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Imagen principal del artículo: Hay palabras que me duelen

Hay palabras que me duelen

No sé si fue buena idea leerlos tan cerca uno del otro.

Primero fueron dos libros de Han Kang: Imposible decir adiós y Actos humanos, que describe dos heridas terribles de Corea del Sur. Me tomaron por sorpresa porque, después de que ella ganó el Nobel de Literatura en 2024, me fasciné con La vegetariana y La clase de griego, pero estos otros dos fueron distintos. Después vino el tercero, Mi país inventado, de Isabel Allende, que casi saltó a mis manos desde la biblioteca de mi mamá.

¡Cuánto dolor he sentido!

No escribo esto desde la razón. Lo escribo como mujer, como madre y como costarricense, porque últimamente hay cosas que escucho en mi país que me duelen en el alma.

Me duele la facilidad con la que se habla de comunistas, golpes de Estado, zurdos y dictaduras. Me asusta la ligereza con la que esas palabras aparecen en discursos, plazas públicas y conversaciones políticas, como si fueran parte de un juego sin consecuencias.

¡Cómo se nota que no han vivido una dictadura! Yo tampoco. Y espero morir sin saber lo que significa.

Nací en un país que ya no tenía ejército. Nunca he imaginado que un hijo mío tendría que ir a una guerra. Nunca he pensado que podría desaparecer, terminar en una cárcel por sus ideas o, simplemente, porque estuvo un día en el lugar equivocado. Nunca he tenido que sentir miedo al escuchar pasos de soldados frente a mi casa.

En Imposible decir adiós la lucha contra el comunismo terminó convirtiendo comunidades enteras en sospechosas. En la isla de Jejú, Corea del Sur, miles de civiles, mujeres y niños fueron asesinados; hubo pueblos arrasados y familias destruidas. El enemigo había dejado de ser una persona.  El enemigo era una categoría.

Los soldados llegaban a las casas con los registros de sus habitantes y, si faltaba un hombre de la familia, asumían que se había unido a los rebeldes y podían ejecutar a quienes permanecían allí.

Una dictadura necesita órdenes, obediencia y miedo. Necesita personas que dejen de hacerse preguntas y otras que aprendan a mirar hacia otro lado.

Actos humanos describe la masacre de Gwangju de 1980. Hay una escena en la que los muchachos, estudiantes, son parte de la resistencia y están escondidos en un edificio, agachados bajo las ventanas esperando al ejército, manipulando torpemente sus armas. Tienen hambre. Preguntan si pueden ir a buscar los pastelitos y la Fanta que dejaron en otra habitación. Son prácticamente niños.

“Entregamos armas a niños. Armas que no eran capaces de disparar”.  Porque, llegado el momento, no pudieron hacerlo. Del otro lado había seres humanos: soldados rasos obedeciendo las órdenes de sus superiores. Ellos sí usaron sus armas.

Después crucé medio mundo para encontrarme nuevamente con el mismo dolor, pero en palabras de Isabel Allende. En Mi país inventado cuenta el Chile posterior al golpe de Estado de Pinochet.

Ella misma recuerda que pensaban que, dada la tradición democrática chilena, los soldados pronto regresarían a sus cuarteles y habría nuevamente elecciones. No fue así: empezaron a desaparecer amigos y conocidos; algunos regresaron después de semanas con señales de tortura, otros nunca regresaron y muchos intentaron escapar.

Isabel Allende, prima del expresidente asesinado durante el golpe, pudo hacerlo. En 1975 salió hacia Venezuela y después reconocería la culpa que sintió por haber dejado su país, mientras tantos otros se quedaron: algunos mirando hacia otro lado y otros enfrentando la dictadura desde dentro.

Es muy fácil hablar de golpes de Estado, dictaduras, comunistas, izquierdistas y enemigos políticos desde la comodidad de saber que esta noche dormiremos en nuestra casa; más aún si llegaremos a ella acompañados de una enorme escolta de veintitrés vehículos, incluida una ambulancia.

Hoy podemos apagar el teléfono, cambiar de canal o decir que la política nos tiene cansados. Una persona perseguida por una dictadura no puede hacer eso.

No todo el mundo puede irse. No todos tienen un país dispuesto a recibirlos, dinero para empezar de nuevo, contactos, pasaporte, profesión o siquiera la posibilidad de llegar a una frontera. Hay quienes se quedan porque quieren resistir y hay quienes se quedan, sencillamente, porque no tienen adónde ir.

Me preocupa la condescendencia desde el poder, la humillación del adversario, la violencia de ciertas formas de comunicación y que cada vez encontremos una explicación para justificarlas. Me preocupa escuchar, casi como un secreto a voces, historias de empresarios, alcaldes y otras personas que dicen sentirse presionadas para apoyar o, por lo menos, para no reaccionar. No puedo comprobar cada historia y no pretendo presentarlas como hechos demostrados, pero tampoco quiero acostumbrarme a escucharlas y encogerme de hombros.

¡Oh, estos tres libros juntos, qué trío!  Yo no quiero mirar hacia otro lado.

Porque mientras todos los días le bajamos la barra a la decencia y al respeto, le subimos la temperatura a la confrontación. Y, mientras tanto, dejamos de hablar de lo verdaderamente importante. El país necesita resolver problemas enormes de educación, salud, movilidad, empleo, ambiente y preparación frente al cambio climático. Sin embargo, gastamos nuestra energía peleando, insultándonos y dividiéndonos. La polarización también nos roba tiempo, atención y capacidad para resolver.

Y viene otro trío. Se acercan tres fechas de enorme importancia para el país: el 15 de septiembre, Día de la Independencia; el 7 de noviembre, Día de la Democracia; y el 1.º de diciembre, Día de la Abolición del Ejército. Libertad, democracia y pacifismo en el calendario: las tres anclas de nuestro barco, las tres columnas que sostienen la casa costarricense.

Quiero agradecer y celebrar las tres por el privilegio de haber nacido después de decisiones extraordinarias que otras personas lúcidas tomaron y defendieron por mí. Quiero agradecer no haber crecido viendo soldados en las calles. Quiero agradecer no haber tenido nunca que preguntarme si mi hijo regresaría de una guerra.  Y quiero recordar que nada de eso está garantizado para siempre.

Han Kang e Isabel Allende nos escribieron desde las heridas de sociedades que alguna vez pensaron que ciertas cosas no podían ocurrirles. Nosotros todavía estamos a tiempo de aprender de ellas sin tener que vivirlas.. o morir por ellas.