Hace unas semanas, una discusión entre dos conductores después de un choque en Cartago terminó con una persona fallecida por arma de fuego, y en este caso no corresponde reducir una muerte a “un mal manejo emocional”, ni convertir la activación emocional en excusa para la violencia, pero sí nos obliga a preguntarnos: ¿qué ocurre como sociedad cuando los conflictos cotidianos se viven como amenazas, cuando las personas no cuentan con herramientas para detener una escalada y cuando responder desde la defensa, el ataque o la impulsividad parece más inmediato que regularse, pedir ayuda o retirarse?
La seguridad no empieza cuando llega la Policía, cuando se activa un protocolo después de una agresión o cuando una institución responde a una tragedia. La seguridad empieza antes: en la forma en que educamos para manejar la frustración, en cómo resolvemos los desacuerdos, en los límites que ponemos a la hostilidad, en la capacidad de pedir apoyo y en los entornos que construimos para que una persona no tenga que vivir permanentemente preparada para defenderse.
El cuerpo también interpreta el entorno
Las personas no reaccionamos únicamente a los hechos. Reaccionamos al significado que esos hechos adquieren para nosotros. Esta diferencia no significa que los hechos sean imaginarios ni que toda reacción sea responsabilidad exclusiva de quien la experimenta. Significa que cada persona procesa la realidad desde su historia, sus recursos, sus experiencias previas, su nivel de agotamiento, el apoyo que percibe y el grado de seguridad que siente en el entorno.
Cuando alguien interpreta una situación como amenazante, el organismo puede activar sistemas de alarma: aumenta la vigilancia, se acelera el pensamiento, el cuerpo se prepara para responder y puede elevarse la producción de hormonas asociadas al estrés, como la adrenalina y el cortisol. También puede incrementarse la activación de la amígdala, una estructura cerebral relacionada con la detección de amenazas y las respuestas de miedo, defensa o supervivencia.
Esa reacción puede ser útil frente a un peligro real. El problema aparece cuando la persona vive en un estado de alerta constante y el cuerpo no logra volver con facilidad a una sensación de seguridad o cuando una situación de tensión supera la capacidad de detenerse, pensar y elegir una respuesta proporcional.
Hablar de manejo emocional no significa pedirles a las personas que se callen, toleran abusos o soporten condiciones injustas sin reaccionar. Tampoco significa convertir la autorregulación en una obligación individual que descargue a las instituciones de sus responsabilidades. Manejar las emociones significa poder reconocer una activación antes de que se convierta en una conducta impulsiva; diferenciar una incomodidad de una amenaza real; detenerse antes de responder; pedir apoyo; expresar un límite sin destruir al otro y retirarse de una situación cuando ya no se puede responder con claridad.
Pero esa capacidad no se desarrolla únicamente dentro de la persona. También se aprende y se sostiene en los entornos.
Una escuela que humilla, una familia donde todo desacuerdo se vive como ataque, una empresa que normaliza la presión, una comunidad donde la violencia se vuelve cotidiana o una institución que responde tarde a las señales de alerta no ayudan a regular las emociones. Por el contrario, pueden mantener a las personas en una lógica de defensa constante.
Un entorno sano cumple una función preventiva porque disminuye la necesidad de vivir en alerta. Cuando existen claridad, respeto, contención, reglas consistentes, comunicación oportuna, oportunidades de participación y mecanismos seguros para resolver conflictos, las personas tienen más posibilidades de pensar antes de reaccionar.
La OIT: el entorno psicosocial también es seguridad
El informe mundial de la Organización Internacional del Trabajo de 2026, El entorno psicosocial en el trabajo: avances mundiales y vías de acción, plantea que el entorno psicosocial se configura a partir de cómo se diseñan los puestos, cómo se organiza y gestiona el trabajo y qué políticas, prácticas y procedimientos rigen la vida cotidiana de una organización.
Esto es especialmente relevante porque obliga a dejar de ver la salud mental como un asunto exclusivamente privado. Tal es el caso de una organización que exige resultados, pero no define prioridades, que pide apertura, pero sanciona a quien comunica un problema, que habla de bienestar mientras tolera humillaciones o que responde a cada conflicto desde la amenaza. Esta organización, por ejemplo, no está fortaleciendo seguridad, está creando condiciones para que el miedo, la defensa y el agotamiento se conviertan en formas habituales de relación.
