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Mitos, simios y algoritmos: el triunfo de la irracionalidad global

La selección inversa del poder actual: por qué el sistema moderno penaliza la sensatez y premia la seguridad vacía.

Observar la geopolítica global contemporánea provoca una mezcla de vértigo y desconcierto. Estamos en un punto de la historia donde modificamos el genoma, creamos inteligencias artificiales capaces de automatizar parte del pensamiento y alteramos los ciclos climáticos del planeta. Sin embargo, quienes pilotan este avión tecnológico de escala casi divina no siempre son filósofos ni mentes prudentes; con demasiada frecuencia son líderes que compiten en una vitrina pública por ver quién resulta más histriónico, narcisista o intelectualmente plano.

La alarmante irracionalidad de la política actual no parece un accidente ni un simple bache democrático. Desde las guerras comerciales impredecibles y los discursos de fronteras blindadas hasta la negación de consensos científicos en materia climática, lo que presenciamos es el triunfo de un sistema que filtra la inteligencia hacia abajo y premia al conductor más ciego y ruidoso de la tribu.

El refugio del primate: preferir la mentira firme a la verdad dudosa

La raíz de esta crisis también tiene una dimensión biológica. Como explica la psicología evolucionista, popularizada por pensadores como Michael Shermer, nuestro cerebro no evolucionó para el análisis estadístico perfecto ni para la búsqueda desinteresada de la verdad objetiva, sino para sobrevivir en entornos inciertos. Ante la amenaza, la evolución premió muchas veces la certeza rápida sobre el debate detenido: el homínido que corría sin dudar ante el movimiento de un arbusto podía sobrevivir; el analítico que se quedaba calculando probabilidades podía terminar devorado.

Hoy, esa cicatriz evolutiva influye en nuestras elecciones. El electorado contemporáneo, asfixiado por la incertidumbre económica, la inflación global y la vertiginosa automatización tecnológica, no siempre busca la verdad; muchas veces busca calma para su ansiedad. Por eso, el votante puede preferir por instinto a un líder decidido, aunque esté trágicamente equivocado, antes que a un científico social que habla con matices. Confundimos la autoconfianza con la competencia, y los demagogos modernos lo saben.

El peligroso blindaje de la ignorancia

Esta vulnerabilidad encaja con el efecto Dunning-Kruger, postulado por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger. Su premisa ayuda a explicar parte del debate político actual: las personas con menor competencia en un tema pueden tener mayores dificultades para reconocer los límites de su propio conocimiento, porque esa misma falta de competencia les impide ver la complejidad de lo que ignoran.

En la arena pública contemporánea, el experto que advierte sobre la multicausalidad de una crisis de deuda o de una transición energética puede ser percibido como débil o dubitativo. Mientras tanto, el líder irracional golpea la mesa, simplifica problemas macroeconómicos en eslóganes de tres palabras adaptados para redes sociales y ofrece culpables de paja. La irracionalidad actual prospera porque el ignorante político no siempre actúa: muchas veces cree su propia historia con una fuerza mesiánica que el intelectual, atrapado en sus matices, jamás podrá simular.

La erosión de la empatía en el mando

El escenario se vuelve verdaderamente peligroso cuando estos perfiles alcanzan el poder. Estudios en neurociencia del comportamiento, como los desarrollados por Sukhvinder Obhi y otros investigadores, sugieren que las experiencias de poder pueden modificar la forma en que el cerebro responde a las acciones de los demás y reducir procesos asociados con la resonancia motora, vinculada en parte con la empatía.

La irracionalidad de algunos líderes mundiales no es solo un defecto de carácter. También puede relacionarse con un deterioro de la capacidad para ponerse en el lugar de otros. Una vez en la cima del Estado o de una gran corporación, algunos pierden sensibilidad ante el sufrimiento o las necesidades de la población. Los ciudadanos dejan de ser personas y se convierten en variables de un gráfico o en daños colaterales. Gobernar un mundo interconectado apagando el radar de la empatía equivale a pilotar a ciegas: una receta para la estupidez ilustrada.

Mercaderes de mitos en blanco y negro

¿Por qué funciona este circo irracional? Porque la cooperación humana, como planteó el historiador Yuval Noah Harari en Sapiens, no se sostiene solo sobre verdades científicas, sino también sobre ficciones compartidas o realidades imaginadas, como el dinero, las naciones, las fronteras y las instituciones.

El problema de la política actual es que la racionalidad puede debilitar el relato. Un líder sensato que intente explicar que el país vecino no es un monstruo y que los mercados internacionales son redes complejas rompe el hechizo del mito. El líder populista e irracional, en cambio, domina el arte de la ficción pura. Teje relatos primitivos de “nosotros contra ellos”, patriotas contra traidores, soluciones mágicas contra conspiraciones globales.

¿Cómo romper el hechizo? El rol de la sociedad civil

La irracionalidad política actual no es una anomalía de la década; es la consecuencia de gestionar una tecnología casi divina con instintos de primates. El sistema electoral moderno puede convertirse en una máquina de selección inversa, donde la cautela se castiga como defecto y la ceguera ideológica se premia como virtud.

Para romper este círculo vicioso, la sociedad civil debe cambiar de raíz lo que exige y premia en el mercado de las ideas. Debemos dejar de consumir la política como espectáculo de entretenimiento y comenzar a penalizar el eslogan vacío. Esto implica entrenarnos para sospechar de la certeza absoluta: cuando un líder político nos ofrezca una solución simple a un problema evidentemente complejo, nuestra respuesta automática no debe ser el aplauso, sino la alarma.

Asimismo, resulta urgente revalorizar la duda metódica como muestra de competencia y madurez intelectual. Solo cuando empecemos a exigir líderes que gobiernen desde el rigor, la evidencia y la empatía demostrada, y no desde el histrionismo ruidoso, dejaremos de entregar las llaves del arsenal nuclear, del código genético y de los algoritmos que ordenan la vida pública a los miembros más temerarios, pero también más ciegos, de nuestra especie.