Imagen principal del artículo: Ni escudos ni coronas

Ni escudos ni coronas

Vivimos inmersos en algoritmos que funcionan en ceros y unos, y cada vez nos parecemos más a ellos. Pero las personas no somos código binario.

No estamos obligadas —y, hasta no hace tanto, tampoco condicionadas— a elegir siempre un bando en detrimento del otro. Cuesta creerlo, pero se puede admirar a Messi y a Mbappé. También es posible, de verdad, sostener dos ideas al mismo tiempo.

Pensar supone interrumpir los automatismos —la idea no es mía, sino de <strong>Hannah Arendt</strong>—, pero en una irrealidad dominada por la reacción, detenerse antes de responder, desconfiar de las simplificaciones y resistirse a la compulsión de convertir cada diferencia en una guerra no solo es sano: resulta casi revolucionario.

Y es que parece que estuviéramos obligados a elegir: estás conmigo o estás contra mí. Si aplaudís un logro, por defecto desdeñás cualquier otro, como si la admiración fuera un recurso escaso y el respeto una suma que siempre da cero. ¡Hasta las redes sociales tienen más de una opción! Digo, no es solo corazón o me enoja.

Pero la duda incomoda. El matiz resulta sospechoso cuando se premia responder antes que entender y dictar, sobre cada tema, un veredicto. Así, quien intenta complejizar una discusión es señalado como tibio. Debe ser que pensar se volvió un defecto. Y es que retrasa el juicio.

La vida es una moneda —cantaba Baglietto—, pero no tenemos por qué tirarla al aire todo el tiempo esperando que caiga de un lado para declarar vencedor a alguien: blanco o negro, facho o progre, trans o cis, héroe o villano, escudo o corona.

Incluso en las monedas hay algo fundamental que se nos pasa por alto. El escudo y la corona, es cierto, viven de espaldas y nunca se miran. Sin embargo, forman la misma moneda. Coexisten. La existencia de una no amenaza la de la otra, sino que la hace posible.

Pero odiar parece más seguro y más fácil que entender. Construir enemigos da identidad; pertenecer a un bando evita el esfuerzo de elaborar una mirada propia.

Y sí, un adversario simplifica el mundo cuando pensarnos como semejantes nos incomoda. Pero la comodidad tiene un costo enorme.

Dejamos de ver personas y empezamos a ver bandos. Toda humillación parece legítima y ya no discutimos argumentos, sino que administramos desprecio.

Les otres —sí, con e, le joda a quien le joda— dejan de ser personas con quienes convivimos para convertirse en alguien a quien derrotar.

Por supuesto que no hay que estar de acuerdo con todos ni repartir razón 50/50. Hay injusticias que exigen tomar posición y violencias que no admiten neutralidad.

La vida es una moneda. La canción es lindísima y ese es solo un verso. Óiganla entera y, sobre todo, resístanse a la trampa de creer que el mundo cabe en dos casilleros.

La realidad pocas veces es binaria y la diversidad siempre enriquece.