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30.000 razones para tener misericordia

Hay cifras que uno puede leer y olvidar al minuto siguiente. Treinta mil es una de ellas. Pero cuando hablamos de las aproximadamente 30.000 solicitudes de pensión que el Régimen No Contributivo tenía pendientes al cierre de 2025, no estamos hablando simplemente de una cifra; estamos hablando de seres humanos. Entre ellos hay adultos mayores que trabajaron toda una vida, muchas veces en el campo, en una finca, limpiando una casa, cuidando hijos, construyendo nuestras comunidades o realizando trabajos informales donde nunca hubo una planilla ni una cuota para una futura pensión. Son personas que envejecieron trabajando, pero que, por diferentes circunstancias de la vida, no pudieron envejecer con una pensión. Y esa realidad debería tocarnos el corazón.

La pensión ordinaria del Régimen No Contributivo es de ₡82.000 mensuales. Para muchos puede parecer poco, y ciertamente lo es frente al costo actual de la vida. Pero imaginemos por un momento a una señora de 75 años que vive sola y no tiene ningún ingreso. Para ella, esos ₡82.000 pueden representar los medicamentos del mes, arroz, frijoles, huevos y leche, ayudar con el recibo de electricidad o simplemente no tener que pedirle dinero todas las semanas a un hijo que posiblemente también tenga dificultades para mantener a su propia familia. Para esa persona, esos ₡82.000 significan algo que ninguna hoja de cálculo puede medir adecuadamente: un poco de tranquilidad, independencia y dignidad.

Quienes vivimos en San Carlos conocemos muy bien esas historias. Las hemos visto en nuestros pueblos y comunidades. Hombres y mujeres que se levantaron de madrugada durante décadas para ordeñar una vaca, trabajar la tierra, sembrar, chapear, cuidar animales, construir una casa o sacar adelante una familia. Personas que ayudaron a levantar la Zona Norte con sus propias manos y que muchas veces trabajaron sin horario, sin vacaciones y sin una planilla que les permitiera cotizar para una pensión al llegar a la vejez. No son personas que no quisieron trabajar. Todo lo contrario: muchas trabajaron hasta que el cuerpo se los permitió.

Y San Carlos también nos ha enseñado otra cosa: el valor de la solidaridad. En nuestros pueblos todavía sabemos lo que significa que un vecino ayude a otro cuando se enferma, que una comunidad se organice cuando una familia pierde su casa, que alguien lleve comida donde hace falta o que muchas manos se junten cuando una persona atraviesa una dificultad. Esa solidaridad sencilla, sin discursos y muchas veces silenciosa, es parte de lo mejor de nuestra gente. Y quizá lo que hacemos naturalmente entre vecinos también debería inspirarnos como país: cuando alguien cae, los demás ayudamos a levantarlo.

Muchos de los adultos mayores que hoy necesitan del Régimen No Contributivo pertenecen a otra Costa Rica. Una Costa Rica donde miles comenzaron a trabajar siendo casi niños, donde se trabajaba en agricultura, ganadería, construcción, labores domésticas y pequeños negocios, muchas veces sin seguro y sin pensar siquiera que algún día habría que completar determinada cantidad de cuotas para recibir una pensión. Muchos nunca tuvieron un patrono que los asegurara; otros trabajaron por cuenta propia simplemente para llevar comida a sus casas. Sacaron adelante hijos, construyeron familias y ayudaron a levantar el país que hoy disfrutamos. Cuando llegó la vejez, algunos descubrieron una realidad dolorosa: habían trabajado durante décadas, pero no tenían suficientes cuotas para pensionarse. Podremos encontrar una explicación jurídica para ello, pero como sociedad debemos hacernos una pregunta mucho más sencilla y profundamente humana: ¿es correcto dejarlos solos?

El Gobierno ha planteado reasignar recursos para financiar nuevas pensiones del Régimen No Contributivo y calcula que la propuesta permitiría otorgar aproximadamente 31.221 beneficios adicionales. Para comprender la dimensión de la propuesta basta un dato: a noviembre de 2025, la CCSS reportaba 157.021 personas pensionadas por este régimen, por lo que 31.221 nuevas pensiones equivalen a un volumen cercano al 20% de esa cantidad. Naturalmente, la Asamblea Legislativa deberá revisar cuidadosamente de dónde provendrán los recursos, determinar si el financiamiento es sostenible y garantizar que dentro de cinco, diez o veinte años esas pensiones puedan seguir pagándose. Eso no solamente es correcto, es indispensable. La responsabilidad con los recursos públicos también es una obligación moral.

