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Imagen principal del artículo: El aire tiene memoria: un libro de fantasmas y hauntología

El aire tiene memoria: un libro de fantasmas y hauntología

El aire tiene memoria, de Jurgen Ureña, es un libro que cumple con la descripción prometida desde el subtítulo: Los cuentos de fantasma que me contaba mi abuelo. Son veintiún cuentos que tienen como centro a Ramón Mesías Ureña, abuelo del autor, nacido a principios del siglo XX en un Puriscal que “no tenía luz eléctrica” y fallecido en San José, en el Hospital San Juan de Dios, poco después de que un hijo —tío del autor— lo llevó a ver aviones en reparación. En este sentido, el libro está estructurado por la vida cronológica de su protagonista, pero también por el cambio cultural y social de la Costa Rica que sirve como su trasfondo.

Y, sin embargo, esta cronología termina en un círculo, ya que el cuento que inicia la colección, “El soplo”, y que además retrata el nacimiento del abuelo Ramón, es similar a “La respiración”, el último cuento del libro y el que narra su muerte. Así, el tiempo pasa y no pasa, y el aire (soplo, respiración) se convierte en un espacio liminal entre lo visible e invisible, la vida y la muerte, el tiempo que avanza pero que no se mueve.

En el intermedio, acompañamos al abuelo Ramón de cuento en cuento y seguimos sus andanzas entre distintos trabajos (peón, cuidador) y distintas geografías (Puriscal, Nicoya, Guápiles, San José). Estas también sirven de trasfondo para los fantasmas, lo extraño y lo insólito: tres mujeres difuntas que aparecen por las noches junto a un río, una luz de muerto que pide a Ramón saldar una deuda, un fantasma en la butaca de un cine, un perro negro que camina sin dejar huellas, brujas, un sacerdote que da la bendición a caminantes desde la ultratumba, una luz fantasmal en el Cerro de la Muerte, entre otras apariciones.

Los cuentos y sus fantasmas tienen, a veces, un aire de leyenda popular (La Llorona, El padre sin cabeza, el Cadejos) o un imaginario que nos remite a joyas de la literatura nacional como Historias de Tata Mundo o El jaúl. El estilo de la escritura es lacónico, fino y poético, como si las mismas letras quisieran dejar un eco en el aire. A esto se suma que es un libro ilustrado. En este caso, las ilustraciones, muy minimalistas y bellas, son de José Pablo Ureña. Cada cuento viene con sus fantasmas, pero también con dibujos en blanco y negro —de hecho, el color de las páginas es negro— que se asemejan a espectros que desearían escapar de la página y salir flotando. En fin, es una escritura que deja resonancia.

En este sentido, pensé en el teórico cultural Mark Fisher —él mismo un espectro— y su libro Los fantasmas de mi vida, en el que Fisher utiliza la palabra hauntología. Esta es una palabra que, como en inglés, no existe y está compuesta del verbo haunt —difícil de traducir al español, francamente, pero algo así como aparecer— y ontology/ontología: filosofía o teoría del ser. La palabra, tomada de Jacques Derrida, la utiliza Fisher para discutir una serie de producciones culturales —más que todo música— que contienen o causan un efecto espectral o fantasmal en su público. Para Fisher, esto no tiene que ver necesariamente con lo sobrenatural, sino más bien con algo en el texto —resonancia, eco— que actúa y afecta, pero sin existir físicamente. Algo que no está pero que permanece. Como los fantasmas. Como la Historia.

En este sentido, aunque a veces estos cuentos de Jurgen causan miedo, no los leí como horror o espanto ni los relaciono con este género literario. Por eso me parece muy pertinente la pregunta que nos hace Claire de Mezerville en la introducción al libro: ¿por qué fantasmas en medio… del siglo veintiuno? Ella menciona una relación con el pasado; los cuentos como un momento para la reflexión y un tipo de resistencia al olvido. De hecho, se presenta una cita de Jurgen, quien discute el cine —¡no podemos olvidar que es cineasta!— como una manera de “recordarnos que eso que llamamos pasado nunca está muy lejos”.

Y claro, en los fantasmas aparece el pasado, convive de cierta manera con el presente. Por eso Fisher discute la hauntología en relación con el tiempo; inclusive cita la famosa frase de Hamlet, enunciada también por Derrida: el tiempo está desarticulado —the time is out of joint—. Este tiempo quebrado sin duda aparece con los fantasmas; nos remite a un pasado que permanece vivo en el presente. Sin embargo, para Fisher, la hauntología de un texto también apunta hacia lo que todavía no ha pasado, pero que también afecta al presente. O sea: el futuro. Después de todo, en el fantasma nos vemos a nosotros mismos porque reconocemos en él (o ella) nuestra propia muerte. También reconocemos la Historia que muere, pero se repite. Que sigue apareciendo. La presencia de un fantasma implica que volverá a aparecer. Tiene, como el tiempo y la Historia, una recurrencia.

Esta recurrencia implica pérdida, y a veces se siente una nostalgia por el pasado en los cuentos. Sin embargo, esta siempre convive con una aceptación, ya que el abuelo Ramón nunca teme a los fantasmas. Más bien los acepta, como en el último cuento también acepta que han venido por él. Para ese entonces, ya ha convivido con ellos toda la vida, desde su nacimiento, cuando su padre ve a un hombre de blanco aparecer en el corredor. Este luego visitará a Ramón en sueños, a través de su vida, y es él quien llegará a buscarlo cuando muere. En el momento en que Ramón deja de respirar, el hombre de blanco se va, aunque “Antes de desaparecer… se volvió un instante, como si escuchara algo. Tal vez fue un soplo leve, antiguo… Un soplo que no se va”. Esta figura espectral junta todos los tiempos: arrastra el pasado, afecta el presente, augura el futuro. Volvió, vuelve, volverá. Por eso Ramón también podría ser un símbolo de todas las personas y sus vidas efímeras, recurrentes, a la vez llenas de belleza, pero también de horror.