Hay noticias que deberían durar, al menos, veinticuatro horas antes de convertirse en pleito.
La captura de un narcotraficante de alto perfil, buscado desde hace años y por cuya ubicación incluso una agencia internacional ofrecía medio millón de dólares de recompensa, parecería una de ellas. Uno imaginaría que el país podría detenerse a reconocer el trabajo de quienes investigaron, siguieron pistas, coordinaron operativos y hasta arriesgaron su integridad física o su vida para sacar de circulación a uno de los símbolos más visibles del crimen organizado.
Pero no. En esta insólita isla que somos, atraparon al Diablo y lo primero que apareció no fueron los aplausos, sino los contadores de méritos: ¿quién merece el crédito? ¿Quién salió primero en la fotografía? ¿Quién pronunció el discurso? ¿Quién mencionó a quién? ¿Quién omitió agradecer a quién?
En Costa Rica ya no basta con capturar al delincuente. También hay que capturar la narrativa noticiosa del día, todos los días. Y esa es una presa más codiciada.
La escena es alucinante. Mientras cientos de funcionarios públicos —agentes judiciales, fiscales, policías, oficiales de inteligencia, personal técnico y autoridades internacionales— ejecutan durante meses una investigación compleja, el debate termina reducido a una competencia de egos en la que cada actor intenta convencer al país de que el verdadero protagonista era él. Como si el crimen organizado pudiera combatirse con conferencias de prensa o con publicaciones en redes sociales o con comunicados redactados para ajustar cuentas políticas más que para fortalecer la confianza ciudadana.
Lo paradójico es que el éxito de una operación contra el narcotráfico debería producir el efecto contrario. Cuando una investigación logra desarticular estructuras criminales y detener decenas de sospechosos, el mensaje debería ser tranquilizador: las instituciones funcionan cuando trabajan juntas. Sin embargo, pareciera que algunos prefieren demostrar justo lo contrario. La institucionalidad deja de ser el triunfo colectivo para convertirse en un botín comunicacional.
Entonces aparece una costumbre muy nuestra: serrucharle el piso al vecino. Si el Organismo de Investigación Judicial obtiene un reconocimiento, alguien recuerda que la Fuerza Pública también participó. Si se destaca el trabajo del Ministerio Público, otro responde que sin determinada decisión política nada habría ocurrido. Si una autoridad agradece a una institución, inmediatamente surge quien reclama la ausencia de otra en la lista de agradecimientos. Se discute el protocolo de los aplausos y se olvida por completo el motivo de la celebración.
Quizá esa sea una de las características más curiosas de la conversación pública actual. Nos cuesta muchísimo compartir los éxitos. Los fracasos siempre son responsabilidad de otro; mientras tanto, los éxitos siempre tienen muchos progenitores.
Mientras tanto, el crimen organizado observa el panorama a distancia prudente y le gusta lo que ve. Las organizaciones criminales no distinguen entre Poder Ejecutivo, Poder Judicial, Ministerio Público o Asamblea Legislativa. Ellas entienden algo que, a veces, los ciudadanos olvidamos: que las instituciones del Estado funcionan como una red. Si un hilo se rompe, toda la malla pierde fuerza.
Por eso resulta inquietante que, justo cuando una operación demuestra la capacidad de coordinación entre distintas autoridades nacionales e internacionales, algunos actores políticos parezcan más interesados en sembrar sospechas que en fortalecer la confianza pública.
Es cierto que criticar decisiones institucionales forma parte de la democracia. Fiscalizar también. Pero una cosa es ejercer control político y otra muy distinta convertir cada logro del Estado en un episodio más de una campaña campal permanente. Porque llega un momento en que el ciudadano deja de saber qué creer. Si la captura de uno de los narcotraficantes más buscados tampoco merece un consenso básico sobre su importancia, ¿qué hecho podría merecerlo?
Tal vez hemos confundido la vigilancia democrática con la descalificación automática. Tal vez creemos que reconocer el trabajo de otra institución equivale a perder una batalla política. Tal vez olvidamos que el crimen organizado sí celebra cuando los poderes de la República desconfían unos de otros.
En esta insólita isla que somos, pareciera que algunos descubrieron una curiosa forma de combatir al Diablo. Mientras unas instituciones salen a capturarlo, otras prefieren repartir escapularios. No para proteger al país, sino para proteger un relato, su relato. Y, a veces, este relato termina siendo mucho más valioso y relevante que la realidad. ¿Cuál es el verdadero riesgo que corre la democracia? Todo convertido en relato y unos cuantos apropiándose de ese relato.
