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Imagen principal del artículo: Anatomía del irrespeto

Anatomía del irrespeto

Ya este pueblo está cansado de escuchar, un día sí y otro también, las vulgaridades, insultos, calumnias, mentiras, burlas chabacanas; en fin, las faltas de respeto por parte de quienes nos gobiernan, empezando por la presidenta, pasando por sus ministros y diputados, y algunos alcaldes.

Se ha irrespetado a opositores, al pueblo que protesta, a los agricultores, a los miembros de los supremos poderes y a una larga lista de personas e instituciones que incomodan la delicada epidermis de quienes hallan en el irrespeto la única respuesta.

Ante esto, da vergüenza escuchar a ciertos comunicadores minimizando esa forma de expresarse, en particular la del expresidente Chaves, diciendo que es cosa de formas. A esas personas, que todos sabemos quiénes son, es necesario aclararles: el irrespeto no es cosa de formas. Es un problema de fondo, es un problema ético. Es un tema que toca las profundidades del alma de las personas, que habla de sus valores y de la manera de relacionarse con sus semejantes, con la humanidad.

Más allá del tema ético, el irrespeto es una forma de tratar de ocultar la propia debilidad intelectual. Vemos cómo se recurre al insulto, a la descalificación y a la amenaza contra quien critica con argumentos el accionar de las personas en posiciones de poder. Esa forma de proceder es una demostración inequívoca de falta de argumentos inteligentes para defender las actuaciones cuestionadas. Baste un ejemplo: fue vergonzoso el espectáculo de la presidenta Fernández llamando comunistas y vagabundos a quienes nos opusimos —con argumentos— al proyecto de Ley de Armonización del Mercado Eléctrico. No dio un solo argumento, solo etiquetas.

Otro motivo para la falta de respeto es la pretensión de destruir a quien piensa diferente o a quien se opone a los designios del poder. Este comportamiento destructivo es típico de ciertos animales, cuando el “macho alfa” de la manada defiende su territorio liquidando a quien se le oponga. Uno pensaría que en la civilización humana del siglo XXI prevalecerían la inteligencia y el raciocinio sobre ese tipo de comportamiento primitivo, caracterizado por la intolerancia, el fanatismo, la falta de educación o la falta de valores éticos.

En el caso de quienes nos gobiernan, hay un ingrediente que hace del irrespeto una conducta aún más reprochable: cuando las expresiones o actitudes irrespetuosas se escudan detrás de la inmunidad o de la protección policial. Resulta paradójico que haya gente que considere el irrespeto como valentía, como “decir las cosas como son”.

A esas personas es necesario indicarles que se pregunten, primero, si quienes dicen las cosas supuestamente “como son” lo harían si no se escondieran detrás de protecciones legales o físicas y, segundo, que se pregunten si, para diferir de otras personas, se atreverían, si no estuvieran escudadas cómodamente detrás de la inmunidad, a decirles “malnacidos”, “desgraciados”, “damas de compañía” u otros insultos, a desacreditar personas, instituciones o proyectos mediante falsedades o a amenazar con golpear a opositores. El irrespeto, en este caso, no es valentía, sino todo lo contrario.