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“Farmear aura”: un juego que evidencia la violencia discursiva contra la juventud

La tendencia juvenil “farmear aura” consiste en el uso de poses, gestos y actitudes con el objetivo de acumular puntos a fin de obtener admiración frente a un grupo.

Durante los últimos días ha sido objeto de fuertes críticas en las redes sociales, las cuales traspasan la dinámica y al individuo y se centran en una población: la juventud. De modo que la actividad se convierte en un pretexto para ejercer violencia. “Farmear aura” es una forma de juego; la violencia contra la juventud no lo es.

El discurso es una herramienta mediante la cual se ejerce violencia. Se observa no solo en la censura y deslegitimación de la dinámica juvenil, sino en la represión del derecho al ocio.

La narrativa se construye, se aprende y se reproduce. Opera en dos dimensiones: la externa, que se utiliza para oprimir a los demás, y la interna, que actúa como mecanismo de autocensura y represión. De este modo, el sujeto se disciplina a sí mismo con base en normas sociales aprendidas.

Cuando se niega la legitimidad de las experiencias juveniles, se limita la capacidad de crear expresiones culturales propias de la población y, en consecuencia, se reduce a la juventud a parámetros de valoración externos.

“Farmear aura” es un ejemplo que muestra cómo la mayoría de las críticas se emiten bajo la mirada adultocentrista. Esto se refiere a una perspectiva social que coloca a las personas adultas en el centro de la legitimidad, la autoridad y la valoración cultural. Su función es reprimir acciones que no están sujetas al imaginario social dominante.

Criticar desde la mirada adultocentrista implica que se validen y reproduzcan actividades que se consideran “funcionales” o “productivas” según los parámetros adultos, de manera que cualquier práctica juvenil que no encaje con esa lógica sea vista como una amenaza o pérdida de tiempo.

Es preocupante que las críticas se emitan bajo este enfoque debido a que genera sesgos que se manifiestan en violencia. Por ejemplo, en la dinámica “farmear aura” se observa por medio de mecanismos de deshumanización y estigmatización. La burla es parte de la narrativa que se utiliza para desmeritar el intelecto y el valor de las personas jóvenes por medio del escrutinio público; como resultado, se etiqueta bajo prejuicios a toda una población.

Se omite el hecho de que es una actividad que implica socialización, apropiación del espacio público y construcción de relaciones sociales en una población marcada por dificultades sociales.

“Farmear aura” es una tendencia que funciona como acto de resistencia, debido a que se sitúa frente a expectativas y conductas socialmente impuestas, aquellas que dictan lo que se considera aceptable. A través del cuerpo, esta dinámica reta la lógica de la “vergüenza”, la cual suele ser utilizada como mecanismo de control y censura social.

La violencia discursiva no se reduce a burlas contra una población, sino que se extiende hasta la institucionalidad. Por ejemplo, la Universidad de Costa Rica fue cuestionada y deslegitimada por haber sido el espacio en el que un grupo de jóvenes realizó, el 17 de agosto del presente año, la primera “batalla de aura”.

Este tipo de violencia trasciende la opinión popular y utiliza la presión social para coaccionar a las instituciones mediante la difusión de estigmas y prejuicios, con el fin de que ejerzan disciplina mediante mecanismos formales de represión y control social, como las normativas.

El ejemplo más evidente corresponde al Ministerio de Educación Pública, obligado a declarar, el viernes 21 de agosto de 2026, que las personas estudiantes no pueden ser sancionadas por “farmear aura”.

La problemática no se centra en el hecho de si “me gusta o no me gusta” que las personas jóvenes sean partícipes de la tendencia, esto porque la opinión está ligada a una subjetividad individual, la cual es legítima.

El problema radica en que se utilice el juicio para ejercer violencia sobre determinada población. No debe ser negociable que se someta a discusión el hecho de reprimir y sancionar un comportamiento que no vulnera la dignidad humana por el hecho de no cumplir con las expectativas sociales dominantes.

De modo que se establece un doble estándar moral: ¿cómo es posible que se busque reprimir y sancionar actividades juveniles de ocio, mientras se toleran problemáticas sociales graves como la pérdida de derechos humanos, la violencia estructural, la exclusión y la precariedad?