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Imagen principal del artículo: Goy, el Talmud y la construcción del prejuicio mediante citas aisladas

Goy, el Talmud y la construcción del prejuicio mediante citas aisladas

Las redes sociales han multiplicado el acceso a la información, pero también la circulación de interpretaciones descontextualizadas de textos religiosos, jurídicos e históricos causando o extendiendo fuertes prejuicios, el judaísmo no ha escapado a este fenómeno. Es frecuente encontrar publicaciones que presentan el compendio de libros del Talmud como un supuesto manual de supremacía judía o que describen la palabra hebrea “goy” como un insulto dirigido a quienes no son judíos. La mayor parte de los casos, quienes difunden estas afirmaciones no conocen el idioma hebreo, arameo ni la estructura de la literatura rabínica; simplemente reproducen citas aisladas cuya autenticidad, contexto o significado rara vez verifican o que provienen de fuentes de dudosa procedencia.

El problema no se reduce a una discusión religiosa, sino que es un ejemplo de cómo la descontextualización de las fuentes puede convertirse en un mecanismo para construir prejuicios. Una frase extraída de una obra compleja como el Talmud que posee 63 tratados divididos en al menos seis órdenes con un total de 2711 folios divididos entre la Mishná correspondiente a la norma original discutida y que fue planteada a partir del año 200 de nuestra era y luego la Guemará que son los comentarios y debates rabínicos sobre los conceptos de la Mishná y que completo en el siglo V de nuestra Era, entendiendo así la complejidad del texto y que puede adquirir un significado completamente distinto cuando se elimina el debate que la rodea o se presenta una opinión particular como si representara la posición oficial de toda una tradición.

El caso del término goy ilustra bien este fenómeno. En el imaginario de algunos sectores, la palabra ha sido transformada en una especie de insulto racial reservado para quienes no son judíos. Incluso es común encontrar expresiones como "me tratan así porque soy goym" o "los judíos llaman goyim a todos los demás porque significa animales". Paradójicamente, esas frases revelan un desconocimiento básico del idioma hebreo, la palabra goyim es plural ya comenzando por eso se muestra el desconocimiento del término, y el significado original tampoco corresponde al que suele atribuírsele.

La palabra hebrea goy (גוי) significa literalmente "nación" o "pueblo". En la Biblia hebrea no posee una connotación peyorativa. De hecho, el propio pueblo de Israel recibe esa denominación. En Éxodo 19:6 Dios describe a Israel como un goy kadosh (גוי קדוש), una "nación santa". Este pasaje, por sí solo, desmonta la idea de que goy nació como un término ofensivo para designar a los no judíos.

Tampoco la expresión goy kadosh implica una superioridad étnica o un privilegio sobre los demás pueblos. El contexto del pasaje es determinante, ya que esa condición está vinculada al pacto del Sinaí y a la aceptación de obligaciones específicas. En la tradición judía, la elección de Israel (bejirá) no se entiende como un reconocimiento de mayor valor por sí mismo, sino como la asunción de mayores responsabilidades religiosas y éticas. Ser una "nación santa" religiosamente hablando, supone un compromiso más exigente, no un estatus de superioridad.

Esa misma tradición reconoce, además, que la relación entre Dios y la humanidad no se limita al pueblo judío. Las Siete Leyes de Noé constituyen uno de los ejemplos más conocidos de la ética universal desarrollada por el judaísmo rabínico. Según esta concepción, todas las personas poseen dignidad y responsabilidades morales sin necesidad de convertirse al judaísmo. La identidad del pacto y la dignidad humana universal son conceptos distintos, y confundirlos ha alimentado numerosos prejuicios.

Con el paso del tiempo, especialmente en la literatura rabínica, goy pasó a utilizarse con frecuencia para referirse simplemente a quienes no pertenecían al pueblo judío. Ese cambio semántico no convirtió automáticamente la palabra en un insulto. Como sucede en cualquier idioma, el contexto y la intención del hablante determinan el sentido de una expresión. Un término descriptivo puede emplearse de manera respetuosa o despectiva, pero ello no modifica su significado original.

Este fenómeno tampoco es exclusivo del judaísmo. Las comunidades amish, por ejemplo, utilizan tradicionalmente el término English para referirse a quienes no pertenecen a su comunidad. Esa denominación no convierte la palabra "inglés" en un insulto; simplemente establece una distinción identitaria. Del mismo modo, goy identifica originalmente a quien no forma parte del pueblo judío, sin que ello implique una valoración moral o una ofensa por sí misma.

Algo similar ocurre con el Talmud, que con frecuencia se presentan citas aisladas como prueba de que el judaísmo sostiene determinadas ideas sobre los no judíos. Sin embargo, el Talmud no es un catecismo ni un código sistemático de doctrina, sino una recopilación de debates jurídicos, éticos y teológicos desarrollados durante siglos por distintos eruditos judíos. En sus páginas aparecen opiniones contrapuestas, hipótesis, preguntas y argumentos que muchas veces concluyen rechazando precisamente la afirmación que luego circula en internet como si fuera la enseñanza definitiva del judaísmo.

Leer el Talmud como una colección de frases independientes equivale a extraer un párrafo de una sentencia judicial y presentarlo como si resumiera todo el ordenamiento jurídico de un país. La literatura rabínica funciona mediante argumentación, contraste de posiciones y desarrollo interpretativo. Quien desconoce esa dinámica corre el riesgo de atribuir al judaísmo afirmaciones que nunca fueron aceptadas como norma o que incluso fueron descartadas dentro del propio debate rabínico.

La desinformación prospera precisamente gracias a esa simplificación. Una imagen compartida miles de veces suele tener mayor impacto que una explicación seria sobre historia, filología o derecho rabínico. Muchas de esas publicaciones proceden de traducciones indirectas, compilaciones ideológicas o sitios sin respaldo académico, resultando en un círculo en el que una cita repetida termina adquiriendo apariencia de verdad únicamente por su difusión.

Este mecanismo no afecta solo al judaísmo, ocurre similar con la Biblia, el Corán, Aristóteles, Nietzsche, Marx, etc. Sin embargo, en el caso de las fuentes judías, estas lecturas parciales han servido durante siglos para alimentar estereotipos y reforzar distintas manifestaciones del antisemitismo. Cuando una tradición intelectual se reduce a un puñado de frases descontextualizadas, deja de ser objeto de estudio para convertirse en un instrumento de propaganda.

Criticar una religión, una filosofía o una tradición jurídica es perfectamente legítimo, pero, antes de convertir una palabra o un libro en prueba de un prejuicio, conviene realizar el ejercicio más elemental de cualquier investigación seria, leer la fuente completa, comprender su contexto y distinguir entre una cita aislada y la tradición que pretende representar y las discusiones que sobre estas se realizan.