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¿Alterar un recuerdo o transitar a través de un mundo de nuevas posibilidades?

Recuerdos alterados es el más reciente volumen de cuentos del consolidado escritor costarricense Guillermo Fernández Álvarez.

Desde el título del libro, el lector es convidado al enigma. Fernández posee ya esa experiencia para generarnos interrogantes sin que hayamos abierto siquiera una página de sus libros. Sobre los recuerdos, en general, tenemos la noción de que pueden apegarse fielmente a la realidad y que uno podría casi contar aritméticamente cada acontecimiento —solo cuando se tiene buena memoria, claro está—. Pero ¿qué sucede cuando esos hechos se vuelven imprecisos o líquidos y sus reelaboraciones llegan hasta nosotros como lectores circunscritos a determinada sociedad, enclaustrada, a su vez, en un espacio y un tiempo?

A lo largo de todo el libro divagamos entre situaciones históricas, posibles escenarios y noticias de distintas épocas de la humanidad; entonces, uno se debate ante el ser humano situado entre los planos de la realidad y la ficción. ¡Singular dicotomía!

Es aquí donde nuestro subgénero predilecto, el cuento, cumple su función de no ser crónica ni relato histórico, sino una obra autónoma… Sí, libre como un ave caprichosa que surca el cielo y se deja bañar por los tonos del sol o por los reflejos de la luna, pero que no habita el éter. Este acto de reelaborar los acontecimientos nos recuerda mucho al juego de Borges en su libro Historia universal de la infamia. Fernández sabe que lo ha hecho, pero también sabe que lo ha hecho bien, ¡tremendamente bien! No debe rendirle cuentas a nadie sobre estas reelaboraciones porque son suyas, aunque, por ahora y gracias a las bondades de la vida, haya decidido cedérnoslas a sus lectores para que también nosotros las disfrutemos mientras las acompañamos con una buena jarra de café.

Entre estas reinvenciones nos encontramos con algunas de las siguientes:

Un recuerdo alterado. En este cuento, Alfred, un investigador privado que tiene un caso pendiente, se cruza inesperadamente con Evelyn McHale, una mujer que en 1947 murió tras lanzarse desde el Empire State.

Para aquel entonces, la fotografía de su cuerpo, tomada por Robert Wiles, alcanzó gran notoriedad y llegó a ser conocida como «el suicidio más hermoso». En el texto de Fernández, el investigador decide ahondar en las posibles causas de su muerte, motivado por un sentimiento de culpa, pues piensa que pudo haber detenido a Evelyn durante aquel encuentro matutino en el que ambos se cruzaron.

«Dime lo que no sé». Esa frase nos convoca a reflexionar sobre cuántas veces pensamos que podemos detener lo inevitable, aunque nuestras soluciones siempre terminen llegando fuera de tiempo.

En el texto El viaje, Alberto invita a su amigo a un paseo lejano con el pretexto de llevarle a Moisés, el hermano de su padre, algunos pesos y una carta en la que le explicaría la enfermedad que padece. Ambos muchachos son estudiantes de colegio y emprenden el viaje en tren. A partir del escenario descrito, uno podría reconocer algún paraje del Atlántico, aunque el lugar no se precise fielmente.

Sabemos que el tío fue extrabajador de una bananera y que ahora cuida una finca que no le pertenece. Después del café de la tarde, los dos jóvenes y el hombre se internan en la montaña. Tras desenterrar algunas yucas, el tío les muestra un banano con semillas y, de manera aterradora, les asegura sentirse perdido.

«El problema es que ya no sé dónde estamos». Esta parece ser una broma que, posiblemente, él había reservado para estos tiempos. La monotonía del jornalero y su soledad quedan expuestas. El haber encontrado un poco de compañía, aunque fuese momentánea, parece haberlo rejuvenecido y motivado a la broma. El tío no se extravió, sino, más bien, sus esperanzas de encontrarse consigo mismo, tal como lo hemos hecho los seres humanos a lo largo de nuestra propia existencia.

Con respecto a este relato y a la picardía del personaje de Moisés, debo decir que su estilo me recordó bastante a Historias de Tata Mundo, por lo que agradezco esta reelaboración de Fernández, quien también desenvaina aristas interesantes en otros sentidos.

Por otro lado, el relato Convertirse en fantasma nos sitúa primero en el parque Morazán y luego nos conduce a través de varios escenarios cartagineses. Humberto ha perdido un caballo de madera adornado que le servía para llevar sustento a su hogar, pues es un fotógrafo que vive con su madre pensionada. La ausencia de su caballo se convierte en su propia mofa y en su punto de quiebre, pues, al llegar a casa, su madre le hace ver que ahora cualquiera tiene la posibilidad de tomar fotografías. Eso de nadar contra corriente constituye una bofetada que la misma vida le propina en el rostro.

