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Imagen principal del artículo: Entre el blanco y el negro: un llamado a la unión

Entre el blanco y el negro: un llamado a la unión

Elena tenía 23 años cuando empezó a notar que la gente hablaba distinto en la plaza. No fue de golpe. Primero fueron las noticias del hambre: los precios subían, los hombres volvían de la guerra sin trabajo y, en el café de la esquina, alguien empezó a decir que el país necesitaba “orden”, que la gente ya estaba cansada de tanto discurso y tan poca acción.

Después apareció él. No un rey, no un político de siempre: un hombre que hablaba distinto, con el pecho hacia adelante y una voz que parecía llenar plazas enteras. Prometía dignidad. Prometía que Italia volvería a ser grande, que los verdaderos italianos, los que trabajaban, los patriotas, por fin serían escuchados. La gente lo aplaudía. Elena también, al principio. ¿Quién no quiere que las cosas mejoren?

Los cambios llegaron con nombres bonitos. “Renovación”. “Unidad nacional”. Luego, un día, golpearon al dueño del periódico que hacía preguntas incómodas y nadie en la plaza dijo nada. Al día siguiente, el periódico seguía saliendo, pero ya no hacía esas preguntas.

Los sindicatos desaparecieron uno por uno, “por el bien de la producción nacional”. Los partidos que antes discutían en el ayuntamiento simplemente dejaron de existir; se dijo que ya no hacían falta, que el país entero era ahora un solo partido, una sola voluntad.

En la escuela donde Elena enseñaba, los niños de su clase empezaron a llegar con historietas donde un pueblo vecino, una minoría que llevaba generaciones ahí, aparecía dibujado con rasgos exagerados y crueles, culpable de todos los males: el hambre, el desempleo, la debilidad del país antes de la “renovación”. Elena guardó las historietas en un cajón y no dijo nada. Tampoco las tiró. Para 1938, las leyes ya distinguían quién era considerado plenamente italiano y quién no. Los libros de ciertos autores desaparecieron de las bibliotecas.

Elena, ya con 32 años, se preguntó una noche, mirando el techo, en qué día exacto había dejado de reconocer su propio pueblo. No encontró una fecha. Solo encontró una larga fila de pequeños “sí, está bien, por esta vez” que, uno a uno, la habían traído hasta ahí.

¿Te suena familiar?

La historia de Elena incomoda porque no es tan lejana como quisiéramos. Y esa incomodidad nace de una misma pregunta que hoy, como país, no podemos seguir esquivando: ¿cómo discernir entre la escala de grises cuando solo nos ponen a elegir entre blanco y negro? Porque eso es, al final, lo que les pasó a Elena y a su pueblo: alguien más simplificó su mundo por ellos, hasta que solo quedaron dos bandos, buenos contra malos, nosotros contra ellos. Y lo complejo, lo humano, lo que no cabe en un eslogan, se fue perdiendo en el camino.

Quiero creer que no estamos condenados a repetir esa simplificación, porque somos, ante todo, seres sociales. Por eso me resulta tan difícil aceptar la división que hoy nos quieren imponer. Tengo la impresión de que, si nos colocaran a todos en una misma habitación y empezáramos a conocer la vida de cada persona —sus detalles, sus pormenores, sus miedos, sus pérdidas, sus alegrías más sencillas—, encontraríamos que tenemos mucho más en común que aquello que supuestamente nos separa. La otredad, vista de cerca, deja de ser una amenaza y se convierte en un espejo.

Somos también seres emocionales, y el manejo de las masas a través de nuestras propias emociones nos recuerda, con dolor, el poco control que tenemos sobre algo que debería ser tan nuestro. Basta ver la pobre agencia emocional que muchas veces exhiben nuestras figuras políticas para entender que no es un detalle menor: es una fotografía de la sociedad entera, de todo lo que nos falta por construir y aprender como colectivo. Si a quienes nos gobiernan les cuesta gobernar sus propias emociones, ¿qué estamos realmente aprendiendo de ellos como ejemplo?

Y aquí es donde conviene detenerse a preguntar, con honestidad: ¿quiénes son los beneficiados ante una sociedad fragmentada? Porque la fragmentación no ocurre sola ni es gratuita. Ver a las personas reclamando sus derechos en las inmediaciones de la Asamblea Legislativa nos recuerda, una vez más, que los seres humanos somos frágiles y, por ende, manipulables. Esa fragilidad nos puede someter a elegir personas que no nos observan de verdad y que, si lo hacen, es únicamente para usarnos como ejemplo de esa misma fragilidad que dicen defender. La fragmentación rara vez beneficia a quien está en la calle; casi siempre beneficia a quien mira la calle desde arriba.

Por eso, en tiempos como estos, de incertidumbre política y democrática, no podemos darnos el lujo de olvidar el “pura vida”, aunque nos separen algunos hilos de pensamiento. Discrepar no debería ser sinónimo de fragmentarnos. Podemos sostener ideas distintas y, aun así, reconocernos como parte de un mismo país, de una misma historia compartida. La pregunta que nos queda, entonces, no es si vamos a estar de acuerdo en todo —nunca lo estaremos y está bien que así sea—, sino si vamos a permitir que esa diferencia nos convierta en enemigos. Porque, al final, ¿de qué sirve tener la razón si, para conseguirla, tenemos que perder el “pura vida”?