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Imagen principal del artículo: Caminar por San José

Caminar por San José

¿Se han puesto a pensar en cómo era la experiencia de ir a San José hace diez o quince años y cómo se vive ahora? Siento que tengo una urgencia de hablar sobre San José.

Dice mi mamá que de pequeña hasta bailé a la salida de la antigua tienda La Gloria, en la Avenida Central, cuando apenas tenía un par de años. Si eso es cierto, me convierte en caminante de San José desde hace más de cuarenta años y me siento con derecho a plantear el tema.

De la gente que me rodea, quedan pocas personas que van a San José Centro por puro gusto, y menos aún si tienen que ir en bus. Yo vivo en Los Yoses y todavía me queda cerca ir caminando o tomar un autobús hacia Chepe, como le decimos de cariño. Así fui hace poco al plantón en la Plaza de la Democracia, caminando junto a muchas otras personas.

Pero definitivamente ya no es lo mismo. Cada vez la fotografía se ve más oscura. Los edificios lucen desgastados, no por antiguos, sino por sucios y abandonados. Las aceras están dañadas. La Plaza de la Cultura parece tener cada vez menos cultura y las palomas siguen ahí, como si tampoco tuvieran otro lugar adonde ir. Hay recuerdos de todos esos espacios cuando se sentían más vivos, más cuidados y más bonitos.

Ahora suelo caminar con prisa, como si alguien me persiguiera. Voy directo al lugar al que necesito llegar y procuro no durar demasiado. Generalmente termino en el mercado y, cuando cruzo sus puertas, me siento un poco más segura.

A mí me gusta ir al mercado. Descubrí que la carne y las verduras son más frescas y, por supuesto, más económicas. Si necesito algo para la casa, intento buscarlo ahí. Parece mentira, pero todavía se encuentra de todo. Hace poco compré un chorreador para café porque llevo años sin coffee maker. Tampoco tengo microondas, pero esa es historia para otra columna.

En el mercado compro queso, arroz, mermeladas, frijoles y me sigue dando alegría encontrar productos que saben a lo que tienen que saber. Frijoles que no saben a guardados. Frijoles con sabor de verdad. ¿Han notado que los frijoles saben diferente? Y, por supuesto, ir al mercado implica una parada obligatoria para un helado de sorbetera, para volver a los recuerdos de mi niñez que me llenan de emoción.

Antes me gustaba mucho caminar por San José. Darme el avenidazo. Güeciar. Ver vitrinas sin prisa y entrar a las tiendas por pura curiosidad, pero hoy me cuesta hacerlo.

Por un lado, porque me siento menos segura. Por otro, porque muchas tiendas parecen competir por quién pone la música más fuerte. El reguetón empieza temprano y yo claramente no soy el público objetivo. No puedo entrar a un lugar donde haya tanto ruido que ni siquiera pueda escuchar a quien me atiende. Me aturdo y me asusto; por ende, salgo en carrera.

Las vitrinas también cambiaron. Están llenas de chunches y a veces me pierdo. Muchas tiendas parecen haber mezclado todo con todo después de la pandemia. Uno encuentra artículos escolares junto a utensilios de cocina, decoración junto a productos de limpieza. Incluso lugares emblemáticos como La Universal ya no se parecen tanto a lo que muchos recordamos. Me da nostalgia este San José. Y aun así sigo creyendo que tiene potencial.

Lo que más me preocupa no son los edificios ni las tiendas. Son las personas. Las personas en condición de calle se han multiplicado hasta convertirse en parte del paisaje urbano. Los espacios verdes me siguen pareciendo escasos. Hay demasiados carros, demasiados buses y demasiadas presas. Puede sonar pesimista, pero no es más que una descripción de la realidad que vivo.

Entiendo que la Municipalidad está haciendo esfuerzos y no parece una tarea sencilla. También sigo cuentas en Instagram donde encuentro una mirada distinta de la ciudad. A través de sus fotografías aparece un San José más amable, más bonito y más esperanzador, especialmente cuando hay un atardecer de por medio.

Y eso también importa. Porque si solo hablamos de lo malo, terminamos renunciando a los espacios que nos pertenecen como sociedad.

Todavía hay lugares que vale la pena descubrir y sostener. Cafeterías, edificios históricos, pequeños comercios, rincones que siguen contando historias. Yo misma frecuento una cafetería en el edificio Steinvorth que ha recibido reconocimientos importantes y que me recuerda que todavía hay razones para quedarse un rato más.

Cuidar una ciudad no es únicamente responsabilidad de una municipalidad. También es tarea del comercio, de quienes la visitamos y de quienes la habitamos. Porque la ciudad que tendremos entonces dependerá, en buena medida, de lo que decidamos hacer con ella hoy.

Entonces, ¿ya recordó sus anécdotas o sus historias en San José? ¿Ya se imaginó cómo será en el futuro?