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No se combate la criminalidad debilitando a la justicia

La captura de alias “Diablo” demuestra lo que las instituciones pueden lograr mediante investigación, coordinación y capacidad operativa. Exigirles resultados y, al mismo tiempo, recortarles recursos es una contradicción que el país no debería normalizar.

La captura de Alejandro Arias Monge, conocido como alias “Diablo”, produjo una comprensible sensación de alivio en el país.

Durante años, las autoridades lo señalaron como una de las figuras más relevantes de la criminalidad organizada costarricense. El Organismo de Investigación Judicial (OIJ), el Ministerio Público y la Judicatura ejecutaron una operación compleja que incluyó un enfrentamiento armado y permitió capturar también a otras dos personas de interés para las autoridades.

Esta acción merece reconocimiento.

Lo merece el personal que participó directamente en el operativo, al igual que quienes, durante meses o años, recopilaron información, realizaron vigilancias, analizaron evidencia, coordinaron con otras instituciones y sostuvieron una investigación que finalmente permitió localizar y detener a una persona que figuraba entre las más buscadas del país.

Sin embargo, además de celebrar el resultado, deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿cómo espera Costa Rica continuar enfrentando organizaciones criminales cada vez más complejas si, al mismo tiempo, reduce los recursos de las instituciones encargadas de investigar sus actividades, acusar a sus integrantes y juzgarlos?

No podemos exigirle al Poder Judicial que produzca resultados extraordinarios y, simultáneamente, debilitar las condiciones materiales que hacen posibles esos resultados.

Un operativo no comienza el día de la captura

Cuando observamos imágenes de un despliegue policial, solemos pensar únicamente en los vehículos, las armas, los agentes y el momento de la detención.

Pero una operación contra el crimen organizado comienza mucho antes.

Requiere investigadores, fiscales, analistas, peritos, tecnología, comunicaciones seguras, vehículos, combustible, vigilancia, protección de testigos y víctimas, coordinación internacional y personal suficiente para atender tanto los casos de alta complejidad como los miles de asuntos ordinarios que continúan ingresando diariamente.

También necesita jueces que conozcan las solicitudes y resuelvan conforme a derecho, defensores públicos que garanticen el debido proceso y personal especializado que evite que las causas se pierdan por atrasos, falta de pruebas o deficiencias operativas.

Por eso, reducir el presupuesto del Poder Judicial no es un asunto contable separado de la seguridad ciudadana.

Cada colón que el Estado deja de destinar a vehículos, tecnología, peritajes, personal y presencia territorial puede traducirse en investigaciones más lentas, allanamientos que deben postergarse, menor atención a las víctimas y más dificultades para enfrentar estructuras criminales que sí disponen de dinero, armas, tecnología y redes internacionales.

La Asociación Costarricense de la Judicatura advirtió que el debilitamiento presupuestario puede provocar mayores retrasos, limitar la presencia judicial en las comunidades y restringir la capacidad para incorporar los recursos indispensables ante el crecimiento de la criminalidad organizada. También recordó que defender el presupuesto judicial no significa defender privilegios, sino proteger el acceso de la ciudadanía a tribunales, fiscalías, defensa pública, investigación criminal y atención a víctimas.

Desde los cantones también debemos alzar la voz

Algunas personas podrían preguntarse por qué un concejo municipal debe pronunciarse sobre el presupuesto de un poder de la República.

La respuesta es sencilla: porque las consecuencias de una justicia debilitada llegan directamente a cada cantón.

Los gobiernos locales conocemos las preocupaciones de las comunidades. Escuchamos a quienes temen por el crecimiento de la violencia, a las familias afectadas por delitos, a las personas que esperan una resolución judicial y a quienes viven lejos de los principales centros urbanos y dependen de que las instituciones mantengan una presencia efectiva en el territorio.

Por eso, solicité que el Concejo Municipal de San Carlos no se limitara a dar por vista la moción que aprobó originalmente el Concejo Municipal de Turrialba, sino que respaldara activamente el llamado al Poder Ejecutivo y a la Asamblea Legislativa para que no disminuyan los recursos del Poder Judicial ni de las instituciones vinculadas con la seguridad.

