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El panóptico con wifi: vigilancia, exhibición y privacidad en la era del feed

Hay una vieja frase que ya no hace gracia: aquello de "Big Brother te vigila" se quedó corto. El Big Brother, comparado con nuestro teléfono celular, era un aficionado con un solo ojo y un presupuesto limitado. Nosotros cargamos el ojo en el bolsillo, velamos porque siempre esté cargado y, encima, le pagamos la factura mensual por el privilegio de contar con él.

A finales del siglo XVIII, el filósofo utilitarista Jeremy Bentham diseñó una prisión que, según él, resolvería de un plumazo el problema de vigilar con pocos recursos: el panóptico. Una torre central, celdas dispuestas en círculo y un truco tan simple como perverso: el recluso nunca sabe si en ese instante hay alguien observándolo desde la torre. No importa si el vigilante está mirando, tomando café o durmiendo la siesta. Lo que importa es que el preso no puede saberlo, así que se comporta como si siempre lo estuvieran viendo. La disciplina deja de necesitar al disciplinador. El sistema se vuelve automático y efectivo: la vigilancia se interioriza y el preso termina siendo su propio carcelero.

Casi dos siglos después, Michel Foucault recogió esta idea en Vigilar y castigar (1975) y la convirtió en algo mucho más incómodo que una simple descripción arquitectónica: una metáfora de cómo funciona el poder en las sociedades modernas. Para Foucault, el panóptico no es solo un edificio: es un principio que se filtra en escuelas, hospitales, cuarteles, oficinas y fábricas. El poder disciplinario no necesita mostrar músculo todo el tiempo; le basta con instalar la sospecha permanente de que puede estar observando. Es más barato que la fuerza bruta y, si se quiere, hasta más elegante.

Foucault habría sonreído con amargura ante el panorama actual. El poder ya no necesita gritar; le basta con observar, clasificar y predecir. Y Bentham, que soñó con una economía de la vigilancia, tal vez se sorprendería de la eficiencia del invento: millones de personas vigilándose entre sí por puro entusiasmo, mientras las plataformas hacen el trabajo pesado. Nada mal para una época que presume de libertad con la misma convicción con que se acepta una cookie sin leerla.

Pensémoslo así: cámaras de seguridad en cada casa y esquina, reconocimiento facial en el aeropuerto, geolocalización activada "para mejorar la experiencia del usuario", historiales de búsqueda que se convierten en publicidad personalizada y, por si fuera poco, subimos voluntariamente el menú de nuestra cena, la ruta de nuestro trote matutino y la cara de nuestros hijos el primer día de clases. Bentham necesitaba ladrillos y un arquitecto; a nosotros nos basta con un plan de datos y algo de vanidad, e incluso nos preocupamos por tener buena luz para la foto.

Lo genial (con sarcasmo casi obligatorio) es que ya ni siquiera hace falta la incertidumbre que Bentham consideraba esencial. El preso del panóptico clásico dudaba si lo observaban; el ciudadano digital sabe perfectamente que lo observan, lo etiquetan, lo categorizan y lo monetizan, y aun así sigue publicando. Hemos pasado de la disciplina por sospecha a la exhibición por costumbre. Foucault hablaba de cuerpos dóciles moldeados por la mirada ajena; nosotros hemos añadido el filtro de belleza para que la mirada ajena nos guste más.

Eso sí, conviene no caer en la nostalgia fácil de "antes se vivía mejor sin cámaras". No se trata de añorar un pasado sin vigilancia, que tampoco existió del todo, sino de reconocer que la lógica panóptica se sofisticó hasta volverse invisible y, paradójicamente, deseable. Ya no hace falta una torre central porque cada usuario es, a la vez, vigilante y vigilado: publicamos, opinamos, juzgamos y somos juzgados en el mismo gesto de deslizar el dedo por la pantalla. El panóptico de ladrillo tenía un dueño identificable; el panóptico algorítmico tiene una arquitectura de datos tan difusa que resulta casi imposible señalar con el dedo a un solo responsable.

¿Significa esto que debemos apagar el teléfono y mudarnos como ermitaños a una cabaña en el bosque sin señal? Aunque romántico, sería poco práctico y poco realista. Lo que sí exige el diagnóstico es algo más incómodo que la desconexión total: pensar críticamente qué datos entregamos, a cambio de qué comodidades y bajo qué reglas —o ausencia de ellas— opera quien los recibe. La diferencia entre el panóptico de Bentham y el nuestro es que aquel, al menos, era honesto sobre su propósito: disciplinar. El nuestro se disfraza de seguridad, conexión, entretenimiento y comunidad, y ese disfraz es precisamente lo que lo vuelve más eficaz.

La vigilancia contemporánea no necesita cadenas si logra algo mejor: que el sujeto se vigile solo, se exhiba con entusiasmo y, además, agradezca la experiencia. Una maravilla civilizatoria, sin duda; tan eficaz que casi dan ganas de llamarla progreso.