El poder seduce. No solo por la posibilidad de tomar decisiones, sino por todo aquello que comienza a rodear a quien lo ejerce. De pronto aparecen personas que antes no estaban, llamadas que jamás habrían llegado, invitaciones impensables, puertas que se abren, reconocimientos, privilegios y una atención que fácilmente puede confundirse con importancia personal.
En política, esa seducción adquiere una dimensión particular. Quien llega a ocupar un cargo puede olvidar con sorprendente facilidad que el poder no le pertenece: le ha sido confiado temporalmente. En Costa Rica, muchas veces, por apenas cuatro años. El problema es que algunas veces cuatro años parecen una eternidad.
Hace algún tiempo investigué precisamente este fenómeno como parte del trabajo final de graduación de una Maestría Internacional en Ciencias Políticas: los factores socioculturales que influyen en el comportamiento narcisista de los políticos en Costa Rica. Me interesaba comprender qué ocurre cuando los valores y límites construidos durante toda una vida se encuentran, de pronto, con las posibilidades que ofrece el poder.
Como parte de la investigación entrevisté a tres exdiputados y a un diputado del periodo legislativo que terminó. Sus experiencias fueron distintas, como necesariamente tenían que serlo, pero algunas coincidencias resultaron difíciles de ignorar. Una de las personas entrevistadas habló de políticos que llegan a “endiosarse a sí mismos”. Otra recordó que, apenas ocho meses después de asumir el cargo, ya había observado cambios de actitud en la mayoría de sus compañeros.
El narcisismo, por supuesto, no nace cuando alguien cruza la puerta de la Asamblea Legislativa, de un ministerio o de la Presidencia. Llegamos a esos espacios con una historia previa, con valores, límites y formas de relacionarnos con los demás. A esos límites construidos por la familia, la educación y la sociedad los abordé en la investigación como diques sociales: aquello que nos recuerda que no todo lo que podemos hacer necesariamente debemos hacerlo.
El problema aparece cuando esos diques se encuentran con algo tan seductor como el poder.
Porque el poder ofrece mucho más que un salario. Ofrece posición, influencia, reconocimiento y acceso a espacios y personas que antes parecían lejanos. Uno de los entrevistados lo resumió como “poder en forma de influencia, privilegios”.
Y ahí aparece una confusión peligrosa: creer que las puertas se abren por quien uno es y no por el cargo que temporalmente ocupa.
Pero quizá el hallazgo más interesante de la investigación fue otro. El narcisismo político no se construye únicamente desde el poder. También lo alimentamos quienes estamos alrededor.
Sería demasiado sencillo responsabilizar solamente al político. Como sociedad también participamos en la construcción de esa ficción. Pedimos favores, buscamos fotografías, concedemos deferencias, abrimos puertas y otorgamos una importancia extraordinaria a quien, al final de cuentas, desempeña temporalmente una función pública. Poco a poco contribuimos a transmitirle una idea peligrosa: que dejó de ser “uno más”.
El problema es que los cuatro años terminan.
Desaparecen la dieta, los asesores, las invitaciones, el teléfono, la gasolina, las llamadas y la computadora. Los medios dejan de buscar. Algunas puertas que antes se abrían inmediatamente comienzan a cerrarse.
Uno de los exdiputados entrevistados recordó con particular claridad ese regreso a la normalidad. Mientras ocupaba puestos importantes podía ingresar a determinados lugares sin dificultad. Una vez fuera del cargo, llegó a uno de ellos y tuvo que esperar autorización para entrar.
La experiencia, contó, fue una especie de mensaje: “ubíquese”.
Quizá por eso otra de las personas entrevistadas dejó una frase que resume buena parte del problema:
La persona debe dominar la política y no permitir que la política la domine”.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
Cuando los valores, las convicciones y los límites permanecen por encima de los privilegios del cargo, el poder puede ser una extraordinaria herramienta de servicio público. Cuando ocurre lo contrario, el puesto se convierte en una fuente de reconocimiento que resulta cada vez más difícil abandonar. Entonces se olvida algo elemental: ejercer un cargo público es cumplir una función, no adquirir una condición permanente de superioridad.
Una democracia necesita personas capaces de ejercer el poder, pero también capaces de abandonarlo. Personas que comprendan que después vendrán otros nombres, otras ideas y otros rumbos.
Tal vez, entonces, la pregunta no sea solamente quiénes llegan al poder, sino qué hacemos con ellos, y qué hacen ellos consigo mismos, mientras lo ejercen.
El poder seduce y puede transformar, pero tiene fecha de caducidad. Después de cuatro años, quien ocupó una curul, un ministerio o una presidencia vuelve a ser un ciudadano más.
Recordarlo desde el primer día, y hasta el último, quizá sea uno de los mejores diques frente al narcisismo político.
