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Cuando nadie te enseña los códigos de las oportunidades

¿Puede una habilidad aparentemente sencilla cambiar el rumbo profesional de una persona?

Desde hace algunos años tengo la oportunidad de capacitar a grupos de estudiantes de colegios técnicos que están prontos a iniciar sus prácticas profesionales. Las anécdotas y experiencias con ellos siempre son muchas y muy hermosas, pero hay una que siempre me llena de emoción contar.

En un colegio de Heredia había un joven de muy bajos recursos, pero con una enorme ilusión por salir adelante. Durante la capacitación hablamos de temas que para muchos pueden parecer cotidianos: cómo presentarse ante otras personas, cómo dar la mano, cómo comportarse durante una comida, cómo vestirse para una entrevista y, sobre todo, cómo proyectarse con seguridad en un ambiente profesional.

Al finalizar, el muchacho se acercó y me dijo algo que todavía recuerdo.

Me explicó que muchas de las cosas que yo le había enseñado no correspondían a su vida diaria. Incluso pensaba que, si llegaba a comportarse de esa manera en su casa, su familia podía burlarse de él por querer verse demasiado formal o "diferente a ellos".

Su comentario me hizo reflexionar.

¿Para qué enseñarle a una persona códigos que no forman parte de su realidad cotidiana?

Mi respuesta fue sencilla: si su familia estaba haciendo un esfuerzo para que él estudiara, era porque creían que merecía superarse y alcanzar condiciones de vida distintas a las que tenía en ese momento. Quizás aquellas habilidades todavía no pertenecían a su realidad. Pero podían formar parte de su futuro.

Tiempo después, ese joven fue convocado a una entrevista de trabajo. Lo citaron, curiosamente, en medio de un desayuno.

Cuando volvimos a conversar, me contó que, durante aquella entrevista, algunas de las cosas que habíamos practicado hicieron una diferencia: supo cómo comportarse en la mesa, cómo saludar, cómo dar la mano y cómo proyectarse con seguridad. Le dieron el puesto. Hoy ese joven trabaja en Polonia y, para mi enorme satisfacción, ¡todavía mantenemos comunicación!

Su historia me ha hecho pensar mucho sobre algo que pocas veces discutimos cuando hablamos de educación y empleabilidad: no todas las personas tienen el mismo acceso a los códigos sociales y profesionales que pueden abrirles determinadas puertas.

Hay jóvenes que crecen viendo a sus padres asistir a reuniones, recibir invitados, participar en eventos profesionales o conversar con personas de diferentes ambientes. Desde pequeños observan cómo se saluda, cómo se conversa, cómo se utiliza una mesa formal o cómo se presenta una persona ante otra.

Otros jóvenes nunca han tenido esa exposición. Y eso no los hace menos inteligentes, menos capaces ni menos valiosos. Simplemente significa que nadie se los enseñó.

Aquí es donde considero que las "habilidades de poder" (antes llamadas habilidades blandas) adquieren una dimensión mucho más profunda. No se trata solamente de saber vestirse, hablar correctamente en público o comportarse en una mesa. Se trata de contar con herramientas que permitan desenvolverse con seguridad en diferentes escenarios.

Porque el conocimiento técnico puede abrir la puerta a una entrevista. Pero, una vez que estamos dentro de esa habitación, también necesitamos saber comunicarnos, escuchar, relacionarnos, proyectar liderazgo, generar confianza y representar quiénes somos.

La imagen profesional, entendida de esta manera, tampoco debería convertirse en una obligación de aparentar algo que no somos. No se trata de enseñar a una persona a renunciar a su identidad, a su familia o a su origen para poder avanzar. Por el contrario, se trata de darle más herramientas.

Una persona puede seguir siendo exactamente quien es y, al mismo tiempo, aprender a desenvolverse en ambientes que antes le resultaban desconocidos.

Tal vez ese sea uno de los grandes retos de la educación en estos momentos: no preparar únicamente a nuestros jóvenes para desempeñar un puesto, sino también para desenvolverse en los espacios a los que ese puesto puede llevarlos.

Porque una oportunidad puede aparecer en cualquier lugar. Puede ser una entrevista, una reunión, una cena de negocios, una presentación, un viaje internacional o, como ocurrió en el caso de aquel joven, un desayuno.

Y sería lamentable que una persona talentosa perdiera una oportunidad no por falta de conocimientos, sino porque nunca tuvo la posibilidad de aprender algo que para otros fue enseñado naturalmente en casa.

Por eso, cada vez creo más que hablar de habilidades de poder también es hablar de oportunidades y, en cierta medida, de movilidad social.

Así como no nacemos sabiendo matemáticas, estudios sociales, ciencias, etcétera, y para eso vamos a una escuela, no todos nacemos sabiendo cómo comportarnos en los lugares a los que algún día podemos llegar. Pero podemos aprender.

Y quizá una de las formas más concretas de reducir algunas brechas sea precisamente enseñar aquello que muchas familias, por sus propias circunstancias, no han tenido la posibilidad de transmitir.

La historia de aquel joven me dejó una enseñanza que sigo llevando conmigo: a veces, enseñar una habilidad pequeña puede ayudar a una persona a cruzar una puerta enorme.

Hoy trabaja a miles de kilómetros de aquel colegio técnico de Heredia. Y cada vez que conversamos, pienso que quizás aquella capacitación no le enseñó a "verse diferente". Le enseñó algo mucho más importante: a sentirse capaz de ocupar un lugar en una realidad que todavía no conocía.

Y entonces me queda una pregunta para quienes tenemos alguna responsabilidad en la formación de las nuevas generaciones:

¿Estamos preparando a nuestros jóvenes solamente para conseguir un trabajo o también para reconocer y aprovechar las oportunidades cuando finalmente aparezcan?