Hay una escena en los Evangelios que he recordado muchas veces en los últimos días: una multitud de miles de personas, al final de una jornada larga, sin nada que comer, y un puñado de panes y peces que, en cualquier cálculo razonable, no alcanzaban ni para empezar. Y, sin embargo, alcanzaron y sobraron canastas enteras. Nunca pensé que terminaría comparando un concierto con esa historia, pero después de hacer las cuentas de lo que costó realmente el concierto de nuestros 15 años, no encuentro una imagen que lo describa mejor.
Hice el ejercicio, ya con algo de distancia, de calcular cuánto habría costado ese concierto si a SIFAIS le hubieran cobrado absolutamente todo: los artistas, el sonido, la producción, la tarima, las pantallas, la seguridad y los impuestos de ley. La cifra ronda los $395 mil. A nosotros, en números reales, nos costó alrededor de $20 mil. Si en el primer momento me hubieran dicho que había que sacar ese dinero, ¿de dónde lo íbamos a coger? No teníamos plata para hacer nada. Y, sin embargo, aquí estamos, del otro lado, con el concierto ya hecho y la cuenta ya cerrada.
La multiplicación no ocurrió de golpe ni por arte de un solo donante generoso. Ocurrió, como en la parábola, en pedazos pequeños que se fueron sumando hasta volverse suficientes y, después, hasta sobrar. Parque Viva nos donó el espacio, uno de los más grandes y mejor equipados del país. ACME donó el equipo para el sonido, cuyo presupuesto por sí solo no bajaba de los $50 mil. Showtec, Chili Band, Bansbach y H2O aportaron luces, tarima, pantallas y circuito cerrado de televisión. La Municipalidad de Alajuela nos eximió del impuesto municipal correspondiente. Los propios artistas —Debi Nova, Malpaís, Gandhi, Voodoo y Balance— cedieron sus derechos de autor. Y, en el terreno más humilde, el de la comida, la cadena fue igual de larga: pizzas, frutas, verduras, galletas, quesos, arroz y bebidas, cada uno donado por una empresa distinta para alimentar a 280 personas en cinco tiempos durante casi diecisiete horas seguidas. En total, durante los tres días de ensayo y concierto, se repartieron 1.640 porciones.
Hay una anécdota de esos días que resume, para mí, todo el espíritu de la multiplicación. Necesitábamos huevos para los desayunos del equipo y llamé a un pequeño empresario que en el pasado nos había donado algunos cartones. Me contestó que en ese momento no tenía huevos disponibles porque todo lo que producía ya estaba comprometido con otro cliente. Y, aun así, sin que se lo pidiera, me dijo: "deme su número de SINPE y le hago el depósito para que compre los huevos donde los consiga". Y nos envió el dinero, sin condiciones, sin que le sobrara nada, simplemente porque quiso ayudar con lo que sí tenía a la mano, que en ese momento era su plata y no su producto.
Ese gesto, multiplicado por decenas de personas y empresas distintas, es lo que explica la diferencia entre $395 mil y $20 mil. No hubo un solo milagro grande. Hubo muchísimos milagros pequeños, uno detrás de otro, hasta que se volvieron uno solo, enorme, casi imposible de creer si uno no lo vivió de cerca.
Y esa multiplicación no fue solo de dinero. También fue de personas. SIFAIS nació hace quince años con veinte flautas plásticas y veinte bolillos de percusión: casi nada, apenas una intuición. De esa semilla tan pequeña salen, entre muchísimas otras, dos historias que hoy quiero compartir y que ilustran perfectamente esta idea de la multiplicación. Paola Jeffres, vecina de La Carpio, llegó a los doce años a Cuevadeluz por pura curiosidad, sin saber siquiera qué era un chelo, y hoy, después de forjarse como chelista en nuestras aulas, es la coordinadora de todo ese centro de Integración y Cultura, sosteniendo ella sola una cantidad de responsabilidades que uno normalmente repartiría entre varias personas. Sara González llegó buscando un nuevo comienzo, después de que la organización social donde colaboraba en su natal Nicaragua tuviera que cerrar operaciones, y hoy dirige a todo nuestro equipo de profesores de cuerdas, articulando a más de 200 músicos de todas las edades y niveles. Lo que se sembró en ellas hace años se multiplicó también en vocación, propósito y capacidad de servir a otros.
Quiero ser honesta sobre algo que pienso desde hace tiempo: para mí, nada de esto se explica sin el Amor, así, con mayúscula. Mucha gente me dice que tengo muchos ángeles que me ayudan. Algunos lo dicen como una manera cariñosa de nombrar a la buena gente que me acompaña, y lo agradezco así. Pero otros van más allá y me insisten en que hay cosas tan extraordinarias que han pasado en SIFAIS a lo largo de estos quince años que no se explican de otra forma más que por la presencia de algo, o de alguien, que nos acompaña de manera sobrenatural para que este propósito se cumpla. No sé si tengo la autoridad para afirmar con certeza qué es exactamente eso que otros perciben. Lo que sí puedo decir, con toda honestidad, es que yo también lo he sentido. Y que cada vez que alguien me pregunta cómo hicimos algo que en el papel era imposible, mi respuesta más sincera sigue siendo la misma: confiando. Confiando en el otro y confiando en el Amor.
La parábola de los cinco panes y los dos peces no trata, en el fondo, de escasez ni de abundancia. Trata de confianza: la de quien comparte lo poco que tiene sin saber si alcanzará y la de quien recibe convencido de que, si se comparte de verdad, siempre sobrará, por lo menos en agradecimiento, práctica tan escasa como necesaria y saludable hoy en día. Eso fue, para nosotros, el concierto de los 15 años. Partimos de muy poco. Y, sin buscarlo, sin planearlo del todo, terminamos con las canastas llenas.
