Referencia del BCCR

Tipo de cambio

Compra

...

Venta

...

Presentado por
Logo Coopealianza
Imagen principal del artículo: La ilusión del bien en la dictadura populista

La ilusión del bien en la dictadura populista

En muchos países de Occidente vemos cómo existen crecientes sectores de la población que pierden su fe en el sistema democrático, lo que se traduce en un avance de populismos, tanto de derecha como de izquierda, mientras sus hermanos mayores, los gobiernos autoritarios, son vistos cada vez con más beneplácito por pueblos que buscan encontrar una salida a sus males. Algunos ven la dictadura como un futuro deseable a causa de las aparentes victorias y la aprobación de los populistas, lo que implica una absoluta y muy peligrosa simplificación creada por una ilusión consecuencialista.

La realidad es simple: «No hay buen dictador ni buena dictadura». Toda dictadura surge como producto de un fracaso del sistema democrático y la ruina del Estado de derecho, haciendo inevitable el abuso porque elimina precisamente los controles destinados a impedirlo.

Debemos también comprender que una dictadura no siempre surge de un golpe de Estado y que la fórmula en Occidente consiste en usar al populismo como caballo de Troya para llegar al poder por medio de elecciones democráticas, aprovechando para ello el malestar popular para generar división en la población, alimentarse de la aprobación popular comprada con programas sociales, inversión u otros logros concretos que se hacen muy visibles, al tiempo que comienzan los abusos y la persecución contra opositores o grupos identificados como enemigos del Estado, «el antipueblo» de la teoría política, haciendo que los logros populistas se relacionen con el ataque a estos grupos para lograr validación popular a un creciente desmantelamiento del Estado de derecho y la institucionalidad, mientras la masa hipnotizada mira para otra parte al sentirse beneficiada. De esta manera, la sociedad entera se deja caer en la dictadura al tiempo que aplaude al populista.

Debo aquí aclarar que el sistema antes descrito se aplica tanto para un populismo de derecha como de izquierda. Lo vimos, por ejemplo, con Hitler, que llegó al poder utilizando el malestar generado por una profunda crisis económica agravada por la Gran Depresión, en un país ya marcado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Luego, tras el incendio del Reichstag, utilizó este hecho y acusó a los comunistas de perpetrarlo para justificar el Decreto del Incendio del Reichstag, que suspendió derechos fundamentales y permitió una enorme represión política. Después vino la Ley Habilitante: obtuvo poderes extraordinarios y eliminó progresivamente los controles democráticos, mientras, a nivel económico, se daba un «periodo de bonanza» en el que la producción aumentó de forma espectacular y, con ello, cayó el desempleo drásticamente. ¿Qué sucedió en Alemania? Una minoría advertía sobre el peligro creciente que representaba Hitler, mientras amplios sectores de la sociedad lo apoyaban.

¿Cuánto vale para una sociedad una mejora económica si el precio es entregar gradualmente el Estado de derecho?

Por su parte, en Venezuela tenemos a Hugo Chávez, que ganó las elecciones con cerca del 56% de los votos después de aprovechar una profunda crisis de legitimidad de los partidos tradicionales venezolanos. Con ese enorme capital político comenzó una concentración progresiva del poder y un debilitamiento de los contrapesos institucionales y aprovechó las ventajas de ser un país petrolero. Gracias, en buena parte, al auge de los precios del petróleo durante la década de 2000, expandió el gasto público y creó las llamadas misiones de salud, educación, alimentación y vivienda. La pobreza cayó significativamente durante varios años y el consumo aumentó, lo que le permitió gozar de un creciente apoyo popular mientras profundizaba la concentración del poder y el deterioro de los contrapesos democráticos.

La lista no termina allí. El patrón se repite, con mayor o menor precisión, con Alberto Fujimori en Perú, Alexander Lukashenko en Bielorrusia, Daniel Ortega en Nicaragua —me refiero a su segundo y actual periodo, no al primero— y Ferdinand Marcos en Filipinas, entre otros.

La dictadura no aparece cuando la democracia finalmente muere; comienza a gestarse mucho antes, mientras sus instituciones se debilitan y la sociedad pierde la confianza en ellas. Pero ningún populista puede echar raíces sin encontrar primero tierra fértil: una sociedad cansada, frustrada y cada vez menos dispuesta a defender los mecanismos democráticos que deberían protegerla.

La tierra fértil para la dictadura populista requiere una sociedad cansada, ansiosa de venganza y orden; por ello, requiere que se mantenga en ese estado, pues la base del discurso populista necesita una mezcla de esperanza y miedo: que el pueblo sienta haber ganado algo que en cualquier momento le puede ser robado. De ahí que necesite enemigos y que, de no tenerlos, esté dispuesto a crearlos o incluso inventarlos. Efectivamente, el populista busca dividir al pueblo en «ellos y nosotros», donde «ellos» son los culpables y «nosotros», la solución. Vamos a la Alemania nazi una vez más, donde los judíos y los comunistas fueron presentados como enemigos a vencer, incluso cuando estaban en campos de concentración, o al imperialismo norteamericano en el discurso chavista, contra el que Chávez despotricaba en público acusándolo de querer apropiarse de su petróleo, mientras Venezuela continuaba vendiendo petróleo a Estados Unidos.

Pese a que todos sabemos que en política no existen las «recetas mágicas», la inmensa mayoría, en el fondo, quisiera que sí existieran. Por eso, tantos están dispuestos a prestar oídos a los discursos mesiánicos con las respectivas promesas sobre el próximo día del juicio, cuando se impondrá justicia. Por esta razón, no existe ninguna sociedad democrática que esté completamente libre del peligro de caer en una dictadura populista.

¿Qué podemos hacer entonces?

Comprender que no podemos arreglar en las urnas lo que tenemos que arreglar en las aulas. Las elecciones sirven para escoger gobernantes, pero no pueden sustituir la educación, la formación ciudadana, la solidez de las instituciones ni una verdadera cultura democrática. Los grandes problemas de una nación rara vez nacen en cuatro años y tampoco pueden resolverse seriamente en un solo periodo de gobierno.

Una sociedad que espera solucionar décadas de problemas estructurales con una elección queda inevitablemente expuesta a quien prometa hacerlo todo de inmediato. Allí aparece el populista con sus soluciones fáciles, sus culpables perfectamente identificados y sus promesas de resultados inmediatos. Frente a él, el estadista suele tener una oferta mucho menos seductora: trabajo, reformas, acuerdos, sacrificios y tiempo.

No, no hay buena dictadura, porque un edificio es tan sólido como sus bases y las bases de toda dictadura están corrompidas por la ausencia de límites al poder. Aun cuando el país del dictador luzca como un castillo de cuento de hadas, detrás de su fachada se esconde un sepulcro blanqueado.

Recordemos también que una democracia no es, como algunos pretenden, una «dictadura de las mayorías». Todo lo contrario: una democracia no es sólida únicamente porque respete la voluntad de la mayoría, sino porque garantiza los derechos de todos, incluso frente a esa mayoría. Su verdadera madurez puede medirse precisamente allí: en la forma en que trata a sus minorías, a sus opositores y a quienes carecen del poder suficiente para defenderse por sí mismos.