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Entre Esopo y Thomas Mann: cuando el discurso deja de gobernar

Las palabras pueden abrir el camino del poder; pero son los hechos y sus acciones los que deciden cuánto tiempo permanece abierto."

Vivimos una época en la que la política parece medirse más por la intensidad de las palabras que por la profundidad de las acciones. Las conferencias de prensa, los videos en redes sociales, las declaraciones y las confrontaciones ocupan diariamente el espacio público, mientras la ciudadanía intenta discernir si detrás del relato existe una transformación real de la gestión pública.

No se trata de cuestionar el valor del discurso. Desde la antigüedad, la política ha sido también el arte de persuadir. Aristóteles comprendía que la palabra era un instrumento esencial para construir comunidad; Max Weber advertía que la autoridad requería legitimidad; y la gobernanza contemporánea reconoce que ningún gobierno puede conducir una sociedad compleja sin una narrativa que explique sus decisiones.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre gobernar mediante el discurso y sostener la legitimidad a través de resultados visibles y verificables. La primera moviliza expectativas; la segunda construye confianza y legitimación. Y la confianza constituye, probablemente, el recurso político más difícil de recuperar una vez que comienza a erosionarse.

En este punto, las antiguas fábulas de Esopo conservan una sorprendente vigencia en nuestros días. En El pastor mentiroso, la enseñanza suele reducirse a una condena de la mentira. Pero la verdadera lección política es mucho más profunda: cuando la palabra pierde credibilidad, incluso la verdad encuentra dificultades para ser creída. La confianza no desaparece de manera abrupta; se desgasta lentamente cada vez que las promesas, los anuncios o las explicaciones dejan de encontrar correspondencia con la experiencia cotidiana de las personas.

La gobernanza democrática depende precisamente de ese delicado equilibrio entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre. No basta con comunicar decisiones; es necesario que la ciudadanía pueda percibir que esas decisiones producen cambios verificables. Las narrativas pueden orientar la acción pública, pero no sustituyen la eficacia institucional.

Quizá por ello resulte inevitable recordar también La montaña mágica, de Thomas Mann. En la novela, el sanatorio de Davos parece suspendido en un tiempo distinto, donde las conversaciones filosóficas, políticas y científicas se suceden con brillantez mientras el mundo exterior continúa transformándose inexorablemente. Los personajes debaten con intensidad, pero la realidad avanza a un ritmo propio, indiferente a la sofisticación de sus argumentos.

Algo semejante puede ocurrir en la política. Existe el riesgo de construir una especie de montaña mágica institucional, donde el debate público gira permanentemente alrededor de declaraciones, controversias y relatos que terminan consumiendo la atención colectiva, mientras problemas estructurales como la educación, la seguridad ciudadana, la infraestructura, la productividad, el empleo o la sostenibilidad fiscal continúan demandando respuestas concretas.

La gobernanza moderna no consiste únicamente en ejercer autoridad. Implica coordinar actores, generar consensos, fortalecer instituciones y producir bienes públicos. Requiere una capacidad estatal que trascienda el liderazgo individual y que permita transformar decisiones en resultados sostenibles. En ese sentido, la legitimidad democrática deja de depender exclusivamente del respaldo electoral o de la popularidad momentánea para apoyarse, cada vez más, en la capacidad efectiva de resolver problemas públicos.

Las democracias contemporáneas enfrentan, además, un desafío adicional: la velocidad con que circula la información favorece la inmediatez del discurso, mientras que las políticas públicas producen resultados en horizontes mucho más largos. Esta tensión incentiva la tentación de privilegiar aquello que comunica mejor sobre aquello que transforma más. Sin embargo, la historia demuestra que las sociedades terminan evaluando a sus gobiernos no por la fuerza de sus relatos, sino por la huella tangible de sus decisiones.

Tal vez Esopo y Thomas Mann, separados por más de dos mil años de historia, coincidan en una misma advertencia: la realidad siempre termina alcanzando al discurso, y quizás la enseñanza sea precisamente esa. Si bien las palabras poseen un enorme poder para inspirar, movilizar y construir sentido colectivo, también encuentran sus límites cuando dejan de dialogar con la realidad. La confianza ciudadana no puede sostenerse indefinidamente sobre narrativas; necesita hechos que las respalden.

Los hechos son los que consolidan la legitimidad. En política, el relato puede abrir las puertas del poder; únicamente la coherencia entre lo que se promete y lo que efectivamente se realiza permite conservar la confianza ciudadana.

En tiempos de creciente polarización y comunicación permanente, conviene recordar que gobernar no consiste únicamente en convencer. Consiste, sobre todo, en demostrar. Porque, al final, la legitimidad de una gobernanza democrática no descansa en la elocuencia de quienes ejercen el poder ni se mide por la fuerza de las consignas o por la sofisticación de los discursos, sino por la capacidad de las instituciones y de sus líderes para convertir las palabras en resultados que mejoren la calidad de vida de las personas.

Gobernar implica generar bienestar, cumplir fielmente y a cabalidad las promesas hechas, convertirlas en políticas públicas factibles y transformar el ejercicio del poder en resultados que mejoren, de manera tangible, el día a día de nuestros ciudadanos.

Quizá ahí resida la diferencia entre un buen discurso y una buena gobernanza: el primero puede ganar una jornada; la segunda construye la confianza que permite sostener una democracia a lo largo del tiempo.