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La casa común: entre la reparación, el desmantelamiento y la resistencia

En La casa de los espíritus, Isabel Allende nos muestra cómo la “gran casa de la esquina” se va transformando a lo largo del tiempo. No nació como una obra perfecta ni acabada, sino como un espacio vivo al que cada generación le fue agregando cuartos, torres y pasadizos. En sus paredes quedaron guardados los aciertos y las alegrías, pero también las excentricidades y los descuidos de la familia.

Esa alegoría retrata muy bien lo que hemos hecho con Costa Rica. Nuestra institucionalidad es esa casa común que construimos con el paso de los años. Negar su deterioro o romantizarla sería un engaño: cualquiera que camine hoy por sus pasillos puede ver que hay cuartos sumamente desgastados y necesitados de arreglos urgentes. El cuarto que resguarda la educación pública atraviesa una crisis profunda, las paredes de la salud pública muestran rajaduras que preocupan y el espacio de la seguridad ciudadana requiere intervenciones inmediatas. Aceptar que estas habitaciones están dañadas no significa darnos por vencidos, sino asumir con seriedad la tarea de reparar lo que no está funcionando.

Sin embargo, hemos visto cómo el problema dejó de ser un simple descuido en el mantenimiento para convertirse en un ataque directo a las vigas maestras de la casa. Lo vemos en los severos recortes presupuestarios que pretenden ahogar al Poder Judicial, dejándolo contra las cuerdas precisamente cuando más necesitamos combatir el crimen; en la inquietud generada por el posible uso de software de espionaje bajo velos de secreto de Estado; en los insultos cotidianos hacia la oposición, no solo hacia la legislativa, sino también hacia cualquier persona u organización que se posicione en contra de alguna propuesta del Ejecutivo; y en una narrativa autoritaria que busca enemistar a la ciudadanía con los contrapesos democráticos, amparados en nuestro pacto social, la Constitución Política, para apoderarse de la estructura completa.

Frente a esta embestida, la respuesta no puede quedarse únicamente en las curules legislativas o en los estrados judiciales. La resistencia más potente es la que nace en la calle, desde una ciudadanía activa que siente un orgullo genuino por esta casa común. El reciente plantón lo dejó ver con claridad: fue una expresión viva de voluntades diversas, donde se encontraron personas de distintas generaciones, realidades sociales, condiciones económicas y lugares del país. Ver a jóvenes, personas adultas mayores y familias reunirse en un mismo abrazo democrático demostró que nos unen valores mucho más profundos que cualquier discurso divisivo.

Construir en sociedad exige buscar puntos medios, dialogar y corregir los errores sin destruir lo que ha servido. Cuando miro a las personas jóvenes que hoy están cursando la secundaria, haciendo malabares en medio de una severa crisis educativa, expuestas a la vorágine del mundo digital y amenazadas con la pérdida de esa red de seguridad social que tanto costó levantar, la pregunta se vuelve urgente: si dejamos que destruyan las bases de esta casa, ¿qué les va a quedar a ellas y a las generaciones que están por nacer?

Cuidar la casa común no es esconder sus goteras ni negar sus fallas; es asumir la responsabilidad colectiva de defenderla y repararla sin descanso. Pero, para lograrlo, este momento nos exige un compromiso activo desde el lugar en el que estamos:

  • A las diputaciones en la Asamblea Legislativa les corresponde asumir con firmeza su responsabilidad histórica, dejando de lado los cálculos de corto plazo para defender con valentía y sin ambigüedades la división de poderes y la institucionalidad.
  • Al Poder Judicial le toca sostener con rigor, ética e independencia su misión constitucional, resistiendo los embates y el ahogamiento económico sin dar un solo paso atrás en la protección de la legalidad.
  • Y a las personas en general —a cada vecina, estudiante, trabajador y profesional— nos toca la tarea más decisiva: mantener la perseverancia y cuidar nuestros preceptos democráticos hasta el cansancio.

No podemos dejar que la apatía ni la frustración nos paralicen. Este es el momento de sostener la unidad, de conversar en la vida cotidiana y de convertirnos en cajas de resonancia de los mensajes que todavía siembran esperanza, verdad y solidaridad. Solo amplificando aquello que nos une podremos fortalecer las redes comunitarias y trabajar, en conjunto, en la defensa de nuestra casa común.