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Gritar también es populismo

Cuando los argumentos escasean, el volumen de la voz pretende sustituir la fuerza de las razones. El grito no busca convencer, sino dominar; no pretende explicar, sino intimidar; no invita al diálogo, sino que exige adhesión. Es la teatralización del poder, la puesta en escena de un liderazgo que necesita convertir la confrontación permanente en espectáculo. El populismo no solo se expresa en las promesas imposibles o en la invención de enemigos: también se manifiesta en el tono, en la gesticulación y en la convicción de que quien más fuerte grita termina pareciendo quien más razón tiene.

Existe un fundamento, tanto desde la teoría política como desde la psicología de la comunicación. No se trata de que gritar sea, por sí mismo, populismo. Muchas personas gritan por enojo, pasión o frustración. Lo que caracteriza al populismo es el uso estratégico de determinados recursos comunicativos, y el grito puede ser uno de ellos.

En ese sentido, el grito cumple varias funciones dentro del discurso populista. Apela a la emoción por encima de la deliberación, privilegiando la indignación, el miedo o el resentimiento antes que el análisis racional. Construye la imagen del líder fuerte, proyectando firmeza y sacrificio —«yo soy quien enfrenta a los poderosos», «me estoy partiendo el lomo por ustedes»— aunque ello no implique mejores argumentos. Alimenta la confrontación, reduciendo la política a una lucha entre «el pueblo» y «sus enemigos». Sustituye la argumentación por la performance, donde el impacto importa más que las razones. Y, finalmente, amplifica la atención mediática, porque el conflicto genera más titulares, más viralidad y termina imponiendo la agenda pública sobre cualquier explicación serena.

Desde una perspectiva académica, autores como Ernesto Laclau destacan el papel de la construcción emocional del “pueblo”, mientras que Jan-Werner Müller subraya el carácter confrontativo y la pretensión de representación exclusiva del pueblo en el populismo. Ninguno sostiene que gritar defina el populismo; más bien, el grito puede ser un recurso funcional dentro de un estilo comunicativo populista.

Ante el persistente uso de tal recurso, uno de los mayores peligros en mi opinión, es que obliga, invita y propicia una emboscada calculada a los adversarios para jugar en el mismo terreno. Quien responde con el mismo tono contribuye a normalizar esa forma de hacer política. Se produce una especie de contagio comunicativo: los incentivos favorecen la confrontación, porque parece más rentable electoralmente que la moderación y la reacción analítica.

Existe además un riesgo evidente de monopolización de la agenda pública. En la política contemporánea, y más aún desde el teatro trágico cómico que presenciamos casi diariamente desde Zapote, la atención se ha convertido en el recurso más escaso y, por ello, más valioso. La dupla presidencial ha logrado capturar dicha atención, condicionando de qué habla la sociedad y, muchas veces, de qué deja de hablar. Un discurso sereno, lleno de matices y explicaciones, difícilmente compite con una declaración incendiaria, un enfrentamiento público o un exabrupto cuidadosamente calculado. El conflicto posee un enorme valor noticioso: genera titulares, se viraliza en redes sociales y desplaza cualquier discusión técnica o reposada. Así, el volumen de la confrontación termina determinando la agenda pública más que la importancia objetiva de los problemas nacionales.

Hemos considerado que una posible finalidad de todo ello, oculta el propósito personalísimo de defender la integridad del expresidente Chaves frente a las causas penales que le persiguen. Y pareciera que tras la detención de figuras del inframundo de reciente data, dicha posibilidad adquiere nuevos fundamentos. También hay que decir que todo ello funciona como una buena cortina de humo, por cuanto en la práctica, las fabulosas promesas de campaña a cargo de la “heredera del cambio”, aún no se atisban.

Sin mayores actualizaciones por el momento, no sobra agrega que el populismo no necesita ganar todos los debates; le basta con decidir de qué debate hablará el país mañana.

Ante la crisis que vive Costa Rica en este momento, porque en verdad nos enfrentamos a ella, las palabras de Abraham Lincoln conservan plena vigencia: "Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer". Conviene recordarlas antes de que el grito termine sustituyendo definitivamente a la razón.