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Humanidad en crisis: cuando estar conectados nos aleja

Humanidad en crisis: cuando estar conectados nos aleja

La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”. Karl Marx.

Vivimos en una época de hiperconectividad: podemos conectarnos en segundos con personas que se encuentran a miles de kilómetros y conocer sus vidas a través de las redes sociales. Sin embargo, mientras aumentan nuestras posibilidades de conexión tecnológica, parece disminuir nuestra capacidad para establecer vínculos humanos.

La crisis no siempre se manifiesta en acontecimientos. También aparece en situaciones cotidianas: cuando descartamos a una persona porque dejó de cumplir nuestras expectativas, cuando buscamos aprobación o cuando valoramos a los demás por lo que poseen, aparentan o representan.

El ser humano corre el riesgo de convertirse en un producto. Mientras resulta atractivo, exitoso o conveniente, permanece; cuando deja de responder a determinados estándares, se sustituye. ¿En qué momento comenzamos a relacionarnos de esa manera?

El consumismo no solo ha transformado nuestra forma de adquirir bienes. También puede influir en nuestra manera de relacionarnos. Compramos, sustituimos y descartamos; algunas veces trasladamos esa lógica a los vínculos humanos.

La apariencia física, el automóvil, la vivienda, la ropa de marca, los viajes y la exposición constante en redes sociales pueden convertirse en símbolos mediante los cuales intentamos demostrar nuestro valor. Pero ¿qué sucede cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos y comenzamos a preguntarnos únicamente qué poseemos?

Aquí surge una pregunta: ¿qué estamos haciendo con nuestra humanidad? El doctor Manuel Sans Segarra ha reflexionado sobre la necesidad de trascender una existencia centrada exclusivamente en lo material y recuperar la conexión con la conciencia y con la dimensión superior del ser. Más allá del nombre que cada persona otorgue a esa dimensión —Dios, conciencia, universo, espiritualidad—, permanece una pregunta esencial: ¿para qué estamos aquí?

En medio de esta realidad, la educación tiene una responsabilidad: quienes trabajan en las aulas no solo transmiten conocimiento. También pueden contribuir a formar seres humanos capaces de escuchar, dialogar, aceptar las diferencias, reconocer la dignidad del otro y comprender que nadie debería ser valorado exclusivamente por aquello que posee.

Educar también significa enseñar empatía, solidaridad y responsabilidad. Significa crear espacios de diálogo, contacto con la naturaleza y encuentro auténtico, donde niños y jóvenes puedan reconectarse consigo mismos y con los demás.

El sistema educativo debería preguntarse no solamente qué queremos que nuestros estudiantes sepan, sino también qué tipo de personas queremos que lleguen a ser.

El verdadero progreso no puede medirse únicamente por los bienes que poseemos, los lugares que visitamos o la tecnología que utilizamos. Quizá consiste en algo mucho más difícil: no perder nuestra humanidad mientras avanzamos.

Podemos tener miles de seguidores y sentirnos solos. Podemos estar conectados con el mundo entero y ser incapaces de conectar con quien tenemos al lado. Tal vez ha llegado el momento de detenernos, mirar hacia adentro y volver a encontrarnos.

Porque, antes de ser consumidores, usuarios, profesionales, estudiantes o perfiles en una red social, somos seres humanos. Quizá la salida de esta crisis no esté en tener más, sino en aprender nuevamente a ser.