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Imagen principal del artículo: ¿Quién gana con la emergencia educativa?

¿Quién gana con la emergencia educativa?

Costa Rica ha sido, durante 75 años, uno de los países más eficientes del mundo convirtiendo producto interno bruto en desarrollo humano según se desprende del Índice de Progreso Social. Esa proeza no fue improvisada: es el resultado de décadas de alianzas entre el sector público, la sociedad civil y las universidades estatales, sostenidas por una identidad política compartida —sin importar el signo del gobierno de turno— en torno a mejorar la educación, la salud, la conectividad y la seguridad. Hoy, esa arquitectura de consenso está en riesgo, y el síntoma más grave es lo que podríamos llamar un apagón educativo: una emergencia silenciosa que no golpea con un titular estruendoso, sino con déficits que se acumulan clase tras clase, año tras año.

No se trata de una crisis abstracta. Es una crisis en marcha con efectos ya catastróficos: una generación de estudiantes con rezagos en lectoescritura y razonamiento matemático que heredará, dentro de tres o cuatro décadas, las consecuencias de decisiones —o indecisiones— tomadas hoy. El daño no se limita al aula. Una ciudadanía con menor desarrollo educativo vota distinto, delibera distinto y resiste distinto ante la tentación autoritaria. Por eso la crisis educativa no es comparable a una carretera en mal estado: una vía dañada perjudica el tránsito; un sistema educativo debilitado erosiona la base misma de la democracia.

Frente a esto, cabe preguntarse quién se beneficia del apagón. La respuesta más incómoda es que una ciudadanía desinformada resulta más manejable para cualquier proyecto de poder que prescinda del debate público y la rendición de cuentas. De ahí la urgencia de tratar el tema no como un problema presupuestario, sino como una emergencia de enfoque: como un cortafuegos que debe construirse antes de que el fuego llegue, no después.

La inteligencia artificial ofrece, en ese sentido, una oportunidad genuina para acelerar el aprendizaje autónomo, identificar los conceptos "portal" que cada estudiante necesita dominar y personalizar la enseñanza a una escala antes impensable. Pero la herramienta exige cautela. El caso de Suecia es una advertencia clara: tras apostar de forma acelerada por la digitalización total del aula, su calidad educativa ha caído sostenidamente durante los últimos quince años, al punto de que hoy revierte esa política y regresa a la escritura manuscrita, cuya exigencia neurológica —cada trazo obliga al cerebro a generar nuevas conexiones— resulta insustituible para el desarrollo cognitivo temprano. Finlandia, en cambio, que alguna vez miró a Suecia como modelo, nunca cedió a esa fiebre tecnológica y hoy la supera con holgura. La lección es que la tecnología debe servir al aprendizaje humano, no reemplazarlo ni intermediarlo sin criterio.

La verdadera revolución que Costa Rica necesita no es tecnológica ni presupuestaria: es de fe. Así como la revolución de 1948 le permitió a cualquier persona campesina creer que sus hijos podían llegar a ser algo más que ellos mismos, la revolución educativa de esta generación consiste en devolverle a cada madre y a cada padre la certeza de que sus hijos pueden convertirse en mejores ciudadanos que ellos. Sin esa fe compartida, ninguna herramienta —por poderosa que sea— bastará para encender de nuevo la luz.

Artículo basado en el episodio 327 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Quién gana con la emergencia educativa?”.

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