Isaac Felipe Azofeifa escribió el ensayo “La isla que somos” para invitarnos a mirar hacia adentro, hacia nosotros mismos. Para descubrir que Costa Rica no era únicamente un territorio rodeado de mares, sino también una manera de pensarse, de contarse y de habitarse.
La geografía sigue siendo la misma. Lo que ha cambiado es el relato. Hoy Costa Rica continúa siendo una isla, como la describió Azofeifa, pero también se ha convertido en una isla narrativa: un lugar donde los discursos compiten por reemplazar a los hechos, las consignas ocupan el lugar de los argumentos y cada acontecimiento llega acompañado de un libreto que nos dice no solo qué ocurrió, sino también qué debemos pensar.
Y, mientras tanto, la realidad espera con paciencia su turno para hablar.
Por ello creo que hace falta otra clase de conversación. No una solemne ni una dedicada a repartir certificados de buenos y malos costarricenses. Hace falta una conversación capaz de sonreír mientras pregunta, porque el humor tiene una virtud extraordinaria: desmonta certezas sin necesidad de levantar la voz.
Pocas realidades retratan mejor esta nueva forma de hacer política que la transformación de nuestros partidos.
Hubo un tiempo en que la gente decía: "soy de tal partido", con la misma naturalidad con la que decía de qué equipo de fútbol era seguidor o en qué soda hacían la mejor lengua en salsa. Había diferencias, por supuesto; algunas más ideológicas que gastronómicas. Pero existía la idea –ingenua, si se quiere– de que los partidos políticos eran comunidades de pensamiento antes que plataformas electorales.
Hoy la política costarricense parece haber descubierto una innovación extraordinaria: los partidos vehículos desechables. Más exactamente, taxis o, incluso, ubers con tarifa más barata.
Una levanta la mano en la acera electoral y pregunta: —¿quién me lleva a Zapote? El primero que frena se convierte, por un tiempo limitado, en el instrumento histórico de la transformación nacional. Después, si el motor pierde fuerza o aparece otro automóvil con mejores posibilidades de llegar a Casa Presidencial, basta con cambiar de asiento. Como quien cambia de aplicación para pedir transporte porque la otra tenía tarifa dinámica.
Nuestra democracia comienza a parecerse menos a una comunidad política y más a una terminal de transporte. Lo curioso: nadie parece preguntarse qué ocurrió con las ideas. Seguro porque las ideas pesan mucho y ocupan espacio en la cajuela. Resulta mucho más práctico viajar ligero.
En Costa Rica, el artículo 98 de la Constitución Política les asigna a los partidos una función esencial: expresar el pluralismo político y servir como instrumentos fundamentales de la participación democrática. La Constitución supone organizaciones con vocación de permanencia, principios y responsabilidad frente al electorado. No obstante, la realidad avanza en otra dirección. Asistimos al auge de agrupaciones que nacen para una elección, cambian de nombre, de colores, de dirigentes y, si es necesario, hasta de candidato. Lo importante ya no parece ser el partido, sino que el conductor conserve el volante.
¿Esta metamorfosis es un problema? No. El problema es que, cuando el partido nace y muere en un periodo electoral, nadie termina siendo responsable de nada. Si un partido acumula cuestionamientos, siempre aparece otro disponible. Si una agrupación política deja de ser útil, basta con estacionarla en el olvido. En la política contemporánea pareciera que algunos vehículos circulan sin historial, sin memoria y, sobre todo, sin garantía.
Es extraordinaria la facilidad con la que aceptamos esta lógica. Nos escandaliza que un futbolista cambie de camiseta para jugar con el archirrival, pero encontramos perfectamente normal que dirigentes que ayer juraban fidelidad a una agrupación hoy descubran que su verdadera vocación siempre estuvo en otra. La conversión política es un milagro y, como tal, ocurre sin necesidad de explicación.
Cuando el partido depende en exclusiva del líder, deja de ser partido para convertirse en franquicia. Y las franquicias tienen una característica básica: si cambia el propietario, basta con reemplazar el rótulo o registrar una nueva S.A. Entonces dejamos de discutir programas de gobierno y comenzamos a discutir marcas, personalidades y estrategias de comunicación. Nos preocupa quién conduce el vehículo, pero rara vez preguntamos hacia dónde va.
Quizá esa sea una de las consecuencias de vivir en una isla narrativa: terminamos creyendo que el relato es el destino. Y cuando dejamos de preguntarnos hacia dónde vamos, también dejamos de preguntarnos quién trazó la ruta. Tal vez la tarea más urgente sea justo esa: apartar por un momento el ruido de las narrativas y volver a mirar la realidad, porque las narrativas pueden ganar elecciones, pero solo los hechos construyen verdaderos senderos y caminos.
