Imagen principal del artículo: Yolanda Oreamuno: setenta años de interrogación
Foto: Foto Museo del Colegio Superior de Señoritas

Yolanda Oreamuno: setenta años de interrogación

Sus ojos gesticulan un signo de interrogación frente al lente en una antigua fotografía del Colegio Superior de Señoritas. La cámara supo conservar aquel gesto como augurio de lo que llegaría a ser su obra: una búsqueda intimista del ser humano, muchas veces anclada en la sociedad costarricense de los años cuarenta, antecesora, en gran medida, de lo que aún somos.

Para quien lo dude, su palabra ofrece la prueba: «Al que pretende levantar demasiado la cabeza sobre el nivel general, no se le corta.  ¡No!… Le bajan suavemente el suelo que pisa, y despacio, sin violencia, se le coloca a la altura conveniente». Lamentablemente esta frase, escrita en 1938, continúa retratando el accionar tico en más de un ámbito.

Con valentía, sensibilidad artística y una inteligencia acuciosa, Yolanda Oreamuno escribió su obra breve, pero de enorme trascendencia.  El destino la redujo todavía más: varios de sus escritos desparecieron y otros apenas conocieron escasas publicaciones.  Habrá quien, con intriga, murmure que José de la Cruz recoge su muerte y Por tierra firme solo existieron en calidad de mito o en delirios de la escritora. Yo, en cambio, como groupie confeso, ejerzo mi derecho a soñar que algún día aparecerán.

Yolanda escribió donde quiera que estuvo: Costa Rica, México, Chile, Guatemala o Estados Unidos de Norteamérica.  ¡Ojalá hubiera escrito todo cuanto atravesaba su pensamiento! Hoy conoceríamos mucho más de esos países y de aquellas épocas a través de su mirada crítica.

El 8 de julio de 1956, pocos brazos cargaron su féretro.  Su cuerpo sucumbió ante una serie de infortunios y murió en México, en casa de su amiga, la poeta Eunice Odio.  Casi en el olvido, permaneció sepultada bajo un anónimo mojón en la Ciudad de México.  Cinco años más tarde, un grupo de amigos y familiares la trajo de regreso a casa. Desde entonces reposa en el Cementerio General, en una tumba convertida en lugar de peregrinación para quienes buscan refugio en su palabra.

Setenta años después de su muerte y ciento diez de su nacimiento, Yolanda Oreamuno ha resucitado en los ojos de sus lectores y en la voz de quienes nos acompañamos con sus letras y prolongamos, desde la escritura o la lectura, el oficio que ella amó.

Ya no necesita esperar paciente un juicio final ni anhelar cielos reservados para devotos. El tiempo la ha llevado a un —también pequeño— Olimpo de las letras patrias, desde donde su obra continúa multiplicando lectores incapaces de apartar la mirada de sus páginas, compartiendo asombros, dolores y gozos gracias a su extraordinaria capacidad para retratar lo humano.

Aquel gesto suyo que la cámara atrapó siendo estudiante nunca dejó de dibujarse. Continúa interrogándonos.