La propuesta recibió el apoyo de ocho de los nueve integrantes del Concejo Municipal de San Carlos. No surgió de una decisión partidaria ni de una defensa automática de una institución. Representó una posición en favor de la seguridad, la separación de poderes y la capacidad del Estado para responder a las necesidades de la población.

Posteriormente, la Asociación Costarricense de la Judicatura reconoció ese pronunciamiento y destacó la importancia de que los gobiernos locales comprendan que limitar los recursos judiciales termina afectando a las personas habitantes de cada comunidad.

La austeridad no puede aplicarse sin distinguir prioridades

El manejo responsable de los recursos públicos es indispensable.

Todas las instituciones deben rendir cuentas, revisar sus gastos, corregir ineficiencias y demostrar que utilizan adecuadamente el dinero de la ciudadanía. Defender un presupuesto suficiente no significa extender un cheque en blanco ni oponerse a la fiscalización.

Pero existe una enorme diferencia entre exigir eficiencia y reducir capacidades esenciales.

Para 2027, el límite presupuestario que estableció el Ministerio de Hacienda representa una reducción aproximada de ₡11.300 millones con respecto al presupuesto judicial de 2026. Las autoridades de planificación del Poder Judicial advirtieron que esto obligaría a disminuir las inversiones en vehículos, digitalización, automatización y seguridad institucional, precisamente cuando aumentan la complejidad de los asuntos penales y las cargas de trabajo.

El Poder Judicial también alertó sobre reducciones adicionales que podrían comprometer las operaciones del OIJ y los servicios de atención a víctimas.

Estas advertencias deben analizarse con seriedad y no descartarse como una disputa entre instituciones.

El crimen organizado no se detiene por falta de presupuesto. Al contrario: aprovecha cada debilidad del Estado, cada retraso, cada vacío territorial y cada limitación técnica.

Seguridad y democracia no son caminos separados

Un Poder Judicial fuerte no solo resulta necesario para capturar delincuentes.

También garantiza que las investigaciones respeten la ley, que las personas acusadas tengan derecho a defenderse, que las víctimas reciban protección y puedan ser escuchadas, y que ningún gobernante, funcionario o grupo económico se encuentre por encima del ordenamiento jurídico.

La independencia judicial requiere autonomía para resolver, pero también condiciones materiales para trabajar.

Una institución puede ser formalmente independiente y, aun así, quedar debilitada si no dispone de suficiente personal, infraestructura, tecnología y capacidad operativa. La falta de recursos puede convertirse en una forma silenciosa de deterioro institucional.

Costa Rica debe combatir la criminalidad con firmeza, pero también dentro del Estado de derecho. Ambas cosas exigen un sistema judicial capaz, independiente y suficientemente financiado.

No esperemos otro caso para comprenderlo

La captura de alias “Diablo” no significa que el problema de la criminalidad organizada terminó. Tampoco debería convertirse en una fotografía aislada que celebremos hoy y olvidemos mañana.

Debe servirnos para comprender cuánto trabajo institucional existe detrás de un resultado de esta magnitud y qué está en juego cuando se debilita a quienes deben producirlo.

No sería coherente felicitar al OIJ y a la Fiscalía por una operación exitosa y, acto seguido, quitarles vehículos, tecnología, personal o capacidad para realizar las siguientes.

Desde San Carlos hacemos un llamado respetuoso al Poder Ejecutivo y a la Asamblea Legislativa para que, durante la discusión presupuestaria, protejan los recursos necesarios para el adecuado funcionamiento del Poder Judicial y sus órganos auxiliares.

El presupuesto debe revisarse con responsabilidad, transparencia y rigor. Pero la lucha contra la criminalidad, la atención de las víctimas y el acceso a la justicia no pueden tratarse como gastos prescindibles.

No se combate el crimen debilitando a quienes deben investigarlo. No se fortalece la seguridad reduciendo la capacidad de respuesta del Estado. Tampoco podemos pedirle al Poder Judicial que capture a los delincuentes más buscados con una mano mientras, con la otra, le quitamos las herramientas para hacerlo.