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El gobierno de los sofistas

Siguiendo las palabras de Filóstrato de Atenas, del siglo III d. C., en su libro Vidas de los sofistas, un sofista debería tener, para triunfar, gran vigor y recursos de actor, puesto que debía representar papeles y personajes; además de buena memoria, nunca debía desdecirse, a menos que tuviera que cambiar de objetivo. Tenía, asimismo, una sólida formación en retórica. Los sofistas ocupaban sobresalientes puestos en la vida cultural, social y política. Eran dirigentes sociales, se movían en el mundo diplomático, hacían grandes fortunas, desempeñaban secretariados imperiales, eran inspectores y pontífices. Estaban en la cima de la suerte de las ciudades: ningún intelectual podía competir con ellos en popularidad ni ningún artista creador podía desafiar su prestigio. En la tradición filosófica, el sofista quedó asociado a una forma de argumentación en la que la persuasión podía imponerse sobre la verdad. Otro rasgo no menos importante: vendían sus enseñanzas al mejor postor.

Con este breve preludio podemos reconocer un arquetipo de personaje, un perfil de persona bastante interesante que tuvo su lugar en las sociedades de hace siglos, en Grecia y Roma. En la actualidad, los sofistas pululan en el mundo contemporáneo, particularmente en la esfera política. Costa Rica no se salva de estos personajes: tiene un cardumen de sofistas a la cabeza del Estado.

Todo comenzó con Rodrigo Chaves, el sofista tico por excelencia, quien, por momentos gloriosos y de suerte, pudo ganar las elecciones presidenciales contra un José María Figueres Olsen disminuido por su pasado político. Chaves tuvo la puesta en escena de ofrecer el gran cambio que Costa Rica necesitaba: renovar la sociedad costarricense, abaratar la canasta básica y los medicamentos, eliminar las listas de espera de la CCSS, salvarla, reformar la educación y hacer grandes obras de infraestructura, como Ciudad Gobierno. En fin, Rodrigo Chaves, como todo buen sofista, nos vendió a los ticos una utopía.

Y se la compramos.

Costa Rica aún no se había enfrentado a un sofista de esta envergadura. Chaves dedicó buena parte de su gobierno a crear, mediante su discurso, un enemigo al cual atribuir los males de Costa Rica, incluso remontándose décadas atrás y borrando las cosas buenas de los políticos del pasado. Chaves, junto a sus compañeros sofistas, como Pilar Cisneros, se vendió como la solución al sufrimiento de los ticos. Estos sofistas-médicos, que hicieron diagnósticos a Costa Rica, decían que no podían curarla porque esos enemigos de la patria no los dejaban, porque no tenían apoyo en la Asamblea Legislativa. Cosa rara, porque buena parte de las reformas educativas corresponde al Ministerio de Educación Pública, adscrito al Poder Ejecutivo. Pero eso la gente lo olvida ante la retórica sofista, que la lleva a enfocar toda su atención, toda su energía y todo su odio e indignación contra esos enemigos de la patria que supuestamente les impiden alcanzar las mieles de una vida digna.

Con esta retórica sofista llegaron las elecciones presidenciales de 2026. Laura Fernández fue la ungida por Rodrigo Chaves para continuar su proyecto. Solo tenía que hacer el acto, seguir el guion de la obra del gobierno de Rodrigo Chaves y, como toda buena aprendiz de sofista, lo logró. La sofista se graduó y llegó a ser la presidenta de Costa Rica.

Los sofistas chavistas encontraron la canción con la que el pueblo costarricense baila hasta emborracharse y perder la razón. Y la tocan constantemente, en cada evento que pueden. Si no hay presentación porque no es miércoles, no importa: hacen otro día de espectáculo. La cosa es mantener la obra teatral.

¿Y de qué trata esa función ahora? De lo mismo, pero un poquito más. Ahora, además de la prensa canalla y los políticos de siempre, se les unió el Poder Judicial como nuevo enemigo, porque ya lograron tener el control de la Asamblea Legislativa con una mayoría simple. No obstante, durante la precampaña buscaban el apoyo para alcanzar 40 diputados. Chaves insistió fuertemente en ello; Fernández también, pero no lo lograron.

Estos gobernantes sofistas, mientras distraen con sus mentiras bien articuladas, van acomodando la obra al vaivén de los tiempos. Al mejor postor venden sus habilidades. Si hay que poner impuestos a la clase trabajadora, los ponen, mientras no se los pongan a sus allegados; protegen a sus secuaces de los tribunales de justicia e inventan matráfulas siempre en beneficio de ellos y de los suyos. En fin, este es el arte sofista que tanto han despreciado los filósofos.

El mecanismo es antiguo, pero eficaz: fabricar un chivo expiatorio donde concentrar el descontento popular y luego encarnar al héroe homérico que, por medio de su astucia y la voluntad de los dioses, vence. Platón ya veía este peligro en la Atenas del siglo IV a. C.: el demagogo utiliza la palabra para exaltar las pasiones y nublar la razón. Siempre los sofistas han buscado ser aplaudidos, defendidos y, ahora, reelegidos.

El problema no es solamente que los sofistas gobiernen. Es que seguimos comprando entradas para la función.