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Consejos (que nadie pidió) para farmear aura en política

Cada generación encuentra su propia manera de desconcertar a las anteriores. Hace algún tiempo, el algoritmo nos hizo descubrir a los therians: jóvenes que aparecían en redes con máscaras, desplazándose como animales y participando en una comunidad que, durante unas semanas de viralidad, parecía anunciar una transformación radical de la humanidad. Hoy, para la velocidad de internet, aquellos performances ya lucen como cosa vieja, casi prepandémica.

Mantener una vida therian exige espíritu fuerte, voluntad inquebrantable y una coherencia que pocos estamos dispuestos a sostener. Por eso, para muchos espectadores de aquella viralidad, una retirada silenciosa terminó siendo la salida más certera. Quienes precedieron al trend y quienes le sobrevivan probablemente envejecerán felices.

Esta semana, el algoritmo colocó en la agenda mainstream otro fenómeno: farmear aura. La tendencia ofrece una alternativa para que nuestros adolescentes —y, por qué no, cualquiera que así lo quiera, sin importar la edad— dejen por un rato el celular, salgan al espacio público y hagan el ridículo con dignidad. Al fin y al cabo, algo parecido hicieron quienes se atrevieron a bailar twist, a dejarse llevar por el ritmo, entonces considerado endemoniado, del rock and roll o a cazar Pokémon. Después de todo, la vida es un ratico.

Pero ¿qué significa farmear aura? La expresión combina el verbo farmear, heredado de los videojuegos, con una idea contemporánea del aura entendida como carisma, presencia, seguridad o estilo. En términos sencillos, consiste en realizar acciones que aumenten la admiración o el reconocimiento que una persona provoca en los demás.

En buen costarricense, sería algo así como tirar salsa, sacar jacha, sentirse chalán y verse tuanis. Todo al mismo tiempo y, preferiblemente, sin que parezca demasiado ensayado.

El concepto puede parecer frívolo, pero contiene una idea que la política debería comprender: la autoridad no depende únicamente del cargo ocupado. También se construye mediante la conducta, la credibilidad y la manera en que una persona se relaciona con los demás.

Por eso, se me ocurren algunos consejos —que nadie pidió— para quienes se dedican al noble oficio de la política y desean aumentar la admiración de los costarricenses sin caer en el triste espectáculo de intentar parecer importantes.

Escuchar antes de responder

Una persona madura comprende que la política exige un oído muy fino. Hay que escuchar al adversario, al pueblo y a la opinión pública, incluso cuando lo que dicen resulta incómodo.

Escuchar no significa obedecer ciegamente ni renunciar a las propias convicciones. Significa reconocer que nadie posee toda la verdad y que gobernar requiere comprender realidades distintas de la propia. En tiempos de monólogos disfrazados de diálogo, escuchar con atención podría otorgar una cantidad considerable de puntos de aura.

Utilizar la verdad como estandarte

Vivimos en una época en la que resulta difícil distinguir los hechos de las interpretaciones, la información de la propaganda y la opinión espontánea de la manipulación cuidadosamente diseñada.

La política necesita discursos claros, valientes y ciertos. También necesita dirigentes capaces de expresarse en buen español, con la educación y el señorío que demanda su investidura.

Mentir puede producir aplausos inmediatos. Decir la verdad, en cambio, construye algo más duradero: credibilidad. Y pocas cosas elevan más el aura que poder sostener mañana lo que se dijo ayer.

Argumentar sin ofender

En política siempre llega el momento de negociar, ceder, empatizar y construir en conjunto. Si eso no ocurre, pueden correr mares de tinta y saliva, pero difícilmente habrá acuerdos.

Además, es muy difícil negociar con quien ha convertido la ofensa, la burla y el ataque rastrero en su forma habitual de operar. Confundir agresividad con firmeza puede generar atención, pero no necesariamente respeto.

La capacidad de defender una posición sin humillar al adversario no representa debilidad. Por el contrario, demuestra dominio propio, seguridad y madurez. Aura positiva, sin duda.

Poner la patria antes que el partido

Los partidos políticos son instrumentos indispensables para la democracia, pero continúan siendo instrumentos. Se desgastan, pierden fuelle y, si no se renuevan, terminan herrumbrándose o colapsando.

La lealtad partidaria no debería colocarse por encima del bienestar nacional. Cuando los intereses del partido entran en conflicto con los intereses del país, una persona dedicada al servicio público debería recordar a quién se debe primero.

Tener a Costa Rica como norte eleva el aura. Convertir al país en una finca partidaria la reduce dramáticamente.

Darse baños periódicos de pueblo y sentido común

Salir a la calle protege contra el moho que produce el confinamiento prolongado en oficinas públicas.

Conversar con las personas, visitar las comunidades, utilizar los servicios públicos y comprender dónde nos aprieta el zapato a los ciudadanos permite gobernar con los pies sobre la tierra. No se trata de organizar una visita rodeada de cámaras, saludar durante veinte minutos y retirarse antes de escuchar algún reclamo. Eso no es un baño de pueblo: es escenografía.

El verdadero contacto con la ciudadanía comienza cuando se apagan las cámaras y todavía se tiene disposición para escuchar.

Mantener la mirada arriba y al frente

La política no debería limitarse a administrar la urgencia del día ni a reaccionar ante la última controversia de las redes sociales.

Gobernar también significa pensar en el futuro, construir las bases del país que soñamos y comprender que los grandes avances nacionales han requerido acuerdos entre fuerzas diferentes. Nuestro Estado social de derecho no nació de la unanimidad, sino de la capacidad de encontrar puntos de encuentro en medio de profundas diferencias.

Quien solo piensa en la próxima publicación, encuesta o elección difícilmente podrá construir para la próxima generación.

Tomarse la política de manera deportiva

La buena política se parece al buen deporte: exige preparación, disciplina, lealtad y coraje. También requiere saber competir sin menospreciar al oponente, ganar sin humillarlo y reconocer la derrota con hidalguía.

Los contrincantes políticos no son enemigos. Son adversarios que, al igual que nosotros, sienten, sufren, sueñan y pueden cambiar de posición algún día. También nosotros podemos hacerlo.

Reconocer esa humanidad compartida no debilita las convicciones; las coloca dentro de los límites necesarios para convivir en democracia.

En política se puede farmear aura mediante discursos ensayados, fotografías cuidadosamente producidas, videos virales y poses estudiadas. Sin embargo, esa aura suele durar lo mismo que una tendencia en redes sociales.

El aura verdaderamente valiosa no se anuncia ni se fabrica. Se construye escuchando, diciendo la verdad, respetando al adversario, anteponiendo el país a los intereses particulares y actuando con coherencia.

Esto, además de elevar el aura, evita hacer el ridículo. Y, en la política costarricense, ambas cosas ya serían una ganancia considerable.