Hoy, un grupo de ciudadanos nos reuniremos en la Plaza de la Democracia. Algunos lo llamaremos un “Plantón en defensa del Poder Judicial.” Otros intentarán reducirlo a una espuria manifestación política más. Ambas interpretaciones se quedan en la superficie.Lo que realmente estará en discusión no es solamente la situación de una institución, sino algo mucho más profundo: si Costa Rica continúa reconociéndose en los valores republicanos que durante generaciones ha proclamado como propios.
Porque hay momentos en la vida de una nación en los que la mejor forma de comprender el presente es volver a escuchar las palabras que nos han acompañado desde el pasado.
Creo que el Himno al 15 de Setiembre es el texto más republicano escrito por Costa Rica. No es un himno militar ni un canto nacionalista; es una meditación sobre la virtud cívica. No exalta la conquista, la fuerza ni la gloria de un caudillo. Su mensaje no está dirigido a soldados que obedecen órdenes, sino a ciudadanos que entienden responsabilidades. Es, en esencia, una reflexión sobre la libertad, el Derecho y los límites que una sociedad libre debe imponerse a sí misma para no volver a ser esclava.
Por eso sus versos siguen teniendo una actualidad incómoda.
“Sepamos ser libres, no siervos menguados”. La frase parece sencilla, pero contiene una de las mayores exigencias de una República. La libertad no consiste únicamente en elegir gobernantes cada cierto tiempo. La libertad exige ciudadanos capaces de mantener la frente en alto frente al poder, capaces de recordar que la autoridad pública no está hecha para ser venerada, sino para ser controlada.
El himno no pregunta quién manda. Pregunta quién sostiene la ley: “Y del pueblo los hijos en coro, de la ley juren ser el sostén”. No dice que los hijos del pueblo deban sostener al gobernante de turno, ni al partido vencedor, ni a la mayoría circunstancial. Dice algo mucho más exigente: que el ciudadano debe sostener la ley, incluso cuando esa ley limita a quienes tienen poder y cuando las decisiones de las instituciones no coinciden con nuestras preferencias.
La historia demuestra que las democracias no se debilitan únicamente cuando alguien intenta destruirlas por las armas. También se erosionan cuando se empieza a presentar todo límite como una ofensa, todo control como una conspiración y toda institución independiente como un obstáculo. El problema no es que existan frenos al poder…el problema sería una sociedad donde el poder pudiera avanzar sin encontrar ninguno.
Por eso resulta tan revelador otro verso del himno: “contra el déspota inicuo opresor”. Durante mucho tiempo hemos imaginado al déspota como una figura lejana, propia de otros tiempos y otras geografías. Pero el despotismo no siempre llega con uniformes ni con rupturas abruptas. A veces aparece disfrazado de eficiencia, de urgencia o de una supuesta voluntad popular que pretende no aceptar límites.
La tentación del poder siempre ha sido la misma: creer que la legitimidad obtenida en las urnas permite liberarse de cualquier restricción. Pero la democracia constitucional nació precisamente para recordar lo contrario. El voto otorga autoridad; la Constitución establece los límites. La mayoría permite gobernar; el Derecho impide abusar.
Por eso defender la independencia judicial no significa afirmar que los jueces sean perfectos. Ninguna institución humana lo es. Significa defender la idea de que quien administra justicia debe poder hacerlo sin temor frente al poder político, frente a las mayorías o frente a la presión del momento. Porque una justicia que necesita agradar al poderoso deja de ser justicia.
Hoy no todos estarán de acuerdo con quienes nos manifestemos. Eso también forma parte de la libertad que el propio himno celebra. Una República no exige uniformidad de pensamiento pero sí respeto por las reglas que permiten que personas con pensamientos distintos puedan convivir.
La próxima vez que cantemos el Himno al 15 de setiembre, cuando digamos que los hijos del pueblo deben ser sostén de la ley, cuando cantemos que la libertad se obtuvo con sangre por Patria y por Ley, preguntémonos: ¿estamos simplemente recordando una historia pasada o estamos reafirmando un compromiso presente?
El mayor peligro no es dejar de cantar el Himno al 15 de Setiembre. El verdadero peligro es seguir cantándolo mientras dejamos de creer en lo que sus versos nos exigen.
¡Qué cambien los gobiernos! ¡Qué cambien las mayorías! ¡Qué cambien los nombres de quienes ejercen el poder! Pero que nunca llegue el día en que tengamos que cambiar la letra del Himno al 15 de Setiembre para que entonces describa a una nueva Costa Rica.
Porque ese día no habremos perdido una canción. Habremos perdido la democracia.
