Hay algo que, desde hace meses, me preocupa profundamente como costarricense. No escribo estas líneas para señalar a una persona, una ideología o una corriente política. Las escribo porque me preocupa el país que estamos construyendo entre todos.
Costa Rica construyó durante décadas una reputación que trascendía sus fronteras. Éramos un país reconocido por la solidez de su democracia, por la fortaleza de sus instituciones y por una característica que siempre nos distinguió: la capacidad de dialogar, incluso en medio de las diferencias. Hoy, esa imagen parece comenzar a desdibujarse.
Vivimos tiempos en los que el desacuerdo dejó de ser una oportunidad para construir mejores soluciones y, con demasiada frecuencia, se convirtió en un motivo para descalificar, etiquetar o atacar al otro.
Lo más preocupante es que hemos comenzado a normalizar esa forma de comunicarnos.
No pasa un solo día sin que una nueva confrontación ocupe los titulares, marque la conversación pública o se convierta en tendencia en las redes sociales. Con demasiada frecuencia, a la agresión le sigue más agresión; al insulto, otro insulto; y a la descalificación, una nueva descalificación. Poco a poco, el respeto deja de ser la regla y la confrontación empieza a parecer parte de la normalidad. Y ahí es donde está el verdadero riesgo. Porque el ejemplo siempre desciende.
La forma en que nuestros líderes se comunican termina moldeando cómo una sociedad aprende a convivir. Lo que ocurre en la esfera pública influye, tarde o temprano, en nuestras familias, en los centros educativos, en los lugares de trabajo y en la manera en que resolvemos nuestras propias diferencias.
Lo que más me preocupa no es quién tiene la razón. Es lo que estamos enseñando.
¿Qué aprenden los jóvenes cuando observan que quienes ocupan posiciones de liderazgo resuelven sus diferencias elevando el tono de la confrontación? ¿Qué mensaje recibe un estudiante cuando descubre que la agresividad genera más atención que la capacidad de escuchar? ¿Qué aprende un profesional que inicia su carrera cuando entiende que es más fácil desacreditar a una persona que construir un acuerdo?
El diálogo, la escucha, la negociación y la capacidad de resolver conflictos no son señales de debilidad. Son la base de cualquier democracia que aspire a perdurar.
Porque ninguna organización progresa cuando todos quieren tener la razón, pero nadie está dispuesto a escuchar. Ninguna familia se fortalece cuando cada diferencia termina en un enfrentamiento. Y ningún país puede aspirar a construir un futuro mejor si convierte cada desacuerdo en una batalla permanente.
No se trata de pensar igual. Nunca ha sido ese el propósito de una democracia. Se trata de entender que podemos defender nuestras convicciones sin perder el respeto por quien piensa diferente. Podemos cuestionar decisiones sin deshumanizar a las personas. Podemos discrepar sin convertir al otro en un enemigo.
Costa Rica siempre fue mucho más grande que sus diferencias políticas. El blanco de nuestra bandera simboliza la paz. No como ausencia de diferencias, sino como la capacidad de resolverlas con respeto, diálogo y vocación de acuerdo. Quizá ese sea uno de los valores que más necesitamos recuperar como sociedad. Ojalá no olvidemos esa lección.
Porque cuando el respeto desaparece, no pierde un partido político, un gobierno o una institución. Perdemos todos.
