Las democracias rara vez desaparecen de golpe; se debilitan lentamente cuando el ruido desplaza a las ideas y la confrontación sustituye al diálogo".
«Un viernes para el olvido», escribió la psicóloga costarricense Dunia Espinoza Esquivel. Quizá, sin embargo, la expresión más apropiada sea exactamente la contraria: un viernes para recordar.
Sus palabras constituyen una advertencia sobre un fenómeno que se desarrolla lentamente ante nuestros ojos y que, precisamente por su carácter gradual, suele pasar inadvertido. Existe la tentación de atribuir muchos acontecimientos recientes a la improvisación o a la incapacidad de quienes ejercen el poder. Sin embargo, la historia demuestra que el deterioro de las democracias rara vez es el resultado del azar. Por el contrario, suele responder a estrategias cuidadosamente diseñadas, sustentadas en la confrontación permanente, la polarización social y la erosión progresiva de la confianza pública.
La mecánica es conocida. El debate de las ideas es sustituido por la repetición de consignas; la argumentación cede su lugar a la descalificación; el adversario político deja de ser un interlocutor para convertirse en un enemigo; y la complejidad es reemplazada por mensajes simples y emocionalmente eficaces.
No se trata de un fenómeno nuevo ni exclusivamente costarricense. A lo largo de las últimas décadas, distintas sociedades han experimentado procesos semejantes. La polarización deliberada, la difusión masiva de desinformación y la construcción de enemigos internos se han convertido en instrumentos eficaces para la acumulación y la concentración del poder.
En este contexto, los ataques constantes contra el Poder Judicial merecen especial atención. En cualquier democracia, la existencia de mecanismos de control y de equilibrio institucional constituye una garantía fundamental para la ciudadanía. Debilitar esas estructuras no fortalece la democracia; la debilita.
Existe, además, otro elemento que merece ser analizado. Las estrategias de confrontación no podrían sostenerse con la misma eficacia sin la participación involuntaria de quienes reaccionan de inmediato ante cada provocación. En la política contemporánea, la atención se ha convertido en una forma de poder y la indignación permanente es uno de sus combustibles más eficaces.
Esta dinámica recuerda la metáfora de la «caja china», empleada por el abogado Rogelio Ramírez Cartín para describir la manera en que la atención pública es desviada deliberadamente desde los problemas estructurales hacia controversias cuidadosamente amplificadas. Mientras la ciudadanía concentra su atención en el escándalo, la provocación o el agravio, las decisiones fundamentales permanecen fuera del escrutinio público. Hoy, esta estrategia ya no necesita complejos aparatos de propaganda. Le bastan los algoritmos, las redes sociales, los troles y la lógica de la viralización para transformar el ruido en un eficaz instrumento de control de la agenda pública.
Cada declaración estridente, cada frase cuidadosamente calculada y cada ataque contra las instituciones desencadenan un ciclo de reacciones inmediatas. Las redes sociales se incendian, los programas de opinión multiplican el debate y la agenda nacional queda subordinada a la polémica del día. Paradójicamente, quienes pretenden combatir la estrategia terminan reforzando su alcance.
El mecanismo es simple. Surge un problema que compromete al poder y, casi de inmediato, aparece un acontecimiento más escandaloso, más emocional y más polarizador, capaz de monopolizar la atención colectiva. Los asuntos de fondo se diluyen, mientras el espectáculo ocupa el lugar del análisis y la confrontación sustituye a la deliberación.
En un artículo publicado en La Nación el 25 de marzo de 2026, titulado «El gran error de la oposición: hacerle el juego al gobierno», advertí sobre el riesgo de convertir cada provocación en el centro del debate nacional. La atención se ha transformado en una forma de poder y la indignación permanente puede terminar fortaleciendo precisamente aquello que se pretende combatir.
La consecuencia es evidente. La inseguridad ciudadana, el deterioro de la educación pública, el aumento del costo de la vida, la desigualdad social y la crisis ambiental quedan relegados a un segundo plano.
Tampoco puede ignorarse el papel que desempeñan algunos medios de comunicación. El periodismo está llamado a investigar, contrastar la información y formular preguntas incómodas. Cuando renuncia a esa tarea y se limita a reproducir declaraciones sin el debido análisis crítico, corre el riesgo de convertirse en un simple amplificador del ruido.
Las democracias no suelen desaparecer de manera abrupta. Su desgaste es lento y progresivo. Las instituciones permanecen en pie, pero su legitimidad comienza a erosionarse. Las leyes siguen existiendo, pero el espacio para la deliberación pública se estrecha cada vez más.
Durante mucho tiempo, los costarricenses nos acostumbramos a pensar que nuestra tradición democrática nos hacía inmunes a esos riesgos. Sin embargo, ninguna sociedad está completamente protegida frente al autoritarismo, el personalismo político o la concentración excesiva del poder.
La oposición política tiene una responsabilidad histórica. Criticar resulta indispensable, pero reaccionar permanentemente no basta. La fiscalización democrática debe estar acompañada de propuestas, acuerdos y una visión de largo plazo.
La ciudadanía, por su parte, también está llamada a desempeñar un papel decisivo. Informarse a través de distintas fuentes, contrastar los datos, desconfiar de la manipulación emocional y defender la convivencia democrática son tareas tan importantes como el ejercicio del voto.
En tiempos de saturación informativa, la defensa de la democracia exige recuperar la capacidad de distinguir entre el ruido y la reflexión, entre la propaganda y el análisis, entre la indignación y la comprensión. Cada vez que un acontecimiento ocupe de manera desproporcionada el centro del debate público, convendrá formular una pregunta esencial: ¿qué es lo que no estamos viendo?
Quizá la principal enseñanza sea que el peligro no radica únicamente en la existencia de una estrategia de confrontación, sino también en nuestra incapacidad para dejar de amplificarla.
Porque, al fin y al cabo, el ruido solo triunfa cuando consigue convertirse en el único lenguaje de la política.