Pero quisiera pedirles a quienes tendrán que estudiar y votar esta propuesta algo igualmente importante: que mientras revisan los números no olviden los rostros. Porque detrás de cada solicitud existe una persona esperando. Pensemos por un momento que una de esas personas fuera nuestra mamá. Una señora de 78 años que ya no puede trabajar, necesita medicamentos y cada mes pregunta si finalmente le aprobaron aquella pequeña pensión. O imaginemos que fuera nuestro padre, un hombre que madrugó durante cuarenta años, trabajó bajo el sol, levantó una familia y contribuyó con su esfuerzo a construir Costa Rica, pero nunca tuvo un empleo formal que le permitiera completar las cuotas necesarias. ¿Le diríamos simplemente que espere otro año? ¿Dos? ¿Tres? Cuando ponemos el rostro de nuestros padres y nuestros abuelos en esos números, la discusión inevitablemente cambia.

Soy de los que creen que la política tampoco puede estar completamente separada de los valores que aprendimos desde niños. Uno de ellos es la misericordia. El Evangelio nos dejó una enseñanza que sigue teniendo una enorme vigencia: “Todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicieron.” No hace falta imponer una religión a nadie para comprender la profundidad de esas palabras. Nos recuerdan que nuestra humanidad se demuestra especialmente en la manera en que tratamos al que necesita ayuda: al anciano, al enfermo, al pobre, al que ya no tiene las fuerzas que tuvo antes y al que necesita que alguien le tienda una mano. Para quienes creemos en Dios, ayudar a estas personas no puede verse únicamente como un gasto dentro del presupuesto nacional; también representa un deber de conciencia y una manifestación concreta del amor al prójimo.

Por supuesto, tener misericordia no significa administrar irresponsablemente. No podemos prometer aquello que mañana el Estado no pueda pagar. Pero responsabilidad y solidaridad no son conceptos contrarios. Podemos cuidar las finanzas públicas y, al mismo tiempo, cuidar a nuestros adultos mayores. Podemos exigir cuentas claras y también tener corazón. Costa Rica construyó buena parte de su historia precisamente sobre esa solidaridad: creó instituciones para que una enfermedad no significara la ruina de una familia, construyó educación pública para que el hijo de una familia humilde pudiera estudiar y desarrolló programas sociales porque entendió que la pobreza no debería convertirse en una condena permanente. El Régimen No Contributivo nace de esa misma convicción: una persona no pierde su dignidad porque llegó pobre a la vejez.

Podemos discutir porcentajes, leyes, instituciones y presupuestos, y debemos hacerlo. Pero después de todas esas discusiones seguirán existiendo miles de personas esperando. Son madres, padres, abuelos y abuelas. Son miles de historias distintas y, sobre todo, miles de seres humanos. Por eso sería lamentable que esta propuesta terminara convertida únicamente en otro enfrentamiento entre Gobierno y oposición. Si el proyecto necesita correcciones, hagámoslas. Si debemos mejorar su financiamiento, hagámoslo. Si es necesario construir acuerdos, construyámoslos. Pero que nadie olvide para quién estamos legislando.

Algún día todos vamos a envejecer y probablemente entonces comprenderemos mucho mejor cuánto significa que alguien nos tienda la mano cuando empiezan a faltarnos las fuerzas. Treinta mil nuevas pensiones son importantes, pero mucho más importantes son las personas que podrían recibirlas. Que los números sean revisados con responsabilidad y que cada institución cumpla con su deber, pero que al momento de decidir también exista espacio para algo que San Carlos nos ha enseñado desde siempre y que Costa Rica nunca debería perder: la solidaridad y la misericordia con el prójimo.

Porque al final de nuestra vida quizá Dios no nos pregunte cuánto acumulamos, cuánto poder tuvimos o cuántas discusiones ganamos. Quizá la pregunta sea mucho más sencilla: ¿qué hicimos por aquel que más nos necesitaba?