores condiciones. Por ejemplo, actualmente las enfermedades crónicas y las discapacidades forman parte de la realidad con la que conviven algunas personas. En este contexto, la vacunación a lo largo del curso de la vida, incluyendo la población adulta y con comorbilidades, debe entenderse como una inversión esencial para mejorar la calidad de vida y fortalecer la sostenibilidad social.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce la vacunación como una de las intervenciones de salud pública más efectivas para salvar vidas.  Por esto, fortalecer las coberturas de inmunización en todas las etapas de la vida sigue siendo una prioridad regional para lograr que las enfermedades prevenibles dejen de ser una amenaza para la salud pública en América Latina. La región se destaca por ser líder mundial en inmunización y por contar con valiosas iniciativas para ello,7 una base sólida sobre la cual es posible seguir avanzando.

Cada vacuna aplicada contribuye a resguardar a la comunidad en su conjunto, especialmente a los grupos con mayor riesgo, como los adultos mayores o quienes viven con enfermedades crónicas. La protección frente a enfermedades prevenibles fortalece la salud colectiva y puede ayudar a reducir hospitalizaciones, complicaciones y muertes evitables. Además, involucrar activamente a las comunidades en estas estrategias fortalece la confianza en los servicios de salud y promueve una cultura de autocuidado y corresponsabilidad.

La insistencia de los organismos internacionales en fortalecer la atención primaria confirma una realidad: los sistemas de salud más sostenibles son aquellos que priorizan la prevención. Apostar por este modelo genera beneficios para todo el sistema: reduce costos hospitalarios, optimiza recursos y acerca la atención a las personas.

Asimismo, promover hábitos saludables desde edades tempranas y sostenerlos a lo largo del curso de vida debe ser una prioridad compartida. Una alimentación equilibrada, la actividad física regular y el fortalecimiento de las capacidades cognitivas pueden retrasar la dependencia y favorecer una vejez más activa. Por último, y no menos importante, priorizar los esquemas de vacunación recomendados por las autoridades en salud de cada país y/o las entidades médicas referentes, debe entenderse como una inversión en bienestar, autonomía y calidad de vida.

Prevenir no es solo evitar enfermedades; es crear las condiciones para que más personas vivan con autonomía, bienestar y propósito. En una región que envejece rápidamente, el verdadero desafío no será únicamente vivir más años, sino vivirlos mejor. La vacunación en el adulto es la respuesta.