La Ley 10412: la salud mental no se protege solo cuando el daño ya ocurrió
La Ley Nacional de Salud Mental (Ley 10.412), marca un cambio importante en la forma en que Costa Rica debe comprender la salud mental. Su enfoque plantea un modelo integral que incorpora promoción, prevención, protección, atención, rehabilitación e inclusión social y laboral. Ese cambio es relevante porque desplaza la salud mental de un terreno exclusivamente individual o clínico hacia una responsabilidad compartida entre instituciones, comunidades, familias, centros educativos, espacios laborales y gobiernos locales.
La ley no pretende que toda dificultad emocional sea resuelta por una institución ni que cada conflicto sea medicalizado. Lo que propone es algo más profundo: que el país construya condiciones para prevenir el deterioro de la salud mental antes de que una persona llegue al desborde, a la violencia, al aislamiento, a la incapacidad o a una crisis que pudo haberse evitado.
En el ámbito laboral, este enfoque también es claro tal cual lo señaló la OIT en su informe. La prevención no puede limitarse a enviar a la persona trabajadora a terapia cuando ya está agotada, ansiosa o incapacitada. Debe incluir una revisión de las condiciones que rodean su trabajo: cargas sostenidas, liderazgo hostil, incertidumbre, falta de apoyo, ausencia de claridad, miedo a represalias, conflictos mal manejados o exigencias que superan de manera constante los recursos disponibles.
El entorno sano como prevención de la violencia
El Expediente N.º 25138, que propone la creación de la Semana Nacional del Entorno Sano y el Fomento de la Corresponsabilidad en el Bienestar Integral, parte de una idea que merece mayor atención: el bienestar no depende únicamente del esfuerzo individual. Las personas se desarrollan dentro de entornos, y esos entornos pueden proteger, desgastar, contener o aumentar el riesgo.
Cuando alguien vive bajo presión continua, incertidumbre, hostilidad, descalificación o sensación de desprotección, el cuerpo puede mantenerse activado. Aumenta la vigilancia, se acelera la respuesta defensiva, se reduce la capacidad de detenerse a pensar y resulta más difícil distinguir entre una incomodidad, un desacuerdo y una amenaza real.
En esas condiciones pueden aparecer respuestas de ataque, huida, bloqueo, aislamiento, sumisión o sobrecompensación. Algunas personas gritan, otras se retiran, otras se vuelven agresivas, otras se silencian y otras actúan como si nada les afectara. Ninguna de estas respuestas justifica una agresión ni elimina la responsabilidad personal. Pero sí muestra por qué la prevención no puede empezar cuando el daño ya está hecho.
Lo que una discusión vial nos obliga a mirar
El caso ocurrido en Cartago no puede explicarse con una sola causa. Detrás de un desenlace violento pueden intervenir múltiples elementos: decisiones individuales, acceso a armas, interpretación de amenaza, experiencias previas, impulsividad, miedo, aprendizaje social, ausencia de apoyo y circunstancias que deberán ser analizadas por las autoridades competentes. Pero la pregunta que deja no debería limitarse a qué ocurrió en esos minutos de confrontación, sino a qué ocurrió antes del hecho.
¿Qué pasa en una sociedad donde muchas personas viven agotadas, irritadas, hipervigilantes o convencidas de que deben defenderse antes de ser dañadas? ¿Qué sucede cuando no aprendemos a reconocer la activación emocional antes de que se convierta en ataque, huida o reacción impulsiva? ¿Qué ocurre cuando las instituciones solo responden después de una tragedia, pero no fortalecen los entornos donde las personas aprenden a convivir, poner límites, pedir ayuda y procesar el conflicto?
El proyecto de ley (expediente 25.138) permiten abrir esa conversación desde otro lugar. No se trata únicamente de atender la enfermedad, castigar la violencia o reaccionar ante la crisis. Se trata de construir condiciones que reduzcan la necesidad de vivir permanentemente a la defensiva.
La seguridad no empieza cuando alguien pierde el control. Empieza mucho antes: en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en la comunidad y en cada espacio donde una persona aprende si puede sentirse segura, escuchada, respetada y capaz de manejar lo que le ocurre sin destruirse ni destruir a otros.
