En las semanas recientes, Costa Rica no ha presenciado un desacuerdo entre poderes. Ha presenciado una pelea. Y hay una diferencia técnica entre las dos cosas: en un desacuerdo, cada parte todavía cree que la otra piensa. En una pelea, ya nadie lo cree.
No vengo a opinar sobre si la Sala Constitucional tenía o no la competencia para prorrogar los nombramientos de las magistraturas suplentes, ni sobre si la Asamblea actuó dentro de sus facultades al devolver dos veces la nómina. Esa discusión les corresponde a los constitucionalistas y, eventualmente, a los tribunales. Mi oficio es otro: acompaño a personas que lideran organizaciones y que, cuando el conflicto escala, descubren que el problema rara vez era el contenido del mensaje. Era el mensaje.
Y desde ese oficio, lo que veo estas semanas —en el oficialismo y en la oposición, en Casa Presidencial y en la Corte, en los micrófonos y en los tuits— es una sucesión de mensajes que fueron enviados sin pasar por cuatro filtros básicos. Cuatro preguntas que le exijo a cualquier gerente antes de mandar un correo difícil y que un país en tensión institucional debería exigirle a quien lo representa.
¿Cuál es el objetivo real de este mensaje: unir o dividir?
Es la pregunta más incómoda porque la respuesta honesta muchas veces es “dividir, pero que no se note”.
Un mensaje puede tener dos propósitos legítimos: resolver un problema o ganar una posición. No son lo mismo, y confundirlos es el error número uno del liderazgo bajo presión. Cuando el objetivo es resolver, uno diseña el mensaje para que el otro pueda decir que sí sin humillarse. Cuando el objetivo es ganar posición, uno diseña el mensaje para que la propia base aplauda —y ahí el costo lo paga la relación, que es exactamente el activo que se necesita mañana para negociar—.
Pregúntese usted, sin público delante: en los últimos treinta días, ¿cuántos mensajes de nuestros liderazgos políticos estaban diseñados para que el otro pudiera acercarse? ¿Y cuántos para que el propio bando celebrara?
¿Es este el canal correcto?
Aquí la evidencia es sorprendentemente clara y sorprendentemente ignorada.
Juliana Schroeder, Michael Kardas y Nicholas Epley publicaron en Psychological Science (2017) un estudio hecho, precisamente, sobre desacuerdos políticos polarizantes. El hallazgo: cuando usted lee la opinión de alguien con quien no está de acuerdo, tiende a percibirlo como menos razonable, menos reflexivo, menos capaz de pensar. Cuando escucha exactamente el mismo contenido, en la voz de esa persona, esa percepción mejora de manera significativa. El título del artículo lo dice mejor que yo: la voz humaniza, el texto oculta.
Traducido a nuestra coyuntura: cada comunicado, cada hilo, cada declaración escrita que circula entre poderes están sistemáticamente diseñados para que el otro nos lea como menos humanos de lo que somos. No porque el emisor sea malintencionado, sino porque el canal borra el tono, la duda, la pausa, la disposición a matizar. El texto entrega la conclusión sin entregar la persona.
Una precisión, porque importa: agregar imagen no agrega mucho por encima de la voz. En estos estudios, ver a la persona no mejoró la evaluación más allá de escucharla. Lo decisivo es la voz —la variación de tono, la entonación—, no la cámara. Es decir: hablar sirve; publicar, mucho menos.
Y hay un canal que ninguno de los dos poderes ha usado lo suficiente. Se llama sentarse en la misma mesa.
¿Estas son las palabras?
“Golpistas”. “Golpe de Estado”. “Deriva autoritaria”. “Guerra abierta”. “Prevaricato”.
Cada una de esas palabras es defendible desde algún ángulo argumentativo. Y cada una de ellas hace lo mismo: convierte una diferencia de criterio en una acusación de ilegitimidad. La diferencia de criterio se negocia. La ilegitimidad no: a la ilegitimidad solo se la puede derrotar.
En coaching ejecutivo llamamos a esto subir un peldaño en la escalera de inferencias: el otro hizo algo, yo interpreto una intención y luego reacciono a mi interpretación como si fuera un hecho. La resolución se convierte en golpe. La crítica se convierte en autoritarismo. Y una vez que las palabras del conflicto se instalan, ya no describen la realidad: la fabrican.
Nadie que llame golpista a su contraparte el lunes puede sentarse a negociar con ella el miércoles. No porque no quiera. Porque ya no tiene por dónde.
¿Yo entendería esto si lo recibiera?
El último filtro es el más simple y el que más gente se salta. Antes de enviar: léalo o escúchelo como si usted fuera el destinatario. No el destinatario ideal —el real, el que está molesto, el que ya viene con desconfianza acumulada de meses—.
Si al ponerse en ese lugar usted no entendería lo que intentaba transmitir, el mensaje no está listo. Y si al ponerse en ese lugar usted se sentiría acorralado, el mensaje sí está listo, pero para otra cosa: para la pelea.
Lo que está en juego no es quién gana
A mediados de julio había 123 expedientes paralizados porque no había magistraturas suplentes para integrar el tribunal. Detrás de cada expediente hay una persona esperando: una pensión, una custodia, una empresa, una libertad, una respuesta. Esa gente no participa en la disputa de competencias. Solo la paga.
El fin último de la política nacional no es la victoria de un poder sobre otro. Es esa señora del expediente 87 esperando desde diciembre. Es el ciudadano que quiere seguridad y también quiere jueces que no le teman al poder de turno. Son las dos cosas a la vez, y el país tiene derecho a exigir las dos.
Costa Rica no lleva doscientos años de institucionalidad porque sus líderes siempre estuvieran de acuerdo. Los lleva porque, cuando no lo estuvieron, encontraron la manera de decírselo sin destruir la casa donde ambos viven.
Eso no es diplomacia. Es liderazgo. Y empieza, siempre, con cuatro preguntas antes de tomar el micrófono.
