Los flujos mundiales de inversión extranjera directa (IED) muestran señales de debilidad, al menos en términos de inversión productiva real. Aun así, las multinacionales siguen viendo a Costa Rica como un destino atractivo. Algunas optan por adquirir capacidad ya instalada y absorber operaciones locales existentes. Otras prefieren construir desde cero y apostar por plantas completamente nuevas. Son rutas distintas, pero responden a una misma lógica de fondo: asegurar cadenas de suministro en un mundo en el que la eficiencia, por sí sola, ya no alcanza. Detrás de esa decisión —comprar o construir— hay un fenómeno más profundo que está redibujando el mapa de la manufactura global: la regionalización.
Hasta hace pocos años, quienes trabajamos en IED hablábamos de globalización y del nearshoring como la gran estrategia de las multinacionales para hacer más eficientes sus cadenas de suministro. Ese panorama cambió. Los choques geopolíticos, arancelarios y regulatorios de los últimos años aceleraron este fenómeno, que no es nuevo, pero que hoy se consolida con mucha más fuerza.
¿Qué es la regionalización y por qué no es lo mismo que el nearshoring?
La regionalización es la tendencia, documentada por organismos como el Foro Económico Mundial y la Organización Mundial del Comercio, a reorganizar las cadenas de suministro en bloques geográficos —Norteamérica, Europa y Asia-Pacífico— en lugar de depender de redes globales centralizadas en uno o dos países. No se trata simplemente de mover operaciones para producir más cerca de la casa matriz. Implica rediseñar proveedores, manufactura y distribución alrededor de regiones que comparten ventajas logísticas, regulatorias o de alineación política.
Términos como nearshoring, reshoring y friendshoring describen movimientos puntuales: adónde se traslada la producción y por qué. La regionalización es algo más amplio: el resultado estructural de todos esos movimientos combinados. Lo que va tomando forma son cadenas más cortas, más diversificadas y ancladas en unos pocos bloques regionales, en vez de una sola línea de producción global.
Resiliencia: el nuevo objetivo
La globalización se construyó sobre una máxima simple: producir donde resultara más eficiente en términos de costos, siempre que los bienes pudieran viajar de un punto a otro sin mayor fricción. Bajo ese modelo, el pilar fundamental era la eficiencia: menores costos, mayor velocidad y cadenas de suministro largas, pero baratas.
Los cambios geopolíticos de los últimos años obligan a repensar esa máxima. La resiliencia se colocó por encima de la eficiencia y la manera de alcanzarla parece ser, cada vez más, regional. La redundancia frente a disrupciones, la proximidad regulatoria y la confianza geopolítica pesan hoy tanto —o más— que el costo por unidad producida. Para las multinacionales, la pregunta ya no es únicamente cuánto cuesta producir, sino qué riesgos implica hacerlo desde determinada ubicación.
Ese giro no es gratuito. Producir de forma regionalizada casi siempre cuesta más porque obliga a las empresas a duplicar capacidad en varias regiones y a sumar capas de logística y cumplimiento normativo. Esa es, quizá, la tensión más clara que enfrentan hoy los ejecutivos de manufactura: eficiencia de costos frente a resiliencia operativa.
¿Qué papel desempeña Costa Rica en este nuevo mapa?
Costa Rica es una economía pequeña frente a los países de origen de las grandes empresas productoras de bienes y servicios. Sin embargo, el trabajo sostenido durante décadas para construir un clima favorable para la IED la coloca en una posición estratégica dentro de esta nueva lógica regional, particularmente en la manufactura de dispositivos médicos, sector en el que el país tiene uno de los clústeres más robustos y consolidados de América Latina.
El país no llega a esta conversación de forma teórica. En 2025, los dispositivos médicos representaron cerca del 44% de las exportaciones de bienes de Costa Rica y superaron con creces rubros tradicionales como el café y el banano. Además, el clúster sigue en expansión activa. Esa es una señal concreta de que la regionalización, para Costa Rica, ya no es una aspiración, sino un proceso en marcha.
El clúster combina empresas multinacionales con compañías cien por ciento costarricenses, lo cual añade una capa adicional de resiliencia: no depende de un único inversionista ni de una única cadena de mando extranjera. El reto ahora es seguir posicionando al país como una opción real para este tipo de proyectos, en un entorno global que exige cadenas de valor confiables, seguras y adaptables.
La carrera por la competitividad no espera
Costa Rica no es la única economía que ha entendido esta oportunidad. Otros países de la región también compiten por captar esta nueva ola de inversión y la ventaja competitiva de hoy no está garantizada para mañana. Por eso, la agenda de desarrollo del país debería concentrarse deliberadamente en tres frentes:
- Afianzar la red de proveedores locales de las empresas ya establecidas.
- Mejorar de manera continua el clima de inversión.
- Abrir espacio para proyectos cada vez más sofisticados que integren investigación, biotecnología, análisis de datos y robótica, no solo manufactura de ensamblaje.
Una ventana que no permanecerá abierta indefinidamente
La cadena global de suministro, concebida como una sola línea recta, está dando paso a una red de nodos regionales. Esa transformación ya no es puramente logística: también es legal, regulatoria y de gestión del riesgo geopolítico. En esta nueva realidad, Costa Rica tiene una oportunidad excepcional, pero no automática. Los países que inviertan con decisión en clima regulatorio, infraestructura, talento especializado y sofisticación productiva durante los próximos años serán los que logren capturar esta ola de regionalización. Los que no lo hagan simplemente la verán pasar.
La ventaja que Costa Rica tiene hoy se construyó durante décadas; perderla puede tomar mucho menos tiempo. Por eso, la tarea ya no consiste solo en celebrar lo alcanzado, sino en actuar con la urgencia que exige el momento.
