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Imagen principal del artículo: El martillo y el cincel
Foto: La edad madura, de Camille Claudel. License: CC BY NC SA 4.0

El martillo y el cincel

A inicios del siglo XX, Camille Claudel, una talentosa escultora francesa cuyas manos modelaron bellísimas obras, sumida en una crisis provocada por quien fuera su maestro, una noche destrozó a martillazos sus moldes de yeso y quemó gran parte de su obra inédita en su estudio.

Este evento desafortunado fue provocado por el agotamiento y la falta de aire durante muchos años en un taller que la asfixiaba; más allá del polvo de los materiales, fue la indiferencia de su maestro, quien se aprovechó de su talento y compromiso, lo que la llevó a tomar un martillo para destruir lo que ella misma había creado.

La historia de Camille puede sucederle a cualquiera, en cualquier situación de la vida.

En la actualidad, es cada vez más común que los equipos directivos de las empresas tomen decisiones basadas en expectativas de resultados, especialmente en lo que respecta a los recursos, las capacidades, la estructura, los procesos y la productividad y, con mayor frecuencia, sin medir el impacto y la adopción en la cultura, que, al final, es la que define el éxito o el fracaso: las personas.

Para algunos directivos es incómodo reconocer en voz alta que la cultura y las personas suelen ser lo último en considerarse cuando una organización planifica y ejecuta un cambio o una transformación; es entonces cuando en los equipos se instala la incertidumbre y el ambiente diario puede saturarse de chismes, rumores y agotamiento.

Otra forma de verlo es la fábula de Pedrito y el lobo, en la que el niño grita que ya viene el lobo, pero nunca llega; los gritos de que ya viene el lobo equivalen a los rumores de pasillo, al correo de brujas, a la sensación insoportable de no saber qué va a pasar.

Cuando realmente llega el lobo, ya es muy tarde para reaccionar y el equipo directivo empieza a ver el impacto real: tecnología nueva sobre gente cansada, procesos rediseñados sin contar con el criterio de quienes los ejecutan y colaboradores tratados como adorno y no como cimiento. Es cuando el dominó empieza a caer; su sonido se expresa en que la mejor gente renuncia. Rara vez se marcha por dinero; se marcha por desgaste y porque la dejaron sola frente a un cambio que jamás le explicaron, lo que abre la primera de muchas grietas en la organización.

La “obra” de una empresa es su cultura, su propuesta de valor y su marca, así como su relación con el cliente; todo ello se va forjando a lo largo de los años y puede pulverizarse en un suspiro. Prevenir es muchísimo más importante que reconstruir entre escombros con las manos llenas de astillas; quitarle el martillo a la frustración antes de que destruya; estabilizar equipos, devolver sentido al cambio y poner a las personas en el centro para que se mantengan al frente, con el cincel en la mano en lugar de un martillo.

Toda organización elige cada día entre el cincel y el martillo, y solo conserva su obra aquella que sostiene a su gente mientras la transforma, porque el talento abandonado siempre aprende a destruir lo que antes amó construir.