Humberto, fotógrafo desafortunado de cincuenta y ocho años, nos invita a recapacitar sobre ese ser humano que no encuentra cabida para su arte en un mundo cada vez más capitalista y deshumanizado; un mundo líquido que parece aborrecer el arte. Nuestro personaje siempre vivió con su madre y, hasta ese momento, comprende que se encuentra muy cerca de convertirse en un indigente más. Sin embargo, aunque había tomado la decisión de deshacerse de su cámara Canon, finalmente no lo hace y se dirige al Sanatorio Durán para tomar fotografías, en pleno acto de rebeldía contra el sistema.

Si colocamos la lupa sobre el texto Una misiva para el Mariscal Gilles de Rais, nos encontramos con una interesante reinvención histórica ambientada en 1440, que describe el «antes» de lo que sería el arresto de Gilles, tras una investigación eclesiástica relacionada con las acusaciones formuladas en su contra por la desaparición y muerte de numerosos niños.

En este relato, Fernández nos presenta a un monje llamado François, quien siente admiración por la imagen y la fiereza del mariscal Gilles. El monje había sido enviado por el arzobispo para solicitar información al mariscal acerca de las acusaciones formuladas en su contra. Sin embargo, al final del texto nos sorprende el cinismo con que Gilles expone sus razones, las cuales son leídas con curiosidad por el monje. Al concluir el relato, uno puede plantearse varias interrogantes sobre el hecho histórico propiamente dicho y sobre el papel desempeñado por la Iglesia en el ayer.

Más adelante, en el relato Un sueño en la peste, Giacomo y Cecco, medio hermanos provenientes de las laderas de San Fructuoso, deciden escudriñar la ciudad en lo que aparenta ser el inicio de la peste negra, circunstancia que al principio se disimula hábilmente en el texto. Giacomo sueña con una muchacha que, a todas luces, resulta inalcanzable para él, pues ambos pertenecen a clases sociales muy diferentes.

Un mendigo es quien los pone al tanto de lo que sucede en el pueblo y los insta a retirarse cuanto antes. Pero, en plena peste, Giacomo se entera de lo ocurrido y decide ir en busca de ella. No obstante, tanto la muchacha como su padre ya habían sido alcanzados por aquella desgracia humana. El texto nos deja con la interrogante abierta sobre el destino de ambos medio hermanos una vez que parten de Génova.

Otro texto, El custodio del maletín, transcurre en Ginebra, escenario de acontecimientos históricos de la humanidad y sede de encuentros entre jerarcas de distintas naciones. El relato gira en torno a un personaje a quien el autor ha denominado Shiva —una de las principales deidades del hinduismo—, quien trabaja para el Departamento de Defensa y, además, lleva consigo un sospechoso maletín.

Este maletín es intercambiado con otro trabajador del mismo departamento. En un bar, Shiva reconoce a su «enemigo estratégico», a quien el mismo Departamento de Defensa de su país había denominado «Z». Este otro hombre, quien también carga con su propio maletín durante reuniones importantes, pertenece a otro territorio enemigo y, sin embargo, en aquel otro lugar también es conocido como «Shiva», evidenciando una posible burla o guiño entre los jerarcas de ambos lugares.

Entre ellos conversan sobre diversos temas y mencionan a Robert Oppenheimer. Al final, se produce un cruce de palabras muy llamativo que nos lleva a creer, de algún modo, que los maletines que ambos cargan contienen una amenaza que deben llevar consigo a cada reunión para mantener a raya a sus respectivos oponentes ideológicos: «¿Qué tal si no merece el mundo prolongarse más? ¿Me comprende usted?».

Ya para finalizar, varios relatos que siguen, como El guardián, el sentenciado a muerte y las cartas, El reencuentro —mi favorito de esta antología de Fernández—, El pasado también es nítido y otros, nos ayudan a reconocer en Recuerdos alterados una propuesta novedosa y fresca en cuanto a su estilo narrativo, al menos dentro de nuestro bello terruño.

Por todo lo anterior, es mi deber recomendar este libro tanto al lector sesudo como al sencillo, pues toca fibras profundamente humanas: el acceso al poder, la liquidez del tiempo, lo efímero en contraste con lo perpetuo, los anhelos y lo divino; el ojo humano y sus limitaciones, la lluvia cuando se mezcla con el polvo, el viento que acarrea entre sus hojas secas los sinsabores y, con todo ello, aquello que es propiamente nuestro: la existencia.

Y quizás esta sea una de las mayores virtudes de Recuerdos alterados: permitirnos transitar por sus mosaicos coloridos a través de acontecimientos que reconocemos, pero que ya no son exactamente los mismos; sí, recuerdos que han sido modificados, posibilidades que se abren infinitamente como un abanico y una realidad que, bajo la mirada de la literatura, puede adquirir múltiples formas. Fernández nos invita, en última instancia, a preguntarnos si realmente queremos alterar un recuerdo o si, más bien, estamos dispuestos a transitar a través de un nuevo ordenamiento con sus respectivas posibilidades.