Una novela nacida de un dato mínimo —la muerte, a los once años, del único hijo varón de William Shakespeare— abrió una conversación intensa sobre la maternidad, la pérdida, la vida cotidiana en el siglo XVI y la capacidad de la literatura para devolver presencia a quienes la historia dejó al margen.
Una lectura que conmovió al grupo
La reunión comenzó con una coincidencia poco frecuente por su unanimidad: Hamnet, de la escritora norirlandesa Maggie O’Farrell, fue una de las lecturas más disfrutadas y, al mismo tiempo, una de las más dolorosas del año. Varias participantes contaron que tuvieron que detenerse, respirar y retomar el libro después de algunos pasajes. Otras describieron una reacción casi corporal ante la enfermedad del niño, la limpieza de su cuerpo y la imposibilidad de su madre de alejarse de la tumba. La emoción no fue entendida como sentimentalismo fácil, sino como resultado de una escritura delicada, precisa y capaz de acercar al lector a una experiencia límite.
Ese impacto se relacionó con la forma en que O’Farrell vuelve visible lo que apenas ocupa una línea en los registros históricos. Hamnet Shakespeare, gemelo de Judith, murió en Stratford-upon-Avon en 1596, a los once años. La causa no fue consignada y, por tanto, la peste que provoca su muerte en la novela pertenece a la imaginación de la autora. Ese vacío documental es precisamente el lugar donde entra la ficción: no para presentarse como verdad biográfica, sino para preguntarse quién fue aquel niño, cómo se relacionaba con sus hermanas y qué fractura pudo dejar su ausencia en la familia.
Idea central de la conversación. Hamnet deja de ser una nota al pie: la novela le concede rostro, vínculos, temores y una presencia que continúa actuando en quienes lo sobreviven.
Agnes ocupa el centro
El grupo destacó la decisión más visible de la novela: Shakespeare nunca es nombrado. Es el preceptor de latín, el marido, el padre o el dramaturgo que trabaja en Londres. Al retirar del primer plano el nombre más célebre de la literatura inglesa, O’Farrell evita que su fama absorba toda la narración y desplaza el centro hacia Agnes, versión novelística de Anne Hathaway.
Esta Agnes es madre, esposa, hija y hermana, pero también sanadora, conocedora de plantas y mujer de una percepción extraordinaria. Su vínculo con el bosque, los animales y la tierra da a la novela una textura sensorial muy marcada. Las participantes la describieron como maternal, intuitiva, generosa y luchadora: es ella quien reconoce la necesidad de su marido de marcharse a Londres y quien sostiene la vida familiar durante sus ausencias. La recuperación de su figura fue leída, además, como una respuesta a una tradición biográfica que con frecuencia redujo a la esposa de Shakespeare a una mujer mayor, ignorante o inconveniente.
También se valoraron los lazos laterales que sostienen a Agnes: la comunicación silenciosa y profunda con su hermano Bartolomeo; la unión entre los gemelos Judith y Hamnet; y el acercamiento entre Agnes y Mary, su suegra, cuando ambas intentan salvar a Judith. A pesar de la hostilidad previa, la experiencia compartida de la pérdida crea entre ellas una forma de solidaridad y reconocimiento.
Una geografía y un ritmo para el duelo
En la conversación se habló de una verdadera “geografía del duelo”. Agnes lo vive en Stratford de una manera física: en la casa, el bosque, el cementerio, la ropa y el cuerpo ausente. Su marido lo lleva a Londres, hacia la distancia y la escritura. Las distintas maneras de sufrir no solo los aíslan, sino que abren una pregunta que atravesó la sesión: ¿cómo acompañarse cuando una misma pérdida se encarna de formas tan diferentes?
La estructura refuerza esa experiencia. El relato avanza y retrocede entre tiempos y perspectivas sin perder claridad. Algunas integrantes compararon su cadencia con un vals en los momentos del encuentro amoroso y con un galope cuando la enfermedad irrumpe. En la segunda parte, dedicada más abiertamente al duelo, los capítulos se fragmentan en escenas breves y cotidianas. Los retazos imitan una vida familiar que ya no puede contarse de manera continua.
Se elogió igualmente la economía narrativa: la sensación de que nada sobra. Incluso el capítulo que sigue el trayecto de una pulga desde el Mediterráneo hasta Stratford fue defendido como una miniatura de la complejidad del mundo: una red de viajes, animales, mercancías y azares termina por alterar para siempre una casa. La reconstrucción de olores, barro, hacinamiento, animales y prácticas de higiene produjo repulsión en algunos momentos, pero también dio verosimilitud al escenario de la Inglaterra moderna temprana.
Quienes leyeron la versión española resaltaron la traducción de Concha Cardeñoso, especialmente su capacidad para conservar el ritmo y la sonoridad de la prosa. El comentario dio paso a una reflexión más amplia sobre la traducción profesional en tiempos de inteligencia artificial y sobre la necesidad de que la sensibilidad, el contexto y la revisión humana sigan formando parte del proceso.
Del hijo perdido al escenario
La relación entre Hamnet y Hamlet fue otro núcleo de la discusión. La novela no afirma que la tragedia teatral sea una transcripción de la vida privada de Shakespeare; imagina, más bien, el arte como un lugar donde el padre puede transformar el dolor. En el escenario invierte los papeles: el hijo vive y es el padre quien muere como fantasma. Agnes llega al teatro con enojo y desconcierto, pero reconoce poco a poco una forma distinta de recordar. La escritura se convierte así en refugio, homenaje y tentativa de reparación.
Varias participantes habían visto primero la adaptación cinematográfica y otras salieron de la reunión con deseos de verla. Dirigida por Chloé Zhao y escrita por Zhao junto con O’Farrell, la película está protagonizada por Jessie Buckley como Agnes y Paul Mescal como Shakespeare. El grupo valoró su fotografía, los paisajes, el simbolismo del cuarto infantil y la escena final en el teatro, donde la reacción del público adquiere una dimensión casi coral y catártica. También señaló diferencias productivas: el libro desarrolla con mayor amplitud al niño, las relaciones familiares y las zonas más ásperas del padre de Shakespeare; la película concentra su fuerza en el duelo de la pareja y en la expresión visual. La interpretación de Buckley, tan celebrada durante la conversación, obtuvo el Óscar a mejor actriz en 2026.
Leer juntos para nombrar la ausencia
Al cerrar la sesión, quedó claro que Hamnet había producido algo más que admiración literaria. Permitió hablar de la maternidad, del temor ante la enfermedad, de la muerte de un hijo como una inversión insoportable del orden esperado y de las preguntas que acompañan a todo duelo: “¿qué habría pasado si…?”. También permitió observar cómo las familias se rompen, se distancian y, a veces, encuentran lenguajes inesperados para continuar.
La novela de O’Farrell parte de silencios históricos, pero no intenta llenarlos con certezas. Los convierte en un espacio de imaginación y empatía. Esa fue quizá la impresión principal de la reunión: la literatura no devuelve literalmente a quienes hemos perdido, pero puede rescatarlos del olvido, dar forma compartida al dolor y ayudarnos a mirar, junto con otras personas, aquello que a solas cuesta nombrar.
