Hace algunos meses, revisando los linderos de la finca en la cual afortunadamente vivo, en una zona rural alejada de San José, observé que el vecino había comenzado a sembrar en lo que anteriormente era un potrero. Hortalizas, verduras y productos de temporada. Me alegró. Ya no resulta común, al menos por estos lares, ver que la gente cultive y venda esos productos.
Como yo soy uno de esos que básicamente no sabe cultivar nada, un millennial más que vive en el campo y viaja constantemente a la ciudad, le pregunté con optimismo qué productos tendría y cómo hacía para comprarle. El vecino, que ahora que lo pienso podría haber sido un obrero de la finca, me comentó amablemente que el proyecto consistía en el cultivo de productos orgánicos, muy variados, pero que no eran para vender por acá, que eran más caros y que simplemente se producían para otro mercado. Nos despedimos y la vida continuó.
Tiempo después abrí Instagram, en el cual a veces me paso ratos viendo reels, y encontré un anuncio que, con un tono positivo y convincente, mencionaba que el nicho de Airbnb era la gran oportunidad; que los ticos no somos rentables (aunque nos duela) y que no perdiéramos tiempo en hacer cosas para nosotros, como alquileres. Ahora lo rentable eran las casas de alquiler vacacional para norteamericanos.
En otra ocasión, un domingo, luego de una buena caminata cerca de Dominical, fuimos a un restaurante. Ya era hora de almuerzo y entramos a un lugar, la verdad, con buen diseño y estilo frente al mar. El restaurante, de una extranjera, estaba abierto y pasamos. Hasta ahí, todo bien. Lo que nos sorprendió, y fue motivo de conversa entre quienes andábamos, fue observar la cara de frustración de la mesera (tica) al atendernos. Nos indicó inmediatamente, al recibirnos, que lo más barato del lugar era el pinto, aunque quizás por insistencia terminó dándonos el menú. Nos dio algo de risa porque al final sí que elegimos lo más económico, aunque creo que ninguno eligió la oferta inicial. Ya sabíamos, en todo caso, que acá lo que se dice es que el tico… bah, no, mejor atender gringos.
Más recientemente, fui a buscar alguna artesanía para regalarle a mi pareja en estos días festivos del Día de la Madre. Llegué a un proyecto local, interesante, un esfuerzo colaborativo de personas que se la están jugando por emprender y que, precisamente por eso, quise apoyar. Me resultó difícil elegir algo. Habría esperado otra cosa. Todo eran elementos comunes, con los ya aburridos motivos de Costa Rica Pura Vida o con diseños de lapas, aunque donde vivo las lapas ni siquiera aparecen. Motivos que, además, ya tenía repetidos en algunos imanes de refrigeradora y copas. Casi resultó imposible encontrar algo que no pareciera pensado para regalárselo a una persona al regresar de un viaje turístico. Al final compré unos aretes y salí.
Y sigo aquí, recordando hechos tan variados que terminan enseñándome lo peligroso que es no encontrarnos en la ecuación. Ser personas, consumidores, meseros, vendedores, agricultores… con suerte asalariados, pero sin pensarnos como parte de un mismo país, como personas que también merecemos estar en el centro de lo que se produce, se vende y se decide.
Estoy seguro de que estas pequeñas historias no son generalizables, que existen esfuerzos históricos por apoyarse mutuamente y construir algo juntos, que la vida del campo aún resguarda familiaridad y cercanía, que el turismo local, con tierras en manos de sectores populares, todavía puede activarse e incluir a quienes habitamos y sufrimos acá, que continúan las tradicionales plazas de mercado y que las playas siguen siendo públicas para los que comemos sentados en la arena.
Aunque también es evidente que, para pensar en un país sin ticos, no hace falta imaginarlo: ya se está cotizando en dólares.
