Recién se celebró el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de las 13 colonias británicas que dieron origen a la democracia moderna en el mundo.
Sin duda, se trata de una celebración muy merecida no solo para los estadounidenses, sino también para todos los demócratas.
Había antecedentes históricos y propuestas teóricas. Pero prevalecían monarquías absolutas y tiranías.
La humanidad había experimentado con la democracia ateniense, la república romana, las democracias de algunas ciudades-Estado italianas de la Edad Media y el Renacimiento, y la República Holandesa de los siglos XVI y XVII. Pero todas ellas tuvieron una participación muy limitada de hombres con condiciones especiales de familia, posición social o posición económica. Sin embargo, proveyeron experiencias históricas sobre diversas formas de organización de las relaciones entre órganos ejecutivos y legislativos, incluso de federalismo.
El pensamiento elaborado desde la antigüedad sobre la naturaleza de las personas, la ética que debería regir su comportamiento y su relación social, así como las conceptualizaciones de las diversas formas de gobierno, convergieron con el cristianismo en la visión central de la dignidad de la persona humana, de su libertad y de la fraternidad que debería imperar en una sociedad de personas llamadas por Jesucristo a amarse.
Después, la escolástica de Santo Tomás, el iusnaturalismo de la Escuela de Salamanca, los pensadores ingleses Hobbes y Locke, y los filósofos de la Ilustración francesa fueron conformando el pensamiento revolucionario, base de los derechos naturales, la limitación del poder y el constitucionalismo que se enfrentaba a las monarquías absolutas que imperaban en buena parte de Europa.
Pero los antecedentes históricos y las propuestas teóricas no hacían fácil construir una democracia conformada por las 13 colonias británicas, con tantas diferencias y contradicciones, que poblaban una parte de América del Norte.
Parecía una tarea imposible enfrentarse al poderoso Imperio inglés y sustituir al rey Jorge III por un gobierno republicano democrático.
Los padres fundadores de Estados Unidos realizaron esa ímproba tarea. No construyeron una democracia perfecta. Tal cosa no existe. Toda construcción humana es fruto de nuestras limitaciones personales y de medios, de nuestra ignorancia y contradicciones, de nuestro vivir en el espacio y el tiempo. Adicionalmente, la institucionalidad más relevante se forma en un proceso en el que las improntas creativas de la inteligencia se desarrollan mediante prueba y error, con avances y retrocesos y, a menudo, con procesos evolutivos al menos parcialmente espontáneos.
Contra todos los pronósticos, los forjadores de la república democrática y del Estado de derecho de Estados Unidos lograron dar inicio a una forma de gobierno federal que se ha ido perfeccionando y que ha subsistido al paso del tiempo y al cambio de las circunstancias.
Dio inicio la guerra de independencia; se produjo la extraordinaria Declaración de Independencia, con la visión de Thomas Jefferson y aportes de Benjamin Franklin y John Adams; siguió la larga lucha frente al ejército británico; vino el debate constitucional, con el enfrentamiento entre federalistas, preocupados de que el gobierno tuviera fuerza para mantener la unión, y antifederalistas, preocupados de que el gobierno no deviniese en una dictadura; se aprobó la Constitución que dio origen a un gobierno federal fuerte, con división de poderes, equilibrios y contrapesos; siguió el debate, se ganó la guerra y vino el Bill of Rights, la Carta de Derechos que se adicionó a la Constitución en defensa de los derechos individuales y la libertad.
Claro que fue un nacimiento lleno de dificultades y de decisiones que, con nuestro conocimiento y experiencia de 250 años después, nos parecen bárbaras.
Pero bárbaro era el mundo de esa época, como probablemente nuestros descendientes, dentro de 250 años, considerarán bárbaro nuestro mundo actual. Espero que así ocurra porque las futuras generaciones habrán desarrollado mayor conciencia de la necesidad de vivir respetando la dignidad y la libertad de todas las personas; de cumplir fraternalmente el mandato del amor; de poseer conocimientos y capacidad para generar oportunidades para que todas las personas puedan evitar la pobreza; y de desarrollar una institucionalidad que las proteja de los abusos de sus semejantes y de la arbitrariedad de sus gobernantes.
Para unir las colonias del Sur se aceptó la esclavitud, que contradecía los más elementales derechos humanos y violaba frontalmente el bello enunciado del segundo párrafo de la Declaración de Independencia:
Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”
Desde esa Declaración de Independencia, el enfrentamiento entre federalistas y antifederalistas se mantiene, con aportes y retrocesos generados por ambas visiones en diferentes períodos y circunstancias.
El fortalecimiento del gobierno federal de Estados Unidos generó acciones que mejoraron las oportunidades de participación de diversos grupos. Su más heroica e importante conquista fue el triunfo en la Guerra de Secesión, que dio fin a la esclavitud.
El fortalecimiento del poder de los estados ha impedido que se produzca una presidencia dictatorial, como temían los antifederalistas.
Pero, a la vez, el fortalecimiento de los estados después de la Guerra de Secesión creó la era de Jim Crow, que siguió a la Reconstrucción e introdujo la discriminación legal y la persecución contra los ciudadanos afroestadounidenses. Por otra parte, el fortalecimiento de la presidencia ha dado origen a los excesos del gobierno actual.
La dictadura de la mayoría es un tercer peligro para la democracia liberal, adicional a la falta de poder del gobierno para mantener la unión, preservar el orden e impedir el caos en la sociedad, y adicional también al exceso de poder del gobernante que lo puede conducir a ser un dictador. Este tercer peligro lo señaló el noble francés Alexis de Tocqueville al relatar su gira por Estados Unidos en 1831 y 1832, en su muy conocida obra La democracia en América.
Esos tres caminos pueden acabar con la democracia liberal, y depende de cada sociedad evitarlos. Son siempre peligros latentes para una nación.
Estados Unidos, con la gloriosa gesta de su independencia, dio al mundo, desde finales del siglo XVIII, un ejemplo de cómo funciona una democracia en estos siglos. Su lucha para progresar en la calidad de su sistema de gobierno sirve de ejemplo a las demás naciones. De la misma manera, sus errores y retrocesos deben servirnos a las demás naciones para luchar por evitarlos.
Ni falta del poder gubernamental necesario para mantener unida a la nación y evitar el caos en la sociedad. Ni falta de control del poder del gobierno que impida evitar su deriva tiránica. Ni dictadura de la mayoría que viole los derechos naturales de todos los ciudadanos y ciudadanas.
Felicitaciones, estadounidenses.
