En los miles de versos de la Odisea, el mar es de color vino, negro o violeta, pero nunca azul. El cielo puede ser oscuro o de color bronce. Los ojos de Atenea son glaukos: azul verdoso, azul gris o simplemente brillantes. Pero la palabra azul no aparece ni una sola vez. Ni una. No es que no pudieran verlo: no lo nombraban como nosotros. En el mundo de Homero, el color era también luz, brillo, intensidad y movimiento. El mar no tenía un color fijo. Mutaba.
El azul es uno de los colores más raros de la naturaleza y, durante siglos, también fue esquivo y difícil de reproducir. Su nombre viajó con la piedra lapislázuli. Del sánscrito pasó al persa, luego al árabe y de este al latín. Así, de pueblo en pueblo y de lengua en lengua, el azul llegó a Occidente.
Nombrar no crea el mundo, pero nos permite verlo. Cada pueblo nombra lo que lo rodea —o, al menos, lo que cree que lo rodea— para darle sentido. Creemos que nuestro idioma nos alcanza hasta que aprendemos otro: entonces descubrimos que solo veíamos aquello que nuestras palabras nos permitían ver. Aprender otra lengua es entrar en ese otro universo; es obligarse a entender al otro y a reconocerlo como semejante.
Pero ¿por qué?
Porque cada idioma representa una manera de percibir la realidad, adaptada al entorno, a su gente, a sus instituciones, reglas y costumbres, a sus ritos, a su clima y a sus colores. Entre los pueblos del círculo polar ártico existen palabras precisas para distinguir distintos estados de la nieve y del hielo. En Japón, komorebi es el sol que se filtra entre las hojas y teje claroscuros en el suelo. En Francia, cuando el encanto de alguien no puede explicarse, se dice que tiene un je ne sais quoi. Y, en Portugal, cuando se siente la presencia de una ausencia, se siente saudade: una palabra anterior a las grandes navegaciones, pero que los marineros portugueses hicieron suya mientras añoraban a la familia, a las mujeres, a los hijos y hasta aquello que quizá nunca tuvieron. Cada una de esas palabras es una puerta hacia una manera distinta de sentir el mundo. Quien no las conoce solo dispone de una medida para entenderlo todo.
Quizá por eso Odiseo erró durante tantos años después de dejar Troya como vencedor. Sabía someter pueblos, pero no siempre entenderlos. Los medía con las instituciones de su propio mundo. Si hubiera aprendido sus lenguas, conocido sus reglas y respetado sus ritos; si se hubiera detenido a mirar el mundo como lo miraban quienes encontraba, quizá habría regresado más rápido a Ítaca y a Penélope. Y, sobre todo, habría aprendido a vivir en paz con los demás. No entender al otro es una de las formas más antiguas de deshumanizarlo.
Casi 3.000 años después, el poema sigue vigente: escuchar antes de juzgar, entender antes de imponer. Aprender el idioma del otro es tocar la puerta antes de entrar. Nos hace más humanos.
