El cortometraje Bichos de luz se rodó en una sola noche. Llegamos en la tarde y nos fuimos al día siguiente, después de desayunar. En medio quedaron varias horas de lluvia, el frío que logramos apaciguar con café y una cámara compartiendo espacio con tres hombres dentro de una tienda de acampar.
No teníamos un argumento demasiado elaborado. Tres amigos viajan a las faldas del volcán Irazú para pasar la noche juntos, cantar, conversar y probar el telescopio que Fidel Gamboa le había heredado a su tío Max poco antes de morir. Eso era todo. Era apenas un punto de partida. Sin embargo, apuntaba hacia algo claro y reconocible.
Desde hace años pienso que las amistades masculinas se sostienen en una forma particular de cercanía. Hablamos de cualquier cosa para poder hablar, sin decirlo, de aquello que realmente nos importa. De un viaje, de una torpeza de la adolescencia o de una noche que todos recordamos de formas distintas. Lo importante no está en el centro de la conversación, sino en los bordes.
Durante el rodaje de Bichos de luz, tuve la impresión de estar filmando una escena que el escritor Ernest Hemingway había visto un siglo antes, con todos sus matices: los amigos, el frío y la sensación de que algo importante circula, aunque apenas se nombre.
En El vendaval de tres días, un cuento publicado en 1925 dentro de la antología En nuestro tiempo, Hemingway retrató una tarde de otoño y nos dejó una intuición sin fecha de caducidad: los hombres nos acompañamos mejor cuando hablamos de otra cosa. Afuera sopla un viento que barre el paisaje; adentro, dos muchachos beben whisky y conversan. Hablan de béisbol, de escritores admirables, de un padre cazador y de una novia que ya no está.
El protagonista del cuento ronda los veinte años: esa edad en que una ruptura amorosa es un acontecimiento extremo. Pero no llega a la casa de su amigo para hablar de ella, sino para beber y dejar que la tarde haga su trabajo. Sin embargo, todo en la conversación se relaciona con la pérdida. La muchacha aparece y desaparece entre frases laterales. Lo mismo ocurre con el amigo ausente de Bichos de luz.
Los hombres que acampan en las faldas del Irazú se entienden más allá de las palabras. O simplemente hilan unas palabras con otras. Uno deja en el aire un chiste que otro termina. El tercero suma un comentario ingenioso y esa travesura resuena como la nota musical que le falta a la noche.
El código indirecto también tiene sus inconvenientes. Durante mucho tiempo nos enseñó a soportar antes que a entender, a desviar la atención y a esconder la fragilidad detrás de la broma. Con frecuencia, esa economía del lenguaje protegía. Otras veces aislaba.
Lo que ha cambiado desde que Hemingway publicó En nuestro tiempo no es la experiencia, sino el vocabulario. Hoy se habla con mayor naturalidad de ansiedad y de duelo, de depresión o de tristeza. Ahora existe un lenguaje ampliado que permite describir nuestros malestares, pero basta observar cualquier reunión de amigos para notar que el viejo método de la palabra esquiva no ha desaparecido.
Se sigue compartiendo una mesa para hablar de cine o de fútbol y, en medio de la discusión sobre actores, alineaciones o resultados, alguien deja caer una frase que contiene lo importante. La mayoría la oye. Tal vez nadie la comenta, pero, a partir de ese momento, la reunión ya no es la misma.
Eso fue lo que descubrí cuando vi el montaje final de Bichos de luz. Debajo de las bromas y las anécdotas aparecía la evidencia de una historia compartida. Cada frase parecía sostenida por muchas otras anteriores, como si la conversación fuera apenas la superficie de una intimidad mucho más antigua.
Tal vez por eso el título del cortometraje terminó diciendo más de lo que habíamos imaginado. Los bichos de luz son esos amigos generosos que saben estar en el momento sin hacer muchas preguntas, y las luciérnagas que aparecen un instante y ofrecen una claridad mínima antes de desaparecer. La conversación masculina también funciona así: ilumina un fragmento y después regresa a la penumbra.
Al releer El vendaval de tres días, me pareció más una confirmación que una referencia literaria. Un siglo después, el whisky puede haber sido reemplazado por el café y la casa pudo transformarse en una tienda de campaña, pero la práctica del lenguaje indirecto permanece intacta.
Unos amigos conversan de cosas menores mientras, debajo de las palabras, algo importante busca su lugar. El cuento de Hemingway es un relato de nuestro tiempo, no por la época en que fue escrito ni porque reconozcamos en él gestos u objetos familiares, sino porque hace visible una escena que no ha dejado de repetirse.
Bichos de luz se estrenará el próximo jueves 6 de agosto en el Cine Magaly de San José. Se proyectará junto con la película Moscas.
