Israel y Costa Rica mantienen relaciones diplomáticas desde 1954, aunque el respaldo costarricense a la creación del Estado de Israel es anterior. Lo es también la presencia en el país de una comunidad judía admirable por muchísimas razones, fácilmente comprobables. Así ocurre, por ejemplo, con la trayectoria de Samuel Rovinski, uno de los grandes pilares de la cultura costarricense.
Más aún, expresarlo de otra manera podría dar la impresión de que se trata de extranjeros en esta tierra, una consideración tan equivocada como anacrónica, que se estrella contra la realidad. Son tan costarricenses como cualquiera, tanto por su historia como por el hecho de que nuestra patria, la de todos, se constituyó como una república democrática, libre, independiente, multiétnica y pluricultural.
La doble nacionalidad, cuando exista, tampoco cambia esa realidad. Numerosos costarricenses poseen también ciudadanía de países europeos, Canadá, Estados Unidos, otros países iberoamericanos o naciones asiáticas. No hay nada novedoso en ello ni es algo que afecte nuestra identidad.
¿Por qué abordar este tema ahora? Porque el 8 de diciembre de 2025 nuestro país firmó un tratado comercial con Israel, que la Asamblea Legislativa conoce bajo el expediente 25.542. Además, porque el debate público en torno a ese acuerdo podría verse distorsionado por las consecuencias que ha tenido en Gaza la salvajada perpetrada por Hamás en octubre de 2023 contra la población civil israelí, así como por la reactivación de prejuicios que históricamente ha enfrentado la comunidad judía.
Deliberadamente no entraré en mayores detalles sobre esa dimensión del asunto. No porque carezca de opinión —que la tengo—, sino precisamente porque no quiero que una discusión contamine la otra. Ese es un debate distinto. Me limitaré a señalar que las acciones diplomáticas y judiciales en el ámbito internacional deben continuar por los cauces institucionales existentes y reconocidos. Por eso, aun creyendo en el derecho de Israel a defenderse, considero valioso el respaldo expresado por el canciller Manuel Tovar a la Corte Penal Internacional, al confirmar el apoyo de Costa Rica a esa instancia.
Lo que me interesa hoy es otra cosa: insistir en la necesidad de separar todo aquello del debate sobre el tratado comercial con Israel. Costa Rica posee una larga tradición de apertura comercial, en la que la suscripción de acuerdos de esta naturaleza ha respondido a la búsqueda de oportunidades económicas capaces de diversificar y financiar nuestro desarrollo. Contamos con 18 tratados comerciales que nos brindan acceso a 54 países, entre ellos EEUU, China y México, además de bloques económicos como la Unión Europea. En este ámbito, hemos sido una nación audaz y visionaria.
Tengamos presente, además, que la humanidad ha incurrido en numerosos errores cuando ha dejado de distinguir entre el comercio, la cultura, el entretenimiento o el deporte y los conflictos políticos y militares del momento. Lo vimos en Eurovisión, en el Mundial de Fútbol y en otros escenarios internacionales, donde con frecuencia la doblez luce y reluce.
Recordemos que cuando Costa Rica estableció relaciones diplomáticas con China y posteriormente profundizó sus vínculos comerciales con ese país, no condicionó esas decisiones a asuntos como Tiananmen, la persecución de los uigures, el Dalai Lama, Ai Weiwei, los cambios en Hong Kong o las presiones sobre Taiwán, temas que bien pudieron generar protestas y controversias. Nuestro país comprendió entonces la importancia estratégica de aquella decisión.
Algo similar ocurre con Estados Unidos, nación con la que mantenemos una relación histórica cuyo balance ha resultado especialmente beneficioso para Costa Rica. Así, cuando de manera inconstitucional formamos parte de la lista de países que respaldaron la invasión de Irak durante la administración de George W. Bush, nadie —salvo alguna excepción aislada—planteó la suspensión de relaciones diplomáticas con ese país, como sí reclamaron en otros rincones de Iberoamérica numerosos sectores. Del mismo modo, cuando se restablecieron las relaciones diplomáticas con el régimen cubano, una decisión cuya conveniencia es más difícil de explicar, nadie chistó.
Objetivamente, podemos afirmar que la separación entre política, diplomacia, comercio, cultura y deporte no nos resulta ajena. Sostener lo contrario sería incurrir en una evidente contradicción. Y aunque la hipocresía abunda en las relaciones internacionales, reconocer esa realidad no debería conducirnos a sabotear nuestras propias oportunidades.
Llegados a este punto, vale la pena citar a una figura tan polémica y compleja como influyente en materia de política exterior. Me refiero a Henry Kissinger, quien afirmó que un país que exige la perfección moral en su política exterior no alcanzará ni la perfección ni la seguridad. La reflexión también resulta pertinente cuando hablamos de comercio internacional.
Por otra parte, sostener que el volumen actual del intercambio comercial entre ambos países no justifica la firma del acuerdo constituye un argumento cortoplacista que desconoce las capacidades que Costa Rica ha demostrado a lo largo de su historia. Tenemos potencial, e Israel ofrece oportunidades que merecen ser valoradas con seriedad.
Cada vez que el país ha estado por firmar un tratado comercial, saltan los agoreros que anuncian el final. Ocurrió con México, con Estados Unidos y con China; ahora sucede con Israel. Por ello, debemos hacer un esfuerzo racional por separar los temas y evitar que la situación de Gaza —con total independencia de la opinión que cada quien tenga sobre el conflicto— contamine la formalización del tratado entre dos países unidos por una larga tradición de amistad y cooperación.
Finalmente, no es sencillo abordar estos asuntos. La cantidad de fanáticos presentes en ambos extremos del conflicto es considerable, y con frecuencia se camuflan en público mientras agreden en privado.
Como costarricenses, y en coherencia con nuestra historia y nuestra Constitución, debemos ignorar a los intransigentes de uno y otro lado, manteniendo siempre el respeto hacia la comunidad judía. Ese es un principio fundamental que no debe confundirse con la imposición del silencio ni con la censura. Debemos aceptar que no existen temas inmunes al debate y que discutirlos no es ofensa ni deslealtad.
Dicho esto, y en beneficio de las oportunidades para el desarrollo del país, también debemos tener la madurez, la serenidad y la objetividad necesarias para conversar abiertamente sobre la conveniencia del tratado comercial con Israel y valorar sus méritos hasta el momento de su eventual aprobación.
